A TravÉs De Tus Ojos

CAPITULO 3 - CRISTOBAL:

23 de mayo de 2009…

«Próxima estación, Cisneros».

Levanté la cabeza del móvil, donde leía la nota de un periódico que informaba cómo había quedado el partido de mi equipo del alma Atlético Nacional, en la segunda fase de la Copa Sudamericana, perdiendo 4-1 contra el Fluminense de Brasil; cuando el Metro de la ciudad me anunció que esta era mi parada.

La que más cerca me quedaba de mi trabajo de tiempo libre, la Biblioteca Pública Piloto.

Guardé el teléfono en un bolsillo interno de mi chaqueta de cuero y pedí permiso a los demás pasajeros para poder descender, no sin antes ajustarme el cuello de esta y sacar la sombrilla.

Como llevaba pasando por varias semanas, llovía en toda la ciudad de manera torrencial y era mejor resguardarme los trece o quince minutos que debía caminar hasta llegar a mi tercer hogar, que pescar una gripe. ¿Mi segundo hogar, aparte de la casa donde vivía con mis padres en el barrio la Floresta? mi facultad en la Universidad de Antioquia: La Escuela Interamericana de Bibliotecología; de donde esperaba graduarme en algunos meses a más tardar el próximo año, si no se me retrasaba mi proyecto de grado. Salí a la lluvia cubierto en el paraguas, protegiendo los libros que llevaba en el bolso, que eran devoluciones del mes a la biblioteca. Mi servicio con uno de los usuarios al leerle en casa se había terminado desde la semana anterior, y ya tenía que regresar sus lecturas. Yéndome bien con el clima, podría más tarde — tras ayudar a Nidia con la biblioteca — marchar a Bantú a tocar un poco de música.

El tráfico debido a la hora pico, y el agravante de la lluvia se vio colapsado, por lo que andé en las calles con cuidado. No faltaba el imprudente que se creía mil vidas, saltándose semáforos; y sinceramente yo no quería morir ahora, por más agotado que estuviese con los parciales y proyectos finales de semestre. Que mi carrera no era tan difícil como una ingeniería, pero llevaba también su dedicación.

Pasé el puente de la Avenida Colombia, ignorando mi móvil en la chaqueta, que timbraba quizás con una llamada de mi madre, para saber que tal las clases de hoy y el casi cierre de semestre. Ya se lo contaría a mi regreso a casa, cuando el celular no corriera peligro con la lluvia o algún ratero. Ella se entusiasmaba viéndome cumplir mis sueños y también con el proyecto que llevábamos en la biblioteca, pero que esperara un rato más.

Luché con la maleta para sacar el carné de empleado asistente de la BPP, y por fin pude entrar tras ponerlo en el lector.

—Don Néstor—saludé al vigilante de la entrada, cerrando mi sombrilla—buenas tardes, ¿cómo está?

—Hola, Cristóbal. Bastante frío—se frotó las manos y luego checó mi morral para dejarme pasar—¿cómo pinta la lluvia afuera?

—Creo que pinta para toda la noche, señor. Menos mal que pienso quedarme un rato aquí ayudándole a Nidia. Hoy no se fue temprano, ¿verdad?

Avancé a la recepción y le di a Claudia los libros a devolver, de mi última visita.

—¡¿Irse?! —él señor se rió—No, hijo. Si esas goteras del techo nada que le dan tregua. Allá estaba con tus compañeros poniendo baldes y cubriendo estantes de libros.

Compuse una mueca preocupada.

Porque esas no eran buenas noticias. Bien era conocido por todos en la ciudad, que la Biblioteca Pública Piloto estaba teniendo serios problemas con los techos y la humedad. Pero las ayudas no llegaban, porque los fondos – que ya tampoco venían del estado – no aguantaban.

—Iré a ver en qué puedo serle de ayuda.

Guardé el bolso en el locker al que solo los empleados y jóvenes ayudantes teníamos acceso, y me encaminé a donde mis compañeros del proyecto de Palabras Andantes secaban los pisos con traperas y baldes, y ponían a buen resguardo otros libros de más peligro. No me sorprendió en lo absoluto, siendo este nuestro pan de cada día, cada que llovía; ni siquiera lo hizo el inusual silencio de usuarios que reinaba en la mayoría de las salas, siendo ahora las bibliotecas, ese recinto de difusión de información y aprendizaje, más que el santuario silencioso donde antes no podía ni moverse una mosca. Sí lo hicieron el llanto y los gritos de una mujer, en el mostrador donde atendía mi jefa, cerca de préstamos y catalogación. Mismos que parecían también captar el interés de mis amigos.

—Hola, Toto.

Luisa fue la primera en saludarme, bajando de una escalera cerca de un estante donde ponía un balde.

—Hola, Lu—miré donde estaban Pipe y Clara—hola, chicos.

La mujer a varios pasos de nosotros volvió a gritar una súplica a Nidia. Se las señalé.

—¿Qué le pasa?

Mi amigo negó alzando los hombros.

—Ni idea, parce. Llegó buscando su ayuda y ya lleva quince minutos así. Dice que no se va si no aceptamos, pero no sé el qué.

—¿Y qué dice Nidia? —ellos negaron.

—No parece haber deseos de ayudar—Clara expresó la opinión general—ve averíguanos el chisme.

Me reí con ellos y les señalé entonces lo de la lluvia.

—Nosotros ya lo tenemos cubierto—asentí al comentario de Luisa y fui a ver que necesitaba Nidia.




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