A Través de Sus Ojos

Segunda parte: Capítulo 3 — Tormenta y refugio

La mañana empieza con un cielo gris y pesado. Luca se levanta con una energía extra, como si quisiera compensar la tristeza del día con su alegría habitual, pero no es suficiente para mí: La cabeza me da vueltas con correos pendientes, reuniones inesperadas y el estrés acumulado de la semana.

Mando un mensaje a Gabriel:
—“Hoy va a ser de locos. Necesito un refugio.”

Cinco minutos después, su respuesta:
—“Yo puedo ser tu refugio. No prometo magia, pero sí café y chistes malos.”

Río y siento que algo se alivia. Esa es la diferencia con él: Siempre hay un gesto simple que calma antes de intentar resolver todo.

Luca grita desde la pieza:
—“¡Mamá, encontré mi dinosaurio perdido!”

Corro a abrazarlo y, por un segundo, olvido los correos, las reuniones, el cansancio. El dinosaurio aparece, y la sensación de alivio se traslada a mí. A veces los problemas se pueden posponer, al menos hasta el desayuno.

Más tarde, mientras termino tareas pendientes en la computadora, Gabriel aparece en persona, con su chaqueta un poco arrugada y un termo de café en la mano.

—“Pensé que necesitarías esto” —dice, sentándose a mi lado.

No hay palabras grandiosas. No hay frases dramáticas, sólo un café caliente y alguien que te observa mientras trabajas, ofreciéndote compañía sin exigir nada.

—“Gracias, hoy sí necesitaba un refugio” —respondo, sonriendo.

Luca decide intervenir de nuevo, esta vez con su propio plan de rescate: Lleva su manta favorita y se sienta entre nosotros, como si también fuera parte del refugio. La escena se siente tan absurda como perfecta: tres seres humanos imperfectos, un día gris afuera, y sin embargo, todo tan cálido dentro.

Hablamos de cosas tontas, de planes que nunca se cumplirán, de canciones que nos hacen reír, mientras la tormenta afuera retumba contra la ventana. Me doy cuenta de que la calma no es ausencia de problemas; es tener alguien con quien sentirlos, sin que te derriben.

Al final de la tarde, el cielo empieza a despejarse. Luca se duerme en el sillón con su manta, la cabeza sobre mis piernas. Gabriel se recuesta a mi lado, y por primera vez en el día, respiro de verdad.

—“Mira, sobrevive un día de tormenta, y todo sigue aquí” —dice él en un susurro.

Asiento, y entiendo que la magia no es siempre grandiosa. La verdadera magia es esta: presencia, cuidado, risas y silencios compartidos.

El día termina sin sobresaltos, sin fuegos artificiales, solo con la sensación de que el refugio existe, y que a veces eso basta.



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En el texto hay: romance, historia de vida

Editado: 31.03.2026

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