A TravÉs De Tus Ojos

CAPITULO 4 - ANGELA / CRISTOBAL

Tiritando, pero con un poco de esperanza, salió de la biblioteca, tras la revisión del vigilante, de que no llevaba nada.

Cristóbal, el joven empleado, había aceptado ayudarla. Ayudar a salvar a su Marisol. Todo empezaría el lunes siguiente a las dos de la tarde y ya verían sobre la marcha, qué sucedía. Ella le había proporcionado todos los datos necesarios, el lugar donde vivía, el número de contacto propio y el de su hija Cielo por si llegaba a necesitarlo; también aquellos libros que ella tenía constancia le encantaban a su hija antaño cuando podía leer, para buscar de ese género en la biblioteca y llevarlos. En el momento en que él se lo preguntó, Ángela se había quedado estática, la mirada perdida, recordando con dolor como la veía disfrutar del dulce placer de la lectura, sentada en el balconcito de su anterior casa, las historias que le narraba, se había leído; cuando sus vidas no se habían vuelto aún una pesadilla.

A la directora de la biblioteca no le había hecho mucha gracia todo eso, pero con ayuda del chico, que parecía de la misma edad de su hija, y bastante amable y alegre… Angela distinguía una pequeña lucecita al final del túnel.

La decisión de solicitar el servicio había salido – como ella les contara antes – de su amiga Nérida. Esa mañana en el trabajo en la planta de alimentos donde trabajaba, Cielo la había llamado para darle el informe de como se había quedado Marisol en la casa, mientras ella iba a la universidad. Los cuchillos: encerrados en un sitio diferente de la cocina, y con candado; la puerta corrediza del balcón: tenía un seguro antiniños, que el hombre de la cerrajería le había asegurado sería innabrible a menos que fuese ella misma quien quitara la seguridad. Así Sol no intentaría saltar. ¿Pero la mala noticia? Aunque su hija mayor había intentado todo para animar a la menor, nada dio resultado. Se tomó la medicación, misma que según después notó y le había contado, escupió en el retrete. No hablaba, no quería comer. Nérida entonces se había enterado, y como último intento, le sugirió contactar en la piloto el servicio de Palabras Andantes, por cómo le habían ayudado a ella con su abuela, dándole esa gran distracción de la lectura en voz alta.

Inicialmente a Angela le había parecido tonto y descabellado. Lo último en lo que ella pensaría sería en ayudar a alguien que desea quitarse la vida. Pero tras analizar los pros y los contras, el mayor de ellos siendo lo mucho que le gustaba antes a su hija la lectura; y la falta que le hacía interactuar con chicos de su edad, se convenció de que probablemente esta fuese la última carta que podría jugar en defensa de la vida de Marisol. ¿Como católica como iba a consentir el suicidio de su hija como salvación para tanta depresión y dolor? Y como madre… ¿cómo verla partir? Nueve meses la había llevado en el vientre esperándola con ansias. Conocía como la palma de su mano, cada parte de ella, desde que diera sus primeros pasos, la fecha exacta en que entró a preescolar, su sabor de helado favorito, y hasta esas manías que la acompañaban. Era su niña, su luz, su motor en compañía de Cielo tras la pérdida del amor de su vida; no quería ni podía perderla a ella también. Aquel día en que casi se le muere al perder la vista, Angela había creído que partiría junto con su pequeña. Fue un golpe mortal. Verla con los ojos vendados y llena de moretones y sangre le partió el corazón, y aunque difícil, salieron un poco a flote, siguiendo adelante como Dios les ayudó. Pero ya la segunda vez cuando Cielo la había encontrado con sus manos ensangrentadas e inconsciente, más el llanto desgarrador después, de que no quería vivir más, que ya nada la motivaba y alegraba… Ese fue el golpe de gracia y se juró a sí misma y al alma de su querido Gio, que antes muerta ella misma, que dejar que Marisol se hundiera.

Procuró de todo: informarse en red, tener números de emergencia a la mano, intentar entenderla y darle cosas que la animaran, así como los medicamentos recomendados por la psiquiatra que religiosamente debía tomar. Creyó que eso bastaría, pero tras lo que encontró el día anterior, vio que no.

Suspirando, se encaminó al metro para ir a la casa.

Si este plan serviría, Dios se los mostraría conforme el proceso, pero ella tendría que confiar. Cielo y ella tenían que creer que valdría. Porque si Sol ya no pensaba luchar más, de alguna manera, ellas la arrastrarían a ello.

Cristobal...

La madre de mi nueva usuaria se fue, y a pesar de que la normalidad retornó a la biblioteca, dejó de llover, limpiamos antes de cerrar, y me puse al corriente de asuntos del proyecto con los otros diecinueve «portadores» como nos hacíamos llamar; Nidia no quitó sus ojos de mí, estudiándome con intriga. Fue a las siete treinta antes de cerrar, que no aguantó más y me interrogó.

Un golpe seco con libros en una mesa.

—¿Por qué? —inquirió.

Metí mi sombrilla ya seca en el bolso.

—¿Porque, ¿qué?

Mi jefa suspiró.

—¿Por qué aceptaste ayudarlas? Te va a pesar, Cristóbal. El metro resuelve las distancias, pero te vas hasta allá por una ilusión. Por una… chica, que Dios no lo quiera, hoy o mañana cumpla su cometido. Le das esperanzas a su madre que…

—¿Y por qué no? —la interrumpí incómodo—¿porque no darle esas esperanzas?

—Cristo, hijo…—levanté la mano para callarla, al sentir un nudo en la garganta por los recuerdos.

Mi abuelo Ignacio de parte de mamá, había sufrido depresión, y de eso había muerto, por un suicidio. Ni mi abuela Dolly, mi madre o yo lo habíamos presentido. Lo creímos triste solo por el pasado y una infancia traumática a causa de los grupos armados en sus pueblos natales Segovia y Remedios, que lo hicieron marchar como un desplazado más. Pero luego de que mi Yaya lo encontrara colgado en uno de los graneros en su casita en Ebéjico, Antioquia, con una nota que mostraba la tristeza que lo acongojaba por dar la finca en un juego de cartas; entendimos lo grave de la situación y que, aunque las señales estuvieron ahí, no las supimos leer.




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