Negro, negro, negro, negro.
Como una noche larga. Como el color del cabello de mi madre cuando aún podía verlo en mi infancia, mientras la ayudaba a peinarse. Como los ojos de mi padre cuando me observaba con esa infinita ternura, contándome sus historias sobre astronomía, antes de que un mal negocio y cientos de ambiciones, silenciaran su voz, dejando todo en oscuridad. La misma oscuridad que veo yo. La misma oscuridad que desde hace dos años venda mi rostro. No me deja ver.
Ese negro… es lo único que veo desde aquel accidente. La fuerte explosión de vidrios cayendo del cielo. Los gritos de mi hermana y mi madre, el dolor, las sirenas. Luego… nada. Fue en una mañana de septiembre. ¿El año? 2007
Estaba ayudando a mamá y a mi hermana mayor, Cielo; a ubicar unas lámparas del techo luego de nuestra gran mudanza. Habíamos abandonado nuestra casa en el barrio Belencito corazón, en Medellín, luego de la muerte de mi padre. A una más amplia, más lejos de conflictos y más fácil de costear para mamá, en el municipio de Envigado. A falta de un varón en casa, me había creído muy autosuficiente para dicha labor, convencida de que sería fácil.
Terca, no escuché los consejos de mamá y las advertencias de mi hermana. Ni siquiera la mirada intimidatoria de nuestra perrita recogida de la calle. Chispas. Me dejé llevar por mi instinto… el querer tener siempre la razón. Y lo pagué caro.
***
—Sol, baja, por favor. Si ese bombillo no quiere ajustar, esperemos a mañana que un experto lo haga—retorcía sus manos, ya algo enfermas y casi sin movimiento, por las largas horas de trabajo en los congeladores de la fábrica de lácteos y cárnicos.
Era graduada en ingeniería de alimentos. Y fue rebajada a algo tan ínfimo como organizadora y empacadora de alimentos, mientras una de sus compañeras, más complaciente a ojos vista del jefe, ocupaba su puesto.
—Puedo hacerlo mamá. Un simple foco de luz no va a ganarme tan fácil. Solo falta ese. Un poco más y queda ajustad…—el bombillo explotó por la presión ejercida.
—¡¡Soool!!
—¡Hija!
Todo se fue en picada, tanto los vidrios, como la escalera, como yo.
***
Lo que siguió a eso, fue para mí como una nube de inconsciencia, voces y llantos. Recordaba caer de la escalera, sentir cientos de alfileres clavados en mis ojos, demasiado dolor, rojo vivo subiendo como el agua en el cristal hasta cubrirlo todo. Luego el tan mencionado negro. Mi madre me llamaba, Cielo apretaba mi mano, ruidos ensordecedores, la boca reseca y una nube en mi cabeza.
Voces de médicos, más llantos, y al despertar, sentirme atrapada dentro de cuatro paredes de las que nunca más podría salir. Vi como mis sueños eran borrados, como una hoja arrancada y hecha basura. Como un cuaderno tirado a la basura y uno nuevo iniciado.
Tuve que empezar de cero con ese veredicto dictado por mi oftalmólogo el Dr. Marín. Yo jamás volvería a ver. Mi carrera quedaba eliminada, mis salidas fuera de casa restringidas. Igual… quien quería salir, cuando no podía ver por dónde iba, cuando temía caer, cuando no podías defenderte por tu cuenta. El bastón estaba en mi armario, en el fondo, entre el polvo, donde el resto de mis sentidos ahora comenzando a agudizarse, no podrían detectarlo.
Solo había algo que podía hacer, que me mantenía cuerda, que al menos despertaba un poco mi ánimo, mi curiosidad. Algo que solo hacía cuando éramos la casa y yo. Cuando mamá iba a su trabajo, y mi hermana se perdía por tres largas horas a la facultad, esperando terminar su carrera como médica oftalmóloga.
Lo estudiaba mucho antes de mi accidente y ahora lo veía como la oportunidad perfecta para ser mi apoyo. Estaba a punto de hacer su tesis de grado. ¿Su investigación, y el tema, casi buscado, como se busca un grano de sal entre uno de azúcar? Quería encontrar una cura para mi enfermedad. Algo que me permitiera ver, y regresar a mi vida y conmigo a los cientos, miles o incluso millones de personas en el mundo que no podían ver como yo.
Pero si mi mamá Ángela, y yo éramos realistas, Cielo no se rendía a pesar de que las probabilidades eran 0% de 100%
Ese secreto que escondía y que solo hacía, cuando ellas no me veían, era cantar. Me imaginaba como una estrella, gigante en medio de un público que gritaba mi nombre, que amaban mi voz, un público que a pesar de que yo no tendría el privilegio de verlos, me aplaudían y me veían como su heroína. Por esas breves horas, convertía mi cuarto en el escenario; el silencio y soledad se volvían gritos atronadores y aplausos. La oscuridad era luz, brillo de cámaras, reflectores. El dolor y la tristeza se volvían latidos fuertes del corazón, emoción revoloteando en mi estómago y júbilo en mis sonrisas. No sujetaba un simple lapicero en mano, era un micrófono; no sonaban en los parlantes, música de otros artistas, eran las mías, solicitadas en radio, coreadas por la gente, amenizando ambientes en bares y cafés. No era Marisol Cabrera. Era la dama, el brillo, la dulzura. Era Lady Blue.
Pero la realidad volvía a pegar al abrir mis ojos. No veía ese brillo, no salía de casa, veía oscuridad, y con ella se evaporaba lo bien que sentía que cantaba, lo bien que sería llenarme de esa otra vida que no era mía. Los ruidos se dispersaban y quedaba aquí en mi cuarto. El único lugar que conocía de memoria, porque no salía ni al resto de la casa. Mamá o Cielo me traían el desayuno o las demás comidas, no pasaba de la puerta a ese territorio inhóspito donde había escalas, muros e inseguridades.