A Través del Tiempo

Capítulo 37 – La visita inesperada

Ante la pregunta tan invasiva del señor Víctor, Edwyn dudó unos segundos antes de responder. Ese silencio, breve pero cargado, no pasó desapercibido. Víctor lo notó al instante y, como si nada, dejó caer su mirada severa para adoptar una sonrisa forzada, casi ensayada.

—Perdóneme usted —dijo con una risa suave—. He sido muy descortés al preguntarles cosas tan personales. Solo me ganó la curiosidad… ya sabe, no es común que doña Tamara pague tanto heno por adelantado para una pareja tan… desconocida.

Esther sintió un leve escalofrío recorrerle la espalda. Algo en el tono del hombre no le agradaba. Adam, por su parte, bajó el rostro con el ceño ligeramente fruncido, como si la conversación lo incomodara.

Edwyn eligió sus palabras con extremo cuidado. Había algo en ese hombre que no le inspiraba confianza.

—Don Víctor —respondió con calma—, a veces la curiosidad genera chismes en el pueblo. No digo que usted los vaya a provocar, pero en esta granja somos personas muy privadas… por nuestra seguridad y por nuestra integridad. Estoy seguro de que puede entenderlo; se nota a simple vista que pertenece a una familia respetable.

Víctor soltó una carcajada un poco más alta de lo necesario. Su sonrisa, lejos de tranquilizar, resultó inquietante.

—Claro, muchacho, totalmente comprensible. Perdón por la intromisión —dijo—. Por tu forma de hablar se nota que también vienes de una familia con principios.

Luego alzó la voz:

—¡Adam! Dale el heno a esta… ya sabes… integra familia.

Adam bajó del carruaje con una expresión algo confundida, cargando el primer fardo.

En voz baja, Esther se inclinó hacia Edwyn y le susurró:

—Por cierto… Adam tiene problemas de vista, para que lo sepas.

Antes de que Edwyn pudiera responder, Esther ya se había alejado de su lado y corría hacia Adam para ayudarlo.

Edwyn la observó desde la distancia, desconcertado.

¿Esther no piensa contarme nada?
¿Cuándo conoció a este tipo?
Suspiró. Tamara nunca deja de sorprenderme.

Salió de sus pensamientos al verla luchando con el heno. Entonces reaccionó y corrió también para ayudar.

—Este es mi trabajo —dijo Adam con timidez—. Yo me encargo… me da vergüenza que ustedes ayuden.

Esther, sin pensarlo dos veces, le dio unas palmadas fuertes en la espalda mientras soltaba una carcajada.

—¡Oye, Adam! No te preocupes —dijo animada—. Nosotros ni siquiera pagamos esto, doña Tamara lo hizo sin consultarnos, así que al menos hay que hacer algo para sentir que lo merecemos.

Adam se sorprendió y soltó una risita nerviosa.

—¿En serio? Bueno… está bien, pero… ¿sí saben hacerlo? Es pesado.

Edwyn carraspeó y tomó la palabra.

—No te preocupes. —Observó los brazos de Adam y asintió—. Se nota que eres fuerte. Solo necesitas un poco de ayuda para avanzar más rápido. Yo también tengo experiencia jalando heno.

Adam sonrió con alivio.

—Entonces no hay problema… solo que… —dudó— la señorita Esther podría lastimarse. Es una dama, y las damas no suelen hacer este tipo de trabajos.

Esther, que estaba a su lado, abrió los ojos con sorpresa y se llevó la mano a la boca.

—¿Adam? ¿Qué dices? —rió, incrédula.

Antes de que pudiera decir algo más, Edwyn intervino con una risita algo pedante.

—¿Dama? No, no… esta chica es multitarea. Hace de todo. Eso sí —añadió con una sonrisa—, hay que dejarle lo más fácil, porque se cansa.

La sonrisa de Esther desapareció de inmediato.

—¿Oye, Edwyn? ¿Por qué dices eso?

—¿No crees que sea verdad? —respondió él, fingiendo inocencia—. Tú misma te ofreciste a ayudar.

Esther abrió la boca, intentando responder, pero no encontró palabras. Cerró los labios con indignación, cruzó los brazos y se giró hacia Adam.

—Bueno… sí —dijo con falsa calma—. Él tiene razón. Ayudaré en algo fácil, al menos.

Adam soltó una risita.

—Ustedes son divertidos… ¿están seguros de que no son pareja?

Tanto Esther como Edwyn, aún con los brazos cruzados, pasaron de la molestia a la vergüenza absoluta.

—¿Qué? —dijo Esther de inmediato—. ¿Deduces eso de una conversación normal?

—¿Solo porque dije lo obvio? —añadió Edwyn al mismo tiempo.

Ambos se miraron, se dieron cuenta de que habían hablado a la vez… y el silencio incómodo que siguió lo dijo todo.

Adam volvió a soltar una risita suave y, con total naturalidad, comentó:

—Bueno… si no lo son, les sugiero que lo sean. Los acabo de conocer y se nota que tienen una relación bastante estrecha para hablarse de una forma tan cercana.

Esther se sonrojó al instante. Su sonrisa fue nerviosa, casi automática.

—¡Ey, Adam! —dijo rápidamente—. ¿No se suponía que te íbamos a ayudar? Empecemos de una vez.

Se aclaró la garganta y señaló una esquina del carruaje.

—Yo puedo mover el heno que esté menos concentrado… como ese de ahí. No se ve que pese tanto.

Sin esperar respuesta, salió corriendo, casi como si estuviera escapando del momento incómodo.

Edwyn la siguió con la mirada mientras se alejaba y suspiró.

—En fin… Adam, empecemos.

—Claro —respondió él—. Esperemos que no se le complique a la señorita.

Edwyn no pudo evitar soltar una risita silenciosa al escuchar que Adam llamaba señorita a Esther.

Durante la siguiente media hora trabajaron sin parar. El sonido del heno arrastrándose, los pasos sobre la tierra y algunas frases sueltas llenaron el ambiente. A pesar del cansancio, el trabajo fluyó mejor de lo esperado y, finalmente, todo el heno quedó acomodado en la granja.

Se reunieron junto al carruaje para despedirse.

—Gracias por venir personalmente en nombre de Tamara —le dijo Esther a Adam con una sonrisa sincera—. Creo que todo fue más llevadero porque fuiste tú.

Luego se inclinó hacia él y, bajando la voz, le susurró al oído:

—El señor Víctor… me da mala espina.




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