Edwyn se quedó observándola con extrañeza.
Por un instante pensó que tal vez Esther extrañaba su hogar y que esa tristeza se filtraba incluso en sus sueños. Debe ser una pesadilla muy fea, se dijo.
Dudó.
Se preguntó si debía despertarla o no.
Luego recordó lo mucho que él mismo sufría con sus pesadillas… y cómo siempre había deseado que alguien lo despertara cuando eso ocurría.
Con timidez, acercó las manos a la espalda de Esther, que dormía de medio lado, dándole la espalda. La sacudió suavemente.
—Esther… —susurró.
Nada.
Volvió a intentarlo, un poco más fuerte. Pero ella seguía moviéndose inquieta, murmurando aquella frase.
Entonces Edwyn notó algo que le heló el pecho.
De los ojos de Esther brotaban lágrimas.
—¿Q-qué…? —murmuró, asustado.
Intentó despertarla de nuevo, con más insistencia, pero seguía sin reaccionar. Su rostro pasó del nerviosismo al pánico.
Dio unos pasos hacia atrás, sin dejar de mirarla, tratando de entender qué estaba pasando.
No puede ser… ¿por qué no despierta? ¿Qué está pasando?
¿Será que el sueño es demasiado profundo?
Miró a su alrededor con desesperación, buscando alguna solución. Entonces se le ocurrió algo.
Agua.
Salió sigilosamente de la habitación, tomó un vaso y regresó con cuidado. Se detuvo frente a ella, apretó los ojos y pensó:
Lo siento, Esther… ¿y si no despiertas nunca? Tal vez solo es pánico… pero es raro… lo siento.
Dejó caer apenas una gota de agua sobre su rostro.
Esther abrió los ojos de golpe.
Edwyn se sobresaltó y apartó el vaso de inmediato.
—¡Esther! ¿Estás bien? —preguntó con urgencia—. No despertabas ni aunque te moviera… estabas teniendo una pesadilla muy fea.
Esther permaneció quieta unos segundos, procesando lo que acababa de oír. Luego se incorporó hasta quedar sentada en la cama, mirando la cobija con una expresión preocupada.
Edwyn, aún confundido, se sentó en el borde de la cama junto a ella.
—¿Recuerdas lo que soñaste? —preguntó con cautela.
Esther levantó la mirada y lo miró a los ojos.
—No lo sé, Edwyn… fue muy extraño —respondió en voz baja—. No recuerdo nada. Todo estaba negro. No había luz, no había formas… nunca había tenido una pesadilla así.
Se abrazó ligeramente a sí misma.
—No había nada… estaba vacío. Pero aun así sentía algo. Una sensación caótica… como si algo estuviera mal. Era nostálgico… como si algo hubiera estado ahí… pero ya no.
Tragó saliva.
—Me sentía… triste. No había imágenes. Solo eso.
Sin darse cuenta, las lágrimas seguían deslizándose por sus mejillas.
Edwyn lo notó y frunció el ceño con preocupación.
—Esther… —dijo con suavidad—. ¿De verdad nunca te había pasado algo así? ¿No será algo… de la gente del futuro? Mira, sigues llorando incluso despierta.
Esther abrió los ojos, sorprendida, y se secó las mejillas rápidamente.
—¿Qué? —murmuró—. ¿Por qué sigo llorando? No hay nada por lo cual llorar… es como si saliera sin que yo quisiera.
Edwyn la observó, impresionado. Entonces recordó algo.
—Mientras dormías… susurrabas lo mismo todo el tiempo —dijo despacio—. Decías: “estás aquí”. Una y otra vez. ¿Qué significa eso?
Esther se quedó en silencio. Luego adoptó una expresión pensativa, apoyando la mano en su barbilla y mirando hacia otro lado.
—¿Sabes? —dijo finalmente—. Debe ser eso que te dije… el sentimiento de algo que estuvo, pero ya no estaba.
Hizo una breve pausa.
—Pero… volvió. Creo que debe ser eso.
El silencio entre ambos se volvió pesado, cargado de algo que ninguno sabía nombrar todavía.
—Aunque realmente no sé qué es —murmuró Esther.
Casi de inmediato salió de su trance pensativo, como si no quisiera quedarse ahí demasiado tiempo.
—En fin —dijo, forzando una sonrisa—, al final de cuentas los sueños son solo pensamientos sin sentido proyectados mientras dormimos. No podemos buscarle significado a algo que no lo tiene.
Soltó una risita incómoda y, con el codo, tocó suavemente el pecho de Edwyn, intentando disipar la atmósfera pesada que había quedado.
Edwyn la miró un segundo y luego imitó su risa, también incómodo.
—Jeje… sí. No tienen sentido. Tienes razón —dijo—. Ya va siendo hora de que duerma… y de que tú intentes volver a dormirte. Mañana pensaremos mejor en cómo protegerte.
Esther asintió y volvió a recostarse.
Edwyn se levantó con cuidado, pero justo cuando dio un paso atrás, un pedazo de tela de su camisa quedó atrapado en un clavo sobresaliente de la cama. Sintió un tirón brusco que lo devolvió hacia atrás.
—¡Ah…!
Cayó de golpe, quedando boca abajo sobre Esther, sosteniéndose con los brazos a cada lado de su cuerpo, apoyados en la cama.
El mundo pareció detenerse.
Ambos quedaron mirándose fijamente, demasiado cerca, en una posición completamente vergonzosa. Sus rostros se encendieron al instante.
Edwyn frunció el ceño con timidez. Esther giró la cara hacia un lado, incapaz de sostener la mirada.
Sus corazones latían con fuerza.
Para Edwyn, aquello era completamente nuevo. Nunca había sentido algo así. En su vida solo conocía el cansancio, el estrés, las responsabilidades interminables de la granja.
Lo más parecido había sido la ligereza de la infancia, cuando era un niño más feliz, jugando sin preocupaciones.
Pero esto era distinto.
¿Por qué su corazón latía así?
¿Por qué su rostro ardía?
¿Era vergüenza… o algo más?
Podía sentir la respiración de Esther, tan cerca.
De pronto, ambos reaccionaron al mismo tiempo.
Edwyn se levantó de golpe, rompiendo la tela de su prenda atada al clavo que había atrapado su camisa. El movimiento fue tan brusco que perdió el equilibrio y terminó cayendo al suelo.
—¡Auch…!
Esther, sorprendida y todavía sonrojada, se incorporó rápidamente.
—¿Estás bien? —preguntó, preocupada.