Hay personas que no entran a tu vida, siempre han estado. Como canciones viejas que sabes de memoria aunque no recuerdes cuándo las aprendiste.
Gael es así, no tengo un “inicio” claro con él, porque cuando lo conocí todavía éramos casi niños.
Veinte años es ridículo, es más tiempo del que duran algunos matrimonios. Hemos sido versiones completamente distintas de nosotros mismos, adolescentes, adultos improvisados, gente que se pierde, gente que vuelve. Siempre orbitando cerca, sin chocar del todo.
Con él no hay formalidad, no hay esa tensión de “Qué digo para gustarle”, hay confianza automática. Bromas internas, recuerdos antiguos, historias repetidas mil veces. Como ponerse un polerón gastado pero cómodo, sabes exactamente cómo cae sobre el cuerpo.
Y sí, también está la química, esa que no se explica, la que aparece apenas se cruzan las miradas. La que te recuerda que sigues viva, que tu cuerpo todavía responde, que no todo en ti es mamá, agenda y responsabilidades.
Con Gael siempre hubo fuego, nunca tibieza. Pero el fuego no siempre calienta una casa, a veces solo quema rápido y se apaga.
Hablar con él era fácil, pero escuchar ciertas frases me aterrizaba de golpe. Esa forma tan suya de vivir el presente; tan libre, tan “lo que pase, pasa”, tan cero estructura. Casi adolescente, yo ya no vivo ahí.
Hubo un momento en que lo entendí nítido, como un golpe suave, pero definitivo. No estábamos en la misma etapa; yo pensaba en estabilidad, en rutinas, en mi hijo, en construir algo que dure.
Él pensaba en fluir, en no deberle explicaciones a nadie, en seguir lo que sintiera ese día. Y ninguna de las dos formas está mal, pero no encajan juntas.
Es raro cuando quieres a alguien y, aun así, sabes que no es para ti. No por falta de cariño, sino por exceso de realidad.
Con Gael no hubo gran ruptura, no hubo lágrimas dramáticas. Fue más simple, más adulta, más triste, tal vez. Fue decir: “Te quiero, pero no me sirve”, y esa frase pesa más de lo que parece.
Porque lo fácil habría sido quedarme, dejarme llevar por la historia compartida, por lo conocido, por el “Nos entendemos de siempre”.
Pero entendí algo importante: La nostalgia no es un plan de vida. Recordar bonito no construye futuro.
A veces las personas llegan en el momento correcto, otras veces llegan veinte años tarde. Y nadie tiene la culpa, sólo es el tiempo, ese tirano silencioso.
Cuando pienso en él no siento rabia, ni decepción; siento ternura. Como por un amigo que siempre va a existir en algún rincón de mi historia. Alguien que me recordó que todavía puedo reír fuerte, coquetear, sentir chispa, pero también me recordó lo mucho que he crecido.
Antes yo habría dicho: “Veamos qué pasa”. Ahora digo: “Esto no es lo que quiero”. Y elegir eso, sin drama, sin pelea, sin perseguir, se sintió extrañamente poderoso.
Gael no fue un error, fue un espejo. Me mostró quién era antes, y me ayudó a confirmar quién soy ahora.
A veces amar también es soltar con cariño, como cerrar la puerta despacio para no hacer ruido. Sin portazos, sin rencor, sólo aceptando que algunas historias son bonitas, pero cortas.