A Través de Sus Ojos: Primera parte

Primera parte: Capítulo 2 — Mi hijo, mi brújula

Hay gente que dice que los hijos te cambian la vida, a mí no me la cambió, me la dio vuelta completa, la sacudió, botó todo al suelo. Y después me obligó a armarla de nuevo, pero mejor. Como esos terremotos que dejan la casa patas arriba, pero te hacen darte cuenta de qué cosas sí quieres volver a guardar. Luca fue eso, un terremoto chiquitito con zapatillas de luces.

Cuando era más chico hablaba poco, demasiado poco. Todos me decían:

—Tranquila, cada niño tiene su tiempo.

Pero yo sentía esa sensación en el pecho, esa intuición de mamá que no necesita estadísticas.

Lo miraba jugar solo, tan metido en su mundo, tan concentrado, tan distinto, y me preguntaba si estaba haciendo algo mal. Si no le hablaba suficiente, si no lo estimulaba suficiente. Si yo era insuficiente.

Después empezó a hablar. Y nunca más se detuvo, nunca.

Ahora narra su vida como un documental.

—Mamá estoy caminando hacia la cocina.
—Mamá estoy tomando agua.
—Mamá sabías que los tiburones existen antes que los árboles.
—Mamá mira este dato curioso.

Dato curioso. Tiene cinco años y ya dice “dato curioso”.

A veces me da risa sola. Otras veces quiero cinco minutos de silencio, pero cuando se queda callado demasiado rato, lo voy a buscar igual.

Aprendió a leer números mirando videos. Se sabe los planetas, incluso te explica cómo funcionan los volcanes. Le habla a la señora del almacén, al guardia, al señor del colectivo. No conoce la vergüenza social.

Solo curiosidad, sólo ganas de conectar. Es como si el mundo todavía no le hubiera enseñado a tener miedo, y ojalá nunca aprenda.

Hay días difíciles, obvio. Desobediente, intenso, terco como mula. A veces se tira al suelo porque no quiere ponerse zapatos, a veces discute como abogado miniatura.

—Pero mamá técnicamente dijiste después y después ya pasó.

¿Cómo se pelea con esa lógica? No se puede. Respiro hondo, cuento hasta diez. Le explico de nuevo. Ser mamá es repetir el mismo discurso trescientas veces con amor.

Pero también están sus abrazos, esos abrazos. Llega corriendo y se me cuelga del cuello como koala.

—Te amo infinito.

Infinito.

Ni grande, ni mucho. Infinito.

¿Quién le enseñó esa palabra? A veces, cuando se duerme, me quedo mirándolo. La boca entreabierta, el pelito pegado a la frente, la respiración suave.

Y me pasa lo mismo de siempre: miedo. No miedo malo, miedo sagrado. Como si el universo me hubiera prestado algo demasiado valioso y yo tuviera que cuidarlo con ambas manos. Porque eso es, no siento que Luca sea “mío”, siento que soy yo la que fue elegida para cuidarlo, como una misión secreta.

Antes tomaba decisiones pensando: ¿Me conviene?, ¿Me gusta?, ¿Qué quiero yo? Ahora es automático: ¿Esto le hace bien a Luca? Todo pasa por ese filtro; personas, relaciones, trabajos, todo.

Él no es un obstáculo para mi vida, es mi brújula. Si algo no encaja con nosotros, no es por ahí. Así de simple, así de difícil.

A veces me preguntan si no me cansa, si no extraño “mi libertad”. Y claro que sí, soy humana. Pero después él me toma la cara con sus manitos pegajosas y me dice:

—Mamá, tú eres mi persona favorita.

Y se me olvida todo. El cansancio, el miedo, las dudas. Todo.

Porque si algún día alguien me preguntara cuál ha sido el amor más grande de mi vida, ni siquiera tendría que pensarlo. No es una pareja, no es una historia intensa, no es una promesa romántica. Es este niño hablador, curioso y luminoso que me convirtió en mamá y, sin querer, también me convirtió en valiente.



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En el texto hay: romance, historia de vida

Editado: 08.02.2026

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