Despierto antes que suene la alarma, no porque quiera, porque el silencio de la casa dura poco. Abro los ojos y todavía está oscuro, el techo gris, la frazada enredada en mis piernas, el frío colándose por la ventana mal cerrada. Pienso “cinco minutos más”.
—Mamá.
Listo. Se acabó el sueño.
La vocecita viene desde el otro lado de la pieza, espesa, recién salida de los sueños.
—Mamá, ¿ya es de día? ¿Hoy día es martes? ¿Hoy llevo la polera del dinosaurio? ¿Dónde está mi calcetín azul? ¿Por qué los gatos ven en la noche?
Sonrío con los ojos cerrados. Luca no habla. Luca transmite en vivo.
—Buenos días, terremoto —murmuro.
Se me tira encima como si pesara diez kilos más de lo que pesa. Brazos tibios, pelo desordenado, olor a sueño. Me abraza con esa fuerza absoluta que solo tienen los niños, como si el mundo pudiera romperse si me suelta.
Y en ese abrazo, aunque esté cansada, aunque me duela la espalda, aunque ayer me haya dormido tardísimo; todo se acomoda.
La cocina es el caos de siempre. Taza de café a medio lavar, migaja y un autito inexplicable arriba del refrigerador. La mochila abierta como si hubiera explotado.
Mientras pongo agua a hervir, Luca narra su teoría sobre los planetas en pijama, mezclada con que hoy quiere llevar un dibujo al jardín y que soñó con un perro astronauta.
No sé en qué momento aprendió tanto. Solo sé que no se calla nunca, y me encanta.
—Mamá, ¿sabías que los pulpos tienen tres corazones?
—Sí, amor.
—¿Y si yo tuviera tres corazones te querría triple?
Me quedo quieta un segundo.
—No te alcanzaría el pecho.
Se ríe como si fuera el mejor chiste del mundo.
El café se enfría, siempre se enfría. Intento ordenar, vestirme, peinarlo, buscar el zapato que falta, firmar la libreta, contestar un mensaje, recordar si hoy tenía hora al doctor.
Todo al mismo tiempo. La maternidad no es épica, es logística.
Pero entre el desorden, lo miro sentado en el suelo, concentrado explicándole a un muñeco cómo funcionan los volcanes, y siento algo que no sé nombrar. Orgullo, amor, responsabilidad, miedo, todo junto. Como si mi corazón viviera fuera de mi cuerpo y anduviera por la casa en calcetines.
A veces pienso en la versión de mí de hace diez años, la que creía que su vida iba a girar alrededor del amor romántico. La que medía todo en “pareja / no pareja”, la que pensaba que estar sola era fracasar. Si pudiera verla ahora, despeinada, con pijama viejo, tomando café frío mientras persigue a un niño que no para de hablar, tal vez diría que esta no era la vida planeada. Y tendría razón, pero también se equivoca. Porque esta vida no es la que soñé, es mejor, es real.
Salimos tarde, como siempre. Le tomo la mano, él salta cada baldosa como si fuera lava. El sol recién aparece entre las nubes.
—Mamá —dice de pronto—.
—¿Qué?
—Te amo más que todos los planetas juntos.
Le aprieto la mano.
—Yo más.
—No, yo más.
—Imposible.
Seguimos discutiendo tonterías mientras caminamos. Y en ese momento lo entiendo con una claridad ridícula: Antes de cualquier historia, antes de cualquier hombre, antes de cualquier ruptura, mi vida empieza aquí, con esta manito pegajosa en la mía, con esta voz que no se calla nunca, con este pequeño universo que me dice mamá. Y por primera vez en mucho tiempo, no siento que me falte nada.