Tarde siguiente…
La muerte no vino por mí, en esos minutos y horas siguientes de la marcha de mi hermana. Solo mi madre después del turno corto del trabajo, para reñirme una vez más por no comer y porque estaba convencida – contrario a Cielo – que no había tomado mis medicinas. Así que tras una discusión que la dejó a ella más agotada que a mí y un larguísimo silencio de parte de ambas extendido hasta este día, tomé la decisión por segunda vez, que podría ayudarme. O más a mi hermana y mi mamá si ya no debían preocuparse en exceso por mí.
Temblando, me encaminé a la cocina llevándome algunas sillas o patas de los muebles por delante. Si conseguía dar esta vez con uno de los cuchillos antes de que alguna de las dos viniera a darme un vistazo, podría desaparecer evitando despedidas. Evitándonos más dolores.
¿Que si algo me hacía dudar de ello? Claro que sí. Ellas mismas y mi perrita Chispas. Porque, aunque nunca llegara a ver sus rostros, sabía que sentirían una gran pérdida cuando me encontraran. Después… reharían su vida de una forma mejor.
Procurando no pisar a la pequeña Pincher que, según el sonido de sus garritas en el suelo, me seguía de cerca, tanteé los muros y estantes, esperando tocar el muro de granito de la cocina, o la fría nevera que recordaba a la derecha de la cocina. Me despedí en el proceso, de cada parte de este hogar que años atrás nos acogió, incluso con el accidente de por medio, el primer día. Con el roce de mis dedos en las paredes y mis pies descalzos inseguros, me despedí de la sala donde me habían sentado al volver del hospital, con la esperanza de que el breve sol que entraba por el balcón me calentara los pies y reconfortara. De ese comedor que nunca inauguré con mi madre y mi hermana, en noches de cena juntas, tras volver nosotras de la universidad y ella de su trabajo. Le dije adiós a todo, sabiendo que era la última vez aquí en mi hogar; y cuando por fin alcancé la cocina, me concentré solo en buscar y buscar.
Yéndome bien, mis dedos sabrían reconocer los cajones de cubiertos, y la hoja afilada de un cuchillo. Y si no era así, siempre estaba el balcón, aunque no me gustaba.
Esa noche previa de insomnio, donde el resto de las personas veían lo que yo y estaban en igualdad de condiciones a mí, había pensado los pormenores. Un plan B e incluso uno C, decidida a que ya no valía la pena continuar con esto. Decidida a pesar de mi miedo, que, si la primera vez había fallado, esta no.
—Esto es un plato—mascullé, sudando ligeramente. Cerré el estante—y esto otro… ¿una olla?
Mis dedos palparon algo hondo y frío con un mango, que nada tenía de cuchillo.
Esquivé el lavaplatos con el grifo goteando, sin dejar de prestar atención a cualquier ruido fuera de mi entorno. Si por algún motivo sentía el sonido similar a pasos o el timbre del ascensor fuera del apartamento, estaba frita. Pero nada de eso pasó cuando abrí otro cajón y estaba con los cubiertos al palpar un tenedor y cuchara, pero no los cuchillos. Salvo quizás una caja sellada con candado.
¿Estaban ahí?
Con concentración toqué sus bordes y no había forma de destaparla. Menos una llave que abriese ese candado.
Mi madre había sido más lista que yo y por lógica de mi intento de suicidio previo, como le había asegurado el día anterior a Cielo, se habían encargado de mantener los cuchillos lejos de mí.
El sonido de que tenía cosas dentro de la caja me confirmó que en efecto debían hallarse allí.
Lo cerré con rabia, exhalando en un medio temblor y apoyándome en el mesón.
Ni modo.
Quedaba solo el balcón como método rápido y posiblemente más doloroso.
La duda de dar ese paso me aceleró el corazón que retumbó en mis oídos.
¿Qué tan fuerte sería la caída? ¿Todo sería instantáneo? ¿O tendría mucho dolor previo?
No me animé a dar los pasos de la cocina al balcón. Menos, si quizás mi madre también prevenida de que esa fuese mi segunda opción lo hubiera asegurado con llave o tranca. Incluso una malla en el borde a prueba de niños y gatos, como vi a una vecina una vez antes de mudarnos, en una casa.
Consideré entonces las mismas pastillas con las que pretendían mejorarme la depresión. ¿Podría morir por una sobredosis de ellas?
Un chasquido de la puerta y el tintineo de unas llaves me impidió decidir cuál era la mejor y rápida opción.
—¿Sol? Cariño.
La voz sorprendida de mi madre, y luego la puerta siendo cerrada.
—¿Qué estás haciendo aquí, levantada, sola?
Primero con cautela, pero después con más seguridad, su mano se posó en mi brazo.
—Tenía que salir algún día de allí, ¿no? —fingí desinterés, y al no tener respuesta de ella, busqué algo mejor que decir—tenía hambre y buscaba algo de comer.
Más silencio y solo el ruido de las llaves en el mesón.
—¿Cielo no te dejó algo de comer esta vez?
Unos pasos hacia el comedor, y algo me hizo intuir que me acababa de atrapar en lo que las dos sabíamos pensaba hacer, porque regresó a mi lado segundos después, y con ella, el olor a algo que parecía un exquisito almuerzo. Pollo o papas fritas.