A través del semestre

A las 10hs

9.59 hs.

El reloj en la puerta de la biblioteca sirve para algo después de todo. Biblioteca un punto. 

Me pasé la noche intentando ocupar la mente en otra cosa que no fuera la idea de que un extraño,  o mejor dicho, ese reemplazo, tiene mi celular en sus manos. Problema: mi celular no tiene bloqueo. Nunca pierdo nada, de modo que tener esa seguridad no me parecía una necesidad, y con Max siempre ha habido la máxima confianza, así que jamás pensé en poner una clave por ese motivo tampoco. «Ahora si pondré una».

—Señorita... — me sobresalto al oír su voz a mi espalda, volteo y ahí esta, lleva las manos en los bolsillos de su Jean azul. Su camisa abierta muestra una remera con una imagen de su universidad, la reconozco por la infinidad de veces que vi la foto del edificio en la web y folletos que Max siempre veía. Entiendo que me esta preguntando mi nombre, pero sé que lo mejor será ignorarlo lo máximo posible.

-No importa - le respondo y extiendo la mano esperando que me devuelva el celular.

Él mira mi mano, y mete la suya en el bolsillo trasero de su jean, «¿ahí tenía que guardarlo?» —me pregunto.

-Si no me lo dices tú, igual lo averiguaré. ¿Cuál es la diferencia? —me cuestiona con una lógica bastante coherente.

«Si no sabe mi nombre es porque no revisó mi celular» — me habla el angelito sobre mi hombro derecho.  «O sólo finge»— puntualiza el diablito de mi hombro izquierdo. Me deshago de esos pensamientos y vuelvo al presente. Al presente en el que él me mira esperando una respuesta.

—Ailin —me resigno, con un suspiro.

—Ailin —repite, como saboreando la palabra —Tu novio te escribió y llamó, y luego se detuvo, Ailin. Supongo le habrás avisado.

«Habrá sido Benja, porque yo olvidé por completo a Max ayer» — y me reprendo mentalmente por eso.

Reviso mi celular y efectivamente, tenía varios mensajes, de Max, de Frida y Ciro. No los había abierto.

—Gracias —intento sonreírle, pero seguro que no me sale bien, porque él me mira curioso.

—¿Qué es eso? ¿Un intento de sonrisa?— se sonríe.

«Mierda»—ya siento como mi cara se vuelve roja por la vergüenza. Asiento.

—Pues... mal. Si quieres agradecerme podrías tomar un café conmigo.

—Tengo que irme —me apresuro a decir mientras siento las manos sudorosas. Y sin esperar su respuesta me voy, lo dejo plantado.

***

—Chsssst.

Alguien me llama. Miro bien a todos lados, pero no veo a nadie, hasta que veo a mi mejor amiga escondida detrás de unas rosas hermosas. La facultad será lo que será, pero se ve hermosa con sus jardines, y tanto los decentes, empleados como los estudiantes nos preocupamos por mantenerla.

—¿Por qué no respondiste anoche? ¿Y qué hacías hablando con él? — susurra, mientras nos encaminamos a nuestras clases en el tercer piso.

Hay ascensor, pero teniendo en cuenta que estamos en Medicina, no sería muy correcto decirles a los pacientes que subieran escaleras como ejercicio y nosotros no hacerlo. Admito que usar el ascensor es uno de mis placeres culposos.

«Otro placer culposo es ver esos ojos, disfrutar de ese acento... Mierda Ailin, ¿qué onda?»— me pierdo en mi propio divague. Saco mi nuevo diario cuando llegamos a primer rellano.

—Piensas responderme o tengo que ir a un curso para leer mentes. Disfrutaría mucho de ver que estás pensando... o tal vez no. Mejor... no —Mira mi cuaderno y lo señala interrogativa.

—Ah sí, lo compré ayer. Pienso escribir mi vida aquí, quizás pueda sacar algo de ahí para escribir. — «y se me acaba de ocurrir algo».

—Eso no responde mis preguntas— se detiene y se cruza de brazos para enfatizar su queja. 

—Lo siento Fri. Ayer dejé mi celular en la biblioteca, ese chico lo encontró y ahora me lo estaba devolviendo. Sólo eso —me encojo de hombros.

—Mi lado romántico no está complacido —hace puchero — ¿Cómo se llama? —pregunta mientras hace ruidos de cachorro triste.

Suspiro.

—Que no quieras a Max no te da el derecho de shippearme con cualquier chico con el que hablo — me alivia ver que lo entiende porque resopla y me abraza.

—Tienes razón, Ali. Perdón.

***

Frida y yo nos despedimos en la puerta de su salón y entro en el contiguo donde tengo clase ahora. Sin mirar a nadie me siento al fondo, junto a la ventana, como hago siempre que llego a tiempo. Hoy llegué. El salón se llena rápidamente, y el profesor aparece en la puerta, y detrás entra él.

«El català», como decido llamarlo, se sienta en la mitad del salón, a dos filas de mí, pero no se da cuenta que estoy acá. La clase transcurre normalmente, es fascinante, como de costumbre. Este profesor sabe mucho, y a diferencia de otros, él sí sabe trasmitir su conocimiento, es amable y atento, quizás por eso se ha ganado tantas buenas referencias en la web "MisProfes". 

Hoy el profesor Gutiérrez habla sobre el funcionamiento del corazón. En un momento se pregunta cuántos corazones tenemos, la mayoria de los estudiantes se ríen, otros quedamos expectantes. Una compañera da la respuesta obvia y científica, y entonces esperamos la respuesta del profesor, pero entonces el català levanta la mano.

—Sé que estamos en Medicina, y sí, biológicamente tenemos un corazón — mira a la compañera que acaba de hablar y vuelve a ver al profesor— Pero tenemos otro. Que seamos médicos no nos debe quitar lo humano. No olvidemos que las personas son más que un corazón que funciona o no, o un diagnóstico, o una etiqueta deshumanizante. El profesor continua la clase, agradeciendo el aporte del català. 

Cuando salgo del salón alguien me empuja pero, cuando volteo a ver, no veo a nadie. No le doy mayor relevancia al suceso y me encamino a la cantina. Parece que la suerte me esta sonriendo cuando, al entrar en la cantina, veo un cartel en el que piden una empleada para vender y otras tareas. A paso firme llego al mostrador.




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