A Través de Sus Ojos

Seguna parte: Capítulo 2 — La tarde de los planes ridículos

La tarde empieza tranquila, casi aburrida, y justo ahí radica su magia: Todo puede volverse un juego si tú quieres.

Gabriel manda un mensaje:
—“Si tuvieras 70 años y estuviéramos en un viaje de adultos mayores, ¿qué bebida pedirías en el bar?”

Me río sola en el sofá:
—“Un jugo de uva con hielo y chisme obligatorio.”

—“Perfecto, yo pido té verde y luego bailamos zumba con las viejas del grupo.”

Ahí entendí algo: Con él, hasta los planes más ridículos tienen sentido. No hay presión, no hay expectativas irreales, sólo complicidad absurda que nos hace reír.

Luca, por supuesto, interviene:
—“¡Yo quiero hacer yoga con Gabriel!” —grita mientras imita posturas imposibles.

—“Sólo si prometes no volar sobre mi cabeza, astronauta” —le contesta Gabriel en un audio, y yo me río tanto que casi se me cae el café.

Después de un rato, decidimos “salir a la ciudad” con un plan inventado: Ir a la tienda de cómics, tomar un café ridículamente caro y luego sentarnos en la plaza a observar a la gente. Nada importante, nada épico, pero todo precioso.

En el camino, Gabriel y yo discutimos “temas vitales”: qué superpoder elegiríamos si existiera la magia, cuál es la mejor canción de los 90 para karaoke, y si algún día podremos inscribirnos en un club de adultos mayores como planeamos en broma.

—“Si nos inscribimos ahora, podríamos ser los más cool del grupo, aunque tengamos que sentarnos a dormir la siesta entre clases de yoga” —dice Gabriel, y yo lo miro, sorprendida de cómo algo tan simple puede ser tan reconfortante.

Luca corre por la plaza, señalando palomas, riéndose, y Gabriel me toma de la mano:
—“Mira cómo lo disfruta. Esto es lo que importa.”

No hay drama, no hay conflictos pendientes, sólo nosotros tres, creando recuerdos sencillos, riendo de tonteras y sintiendo que los días así pueden ser grandes.

Al final de la tarde, volvemos a casa. Luca está exhausto y duerme casi antes de la cena. Yo me siento en el sillón con Gabriel, ambos en silencio, compartiendo un momento de satisfacción simple: La rutina convertida en cariño.

—“Esto no es épico, ¿verdad?” —dice él.

—“No, pero es perfecto” —respondo, apoyando la cabeza en su hombro.

Y entiendo que, después de todo lo que viví, esta tranquilidad compartida puede ser más poderosa que cualquier historia intensa.



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En el texto hay: romance, historia de vida

Editado: 31.03.2026

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