A Través de Sus Ojos: Primera parte

Primera parte: Capítulo 4 — Julián — El silencio también es una respuesta

Cuatro años es mucho tiempo, no parece tanto cuando lo dices rápido. Pero cuatro años alcanzan para: Mudar rutinas, mezclar cepillos de dientes, aprenderse los gestos del otro, imaginar futuro. Cuatro años alcanzan para decir “hogar” sin pensarlo.

Con Julián la vida no fue intensa ni caótica, fue cotidiana; y eso lo hizo más peligroso, porque lo cotidiano se mete hondo. Las tardes normales, las comidas simples, las idas al súpermercado, las risas tontas viendo cualquier cosa. Nada espectacular, todo importante.

También estaba Luca, eso cambió las reglas. No era solo mi pareja, era parte de su mundo, de sus juegos, de sus tardes, de sus “vamos donde el Julián”. Cuatro años para un adulto pasan rápido, para un niño son media vida.

Tal vez por eso no vi venir el final. O tal vez sí, pero no quise mirarlo de frente. Las conversaciones se hicieron más cortas, los abrazos más livianos, las respuestas más vagas. Como cuando una radio pierde señal de a poco; no se corta de golpe, sólo empieza a escucharse ruido.

Yo preguntaba, siempre he sido de preguntar.

—¿Estás bien?
—¿Te pasa algo?
—¿Seguimos bien?

No para pelear, para entender. Pero cada pregunta parecía incomodar, como si querer claridad fuera exigir demasiado.

Con el tiempo entendí algo doloroso: No todos enfrentan los problemas hablando. Algunos se apagan, se esconden, se van yendo antes de irse. Y cuando te das cuenta, ya no están.

El día que terminó no hubo gran escena, no hubo gritos, no hubo portazos; sólo palabras torpes, frases que sonaban a excusa y cansancio. Y ese silencio raro después, donde entiendes que ya no hay nada que rescatar. A veces el amor no explota, se evapora.

Pero lo que más dolió no fui yo, fue Luca, eso me partió en dos. Explicarle que ya no iba a verlo igual, que ya no estaría tan presente, que los adultos a veces prometen cosas que después no pueden sostener. ¿Cómo le explicas eso a un niño? ¿Cómo le dices “no fue tu culpa” sin que suene vacío?

Vi su carita confundida, esperando, preguntando. Y sentí una rabia triste, no rabia violenta; esa rabia cansada de tener que recoger los pedazos que otros dejan, como barrer platos rotos que tú no tiraste.

Durante meses cargué con todo. Mi duelo, el de mi hijo, la casa, la rutina. Y además, la sensación incómoda de haber amado más de lo que me amaron. Esa humillación silenciosa que nadie te cuenta.

No creo que Bruno sea mala persona, de verdad no. Sólo creo que no supo quedarse; y quedarse, a veces, es lo único que importa. No basta con querer, hay que saber sostener.

Con él aprendí algo que me costó aceptar: El amor sin comunicación no es amor seguro. Y yo ya no quiero perseguir a nadie para que se quede, no quiero convencer, no quiero adivinar, no quiero mendigar claridad.

Hoy lo miro con distancia, sin odio, sin idealizar. Como se mira una casa donde viviste mucho tiempo: Agradeces lo que fue, reconoces lo que dolió, y sigues caminando. Porque ya no vives ahí.

Si algo me dejó esa historia fue esto: Mi hijo necesita constancia, y yo también. No promesas bonitas, constancia, presencia. Gente que no desaparezca cuando se pone difícil.

Cuatro años parecen mucho, pero a veces lo que más pesa no es el tiempo, es el silencio que queda después.



#5684 en Novela romántica
#1569 en Chick lit
#527 en Joven Adulto

En el texto hay: romance, historia de vida

Editado: 28.02.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.