El destino nunca preguntaba si era el momento adecuado.
Simplemente ocurría.
Sofía llevaba meses intentando reconstruir su vida. Después de una dolorosa traición, había decidido mudarse a una pequeña ciudad rodeada de montañas, donde el ruido del pasado no pudiera alcanzarla. Alquiló una antigua casa de madera y comenzó a trabajar en una librería que olía a café y páginas viejas.
Cada día parecía igual...
Hasta aquella tarde de lluvia.
Mientras acomodaba unos libros, la campanilla de la puerta sonó.
Levantó la vista.
Un hombre alto, vestido completamente de negro, entró empapado por la lluvia. Sus ojos grises recorrieron el lugar antes de detenerse en ella.
Por un instante...
El tiempo pareció detenerse.
—¿Buscas algún libro? —preguntó Sofía, intentando ignorar el extraño cosquilleo que sintió en el pecho.
Él sonrió apenas.
—Creo que sí... aunque no estoy seguro de que sea un libro lo que vine a encontrar.
Sofía sintió cómo sus mejillas se calentaban.
—¿Siempre hablas así con las desconocidas?
—Solo con las que hacen que mi corazón olvide cómo latir.
Ella soltó una pequeña risa.
—Eso ha sonado muy ensayado.
—Lo curioso es que jamás había dicho algo parecido.
El silencio volvió a envolverlos.
Había algo familiar en aquel hombre.
Como si sus almas se hubieran conocido mucho antes de que sus ojos se encontraran.
—Soy Adrián —dijo extendiendo la mano.
—Sofía.
Cuando sus dedos se tocaron...
Un escalofrío recorrió el cuerpo de ambos.
Los dos retiraron la mano al mismo tiempo.
—¿Lo sentiste? —preguntó Adrián.
Sofía tragó saliva.
—Sí...
Pero ninguno de los dos imaginaba que ese simple roce era el inicio de una historia escrita mucho antes de que nacieran.
Una historia donde el amor tendría que enfrentarse a secretos, promesas olvidadas... y a un destino que haría todo lo posible por separarlos.