A Través de Sus Ojos: Primera parte

Primera parte: Capítulo 6 — Gabriel — La calma no duele

Con Gabriel no hubo fuegos artificiales, no hubo esa historia dramática que uno podría contar como anécdota. No hubo persecuciones emocionales, ni confesiones a las tres de la mañana, ni despedidas intensas bajo la lluvia. Y, por primera vez en mi vida, eso me pareció perfecto.

Nos conocimos hablando, así de simple. Conversaciones largas, medias tontas, medias profundas, audios. “¿Cómo te fue hoy?”, “¿Tomaste agua?”, “¿Llegaste bien?” Cosas pequeñas, pero constantes.

Al principio me desconcertó, yo estaba acostumbrada a otra cosa. A la intensidad, a la incertidumbre, a esa ansiedad de no saber si le importas al otro. Con Gabriel no había nada de eso. Si decía que llamaba, llamaba. Si decía “Nos vemos”, nos veíamos. Si estaba ocupado, lo decía. Sin juegos, sin misterio, sin desaparecer.

Y mi cerebro, traumado por relaciones anteriores, pensaba: “Esto es demasiado tranquilo, algo malo debe haber”. Pero no, no había truco, solo coherencia.

Hablamos de tonterías, del clima, del sueño, de que estamos cansados. De que queremos vivir en el campo, solos, sin vecinos, disfrutando de la calma. Nos reímos de cosas sin sentido. Y en esa liviandad diaria, sin darme cuenta, empecé a relajar los hombros.

Con él no siento que tenga que impresionar, no tengo que verme perfecta. Puedo mandarle un audio despeinada, muerta de sueño, quejándome del calor, diciendo “no he hecho nada en todo el día”. Y no pasa nada, no se va, no se aleja, no se asusta, se queda.

Hay algo muy íntimo en eso, que alguien se quede en tu versión más normal. No en tu mejor versión, en la real.

Me pregunta horarios porque le dan paz, yo le mando fotos del desorden. Él me cuenta que se quedó dormido después de almorzar. Yo le cuento que Luca le pidio una galleta a una señora que ni conocía. Nos reímos, nos cuidamos, nos acompañamos; como dos personas cansadas tratando de sobrevivir la adultez.

No siento mariposas, siento algo mejor, siento suelo. Como si pudiera pisar firme, como si no tuviera que andar adivinando, como si, por primera vez, no estuviera persiguiendo a nadie.

Con Gabriel entendí algo que nadie te dice cuando eres una niña: El amor sano es medio aburrido desde afuera, no tiene drama, no tiene celos locos, no tiene escenas de película. Es más bien, avisar que llegaste, preguntar si dormiste bien. Y, sorprendentemente, eso se siente gigante.

A veces me descubro esperando su mensaje y sonrío sola, no por ansiedad, por cariño. Como quien espera a un amigo; como quien sabe que, pase lo que pase en el día, hay alguien al otro lado. Y eso basta.

Después de relaciones donde tuve que insistir, explicar, sostener, perseguir, estar con alguien que simplemente está, se siente casi extraño. Como aprender un idioma nuevo, el idioma de la calma.

No sé qué va a pasar con nosotros, no quiero prometer nada. La vida ya me enseñó que las promesas grandes se rompen fácil. Pero sí sé esto: Cuando hablo con él, respiro mejor. Y después de todo lo que he vivido, eso ya es muchísimo.

Si alguna vez pensé que el amor tenía que doler para ser real, Gabriel me está enseñando lo contrario, que tal vez el amor más bonito, es el que no duele nada.



#5684 en Novela romántica
#1569 en Chick lit
#527 en Joven Adulto

En el texto hay: romance, historia de vida

Editado: 28.02.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.