El despertador suena antes de que amanezca, no hay música épica, no hay frases profundas. Solo ese sonido feo, insistente, de celular barato vibrando en el velador. Gruño, lo apago, cinco minutos más.
Desde la pieza de al lado se escucha una voz chiquitita:
—Mamáaaa… ¿ya es de día?
Sonrío con los ojos cerrados. No, todavía no, pero da lo mismo. Luca ya decidió que el día empezó.
Camino medio dormida por el pasillo. El piso frío, el pelo desordenado, la polera vieja que uso de pijama. Cero protagonista de una pelicula, cien por ciento mamá cansada. Y, aun así, feliz.
Luca está sentado en la cama, abrazando un dinosaurio de plástico, tiene el pelo parado para todos lados. Me mira como si yo fuera lo mejor que le ha pasado en la vida, como si no existiera nadie más importante.
—Soñé contigo —me dice—. Estábamos en el espacio.
—¿Sí? ¿Y yo qué hacía?
—Manejabas la nave. Porque tú sabes todo.
Me río, si supiera.
Le doy un beso en la frente, después otro, después mil. Él se queja, pero se ríe.
—Mamá, yaaaa.
—Aguántate. Es impuesto maternal.
Mientras preparo el desayuno, pienso —sin drama, sin dolor— en todo lo que pasó para llegar aquí. En todas las versiones mías, la que amó mal, la que lloró sola, la que se sintió insuficiente, la que aguantó de más, la que tuvo miedo de quedarse sola. Y me dan ganas de abrazarlas, porque ninguna sabía lo que yo sé ahora.
Ahora sé que: No tengo que rogar cariño, no tengo que perseguir a nadie, no tengo que achicarme para caber en la vida de otro.
El amor ya no se siente como urgencia, se siente como hogar. Como café caliente, como mensajes tranquilos. Como alguien que te pregunta “¿llegaste bien?” sin que se lo pidas.
Como risas tontas un martes cualquiera, como Gabriel mandando audios medio dormido. Como conversaciones sin presión, como calma.
Y si algún día no resulta, tampoco me voy a romper. Porque ya no me abandono, me tengo a mí. Tengo a Luca, tengo esta vida imperfecta, desordenada, real. Y eso es suficiente.
A veces me miro al espejo mientras me amarro el pelo, ojeras, líneas nuevas, cansancio, treinta y tantos bien vividos; y pienso: “Mira todo lo que sobreviviste.” No con tristeza, con orgullo.
Antes quería que alguien me eligiera, hoy yo me elijo primero. Y curiosamente, desde que hago eso, los demás se quedan más fácil.
Luca aparece corriendo con una cuchara en la mano.
—¡Mamá, mira! ¡Es un cohete!
Casi boto el café.
—¡Oye! ¡La cocina no es la NASA!
Se ríe como loco, yo también.
La mañana sigue, desorden, mochilas, zapatos perdidos, mensajes sin responder. La vida normal, nada cinematográfica, nada perfecta.
Pero mientras cerramos la puerta y salimos juntos, él toma mi mano; fuerte, con confianza absoluta, como si supiera que siempre voy a estar. Y yo aprieto de vuelta, como si le prometiera lo mismo.
Tal vez mi historia nunca fue un gran romance, tal vez nunca fue un drama épico. Tal vez fue algo más simple, más honesto, más mío.
Una mujer aprendiendo a quererse, un hijo creciendo feliz. Algunos hombres que llegaron a enseñar cosas distintas, y un futuro que ya no da miedo.
El sol aparece entre las nubes, no espectacular, no dorado; sólo tibio, normal. Perfecto.