Durante años pensé que el problema eran los demás. Que elegía hombres complicados, distantes, indecisos, emocionalmente torpes; y si algunos lo eran. Pero un día, muy tarde, muy adulta, muy cansada, me hice una pregunta incómoda: ¿Y si yo también estaba repitiendo algo?
Empecé a notar patrones, siempre esperaba más mensajes, siempre analizaba silencios, siempre imaginaba escenarios catastróficos en mi cabeza. Si alguien tardaba en responder: “Ya no le importo”. Si se ponía frío: “Seguro hice algo mal”. Si se alejaba: “Tengo que arreglarlo”. Siempre yo arreglando, siempre yo sosteniendo, siempre yo corriendo detrás. Como si el amor fuera una carrera, como si, si dejaba de correr, me fueran a abandonar.
Después aprendí, en terapia, una palabra nueva, apego ansioso. Hipervigilancia emocional, miedo al rechazo, necesidad de confirmación constante, sobreinterpretar todo. Yo, entera, con nombre y apellido.
Al principio me dio rabia, sentí que algo estaba “mal” conmigo. Como si viniera defectuosa de fábrica, pero después lo miré con más cariño. Porque ese apego no nació de la nada, nació de sobrevivir. De aprender, muy niña, que el amor podía irse. Que las personas no siempre se quedaban, que había que ser fuerte, independiente, resolver sola, no molestar, no pedir demasiado.
Entonces claro, cuando alguien me gustaba, me daba miedo perderlo incluso antes de tenerlo. Y mi cabeza empezaba a construir tragedias imaginarias, películas dramáticas dignas de Oscar. Mientras la otra persona, probablemente, sólo estaba durmiendo siesta. Me reí de mí misma muchas veces, con ternura, porque soy intensa hasta en mi imaginación.
Pero algo cambió, tal vez la terapia, tal vez la edad, tal vez ser mamá, tal vez todo junto. Empecé a observarme desde afuera, como si yo también fuera un personaje de mi propia historia. Y pensaba: “Mírala, ya está pensando en escenarios ficticios.” Y en vez de retarme, me hablaba suave: “Tranquila. No está pasando nada.”
Con Gabriel lo noté más claro. Cuando no respondía de inmediato, mi cuerpo igual se tensaba, viejo reflejo, pero ahora duraba menos. Ya no escribía párrafos dramáticos, ya no me inventaba despedidas. Respiraba, tomaba agua, seguía con mi día. Y, sorpresa: Nada terrible pasaba.
Fue raro descubrir que el mundo no se cae si no controlo todo. Que alguien puede quererte sin que tengas que ganártelo cada cinco minutos. Que no tengo que ser perfecta para que se queden.
No dejé de ser ansiosa, no soy una iluminada zen. Sigo sobrepensando a veces, sigo mandando “¿Todo bien?” cuando quizás no era necesario. Pero ahora lo veo, y eso cambia todo.
Porque la conciencia te da elección, antes reaccionaba, ahora decido. A veces me equivoco igual, pero ya no me abandono a mí misma por amor.
Creo que crecer es eso, no convertirte en otra persona, sino entender por qué eres como eres, y abrazarte un poco más.
No soy “demasiado”, no soy “intensa”, no soy “difícil de amar”, soy sensible. Y aprendí a sobrevivir como pude, y eso también es valentía.
Si miro hacia atrás, veo a todas mis versiones: La que insistía, la que lloraba en silencio, la que esperaba mensajes mirando el techo, la que fingía que no le importaba. Y no las juzgo, las abrazo, porque hicieron lo mejor que supieron, para que yo llegara hasta aquí.
Hoy no quiero amores que activen mi miedo, quiero amores que me den calma. No quiero perseguir, quiero caminar al lado. No quiero demostrar, quiero compartir.
Sigo siendo ansiosa, sí. Pero ahora soy consciente, y esa pequeña diferencia, me cambió la vida.