A TravÉs De Tus Ojos

CAPITULO 1 - MARISOL:

15 de mayo de 2009, Envigado, Antioquia…

«Aguacateeeee».

El sonido característico de cada mañana. Y si mis cálculos no fallaban, ante mi oído tan desarrollado…

El reloj de la sala sonó la campana ocho veces.

Sonreí con debilidad. Sí. Eran las ocho en punto de la mañana. De nuevo había atinado la cuenta. Como cada mañana en que me hacía la apuesta mental, de que el señor que pasaba cerca de la unidad residencial a vender frutas o aguacates para las preparaciones del día, lo hacía en el mismo momento. Minutos o segundos antes de las ocho.

Porque nada cambiaba y era la misma rutina de siempre.

Y la misma oscuridad.

Suspiré al alejarme a tientas del muro junto a la ventana, donde me sentaba para escuchar si también ese día le había atinado a la puntualidad del vendedor. Mi único aliciente. Luego de que pasaba eso, mi felicidad era pasajera y yo volvía a enclaustrarme en la cueva en la que vivía desde dos años atrás. Esa cueva de mi cuarto que no anhelaba dejar para explorar el nuevo mundo de invidencia que se me presentaba. ¿Quién querría hacerlo, cuando ese mismo mundo no era para los ciegos?

Cuando me sentaba de nuevo en mi cama, los pasos característicos rumbo a mi cuarto, que presidirían al: «Solecito bonito, es hora de la medicación» de mi hermana, antes de irse a la universidad. La maldita concebida medicina contra la depresión que afrontaba desde mi accidente. Pero los pasos se amortiguaron un poco esta vez, y luego hubo silencio; con lo que imaginé lo que se vendría.

—Olvídalo, Cielo, ya te oí.

Un exabrupto como si dudaran de entrar.

—¿Quién es Cielo? No la conozco—cambió de voz, simulando parecer un hombre.

—No tiene gracia, sal del rincón y vete, o entra ya de una vez.

Un suspiro de su parte, y sentí la puerta abrirse del todo, y ella entrar a la habitación.

—No puedo descifrar aún, cómo es que sabes que se trata de mí. Siempre le atinas.

Sonreí para mis adentros antes de responder.

—Tal vez es porque aprendí a reconocer tus pasos y los de mamá, de cualquier otros—bufó—o porque ya me aprendí el itinerario diario del verdulero antes de las ocho, las campanadas de siempre en el reloj de mamá, y que por esa misma hora vienes a darme el medicamento.

Me detuvo de seguir con la explicación.

—Ya, lo capto.

Un sonido de cristales en la mesa me dijo que había dejado el medicamento sobre el mesón. Luego sentí su mano suavecita sobre la mía.

—¿Cómo te sientes hoy?

Le di un apretoncito.

—Igual de ciega a ayer y antes de ayer—reí sarcástica tomando con un poco de humor mi enfermedad.

Pero a ella no le hizo gracia.

—Marisol, deja de decir eso. Antes agradece estar viva. Estoy preguntando si te sientes más animada.

No hice ninguna mueca o gesto, aunque para mis adentros si me fastidié. ¿Que sabía mi hermana de cómo me sentía, o si siquiera le importaría a profundidad? Por eso solo dije:

—Bien. Lo normal.

—Eso quiere decir que la medicación funciona—oí la alegría en su voz, y en la manera en que aferró más mi mano.

—Si por funcionar te refieres a que no intentaré matarme de nuevo por la tranquilidad tuya y de mamá—un silencio incomodo.

—No me estaba refiriendo a eso, Sol. Quiero verte bien. Animada.

Me señalé el rostro.

—¿A esto le llamas tu bien? No volveré a ver. ¿Cómo querrías que estuviese animada respecto a ello?

Otro silencio más incómodo que el anterior.

Y como prefería quedarme sola y saber que no me observaban con compasión, como antes lo hicieran ellas con personas de la calle o discapacitadas y lo hacían ahora conmigo, busqué a tientas el vaso y la tabletita.

Ella me dio apoyo, alcanzándolas por mí. Mascullé un gracias y luego llevé la pastilla a la boca con el líquido, sin tragarla. Solo escondiéndola entre la lengua y tragando el líquido.

—Ya estuvo—mascullé—te puedes ir, y confirmarle a mamá que la tomé.

Suspiró.

—No nos tomes a mal esto.

—Mamá no comprende nada, Cielo, y tú tampoco. Así que solo vete a estudiar. Yo desayunaré después.

Me recosté entre las almohadas, dispuesta a no salir de aquí en todo el día.

No veía su rostro, pero por la voz con que mentó: De acuerdo, supe que tenía la voz entrecortada a causa del llanto frustrante de no saber cómo más ayudar.

Porque yo no quería que lo hiciera.

Un beso en mi frente.

—Tú has perdido todas las esperanzas, pero yo no. Y voy a encontrar una cura.

La sentí decirme cerca del oído.

Aguanté yo misma mis propias lágrimas. Porque me parecía imposible dar con una cura para mi problema, que no fuera el trasplante completamente carísimo e incierto sin donantes. Y porque, aunque yo quería tener esperanzas como ella, sobre esto… al final mi vida se reduciría a una invidencia eterna.




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