A Través de Sus Ojos: Primera parte

Primera parte: Capítulo 3 — Bruno — La familia que no se rompe aunque duela

Nadie te explica esta parte cuando te conviertes en mamá. Todos hablan del embarazo, el parto, del amor infinito. Pero nadie habla de lo que pasa cuando la relación con el papá de tu hijo no funciona, y aun así tienes que seguir viéndolo para siempre. Para siempre es mucho tiempo.

Con Bruno no hay historia romántica que contar. No hay música de fondo, no hay escenas lindas bajo la lluvia. Hay horarios, hay coordinaciones.

Hay mensajes tipo: “¿A qué hora lo pasas a buscar?”, “Se le quedaron las zapatillas”, “Le toca control médico.” Nuestra relación se volvió administrativa, como compañeros de trabajo. Sólo que el “proyecto” es una personita de cinco años que depende de nosotros.

A veces me gustaría decir que todo es maduro y civilizado, pero no. Hay roces, hay cansancio. Hay momentos en que lo miro y pienso: ¿Por qué es tan difícil algo que debería ser simple? Porque no siempre estamos de acuerdo, porque criamos distinto, porque hay días en que no lo soporto. Y aún así, igual tenemos que hablar.

Eso es lo raro de la maternidad compartida. No puedes bloquear, no puedes desaparecer, no puedes hacer ghosting emocional. No existe el “chao, nunca más”. Existe el: “Nos vemos el domingo”. Te guste o no.

Al principio me enojaba mucho, sentía que todo recaía en mí. Las tareas, Las visitas médicas, las decisiones importantes, la carga mental infinita. Esa lista invisible que nadie ve pero que te persigue incluso cuando te vas a dormir. Y mientras tanto, yo tratando de ser fuerte, paciente, adulta; porque alguien tiene que serlo. Y casi siempre soy yo.

Pero con el tiempo entendí algo incómodo: No se trata de quién tiene la razón, se trata de qué necesita Luca. Nada más; mi orgullo no importa, mis ganas de discutir no importan, mi cansancio tampoco. Si él necesita estabilidad, entonces yo me trago el enojo y coordino igual. Porque ser mamá a veces es eso: Elegir la paz práctica por sobre la pelea justa.

No siempre lo logro. Hay días en que pongo los ojos en blanco apenas veo su nombre en el celular. Hay días en que quiero gritar. Hay días en que pienso: “Qué fastidio tener que seguir vinculada contigo”. Y después Luca sale corriendo a saludarlo feliz, como si el mundo fuera perfecto; y se me pasa.

Porque al final, Bruno no es “mi ex”, es el papá de mi hijo. Y ese rol es más grande que cualquier historia que hayamos tenido, nos une algo que no se puede deshacer. No por amor, no por costumbre, por sangre, por biología. Por un niño que tiene su ojos.

Aprendí a mirarlo distinto, ya no desde la pareja que no funcionó, sino desde el equipo parental que tenemos que ser. A veces funciona, a veces no. Pero ahí vamos, imperfectos, haciendo lo que se puede.

Si antes yo pensaba en relaciones como “para siempre o fracaso” Bruno me enseñó otra cosa: Hay vínculos que no son románticos, no son cómodos, no son lindos, pero igual son permanentes. Y hay que aprender a habitarlos sin que te rompan por dentro.

No elegí esta dinámica, pero sí elegí algo más importante: Que Luca crezca sintiendo que, aunque sus papás no estén juntos, siguen estando.

Ser adulta resultó ser menos glamoroso de lo que imaginaba, es menos mariposas y más agenda compartida. Menos promesas y más coordinación. Menos “te amo” y más “avísame cuando lleguen”. Pero supongo que esto también es amor, no el de película, el real. El que se queda incluso cuando nadie aplaude.



#5684 en Novela romántica
#1569 en Chick lit
#527 en Joven Adulto

En el texto hay: romance, historia de vida

Editado: 28.02.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.