Durante las semanas siguientes, Adrián comenzó a visitar la librería todos los días.
Al principio compraba un libro.
Después, solo iba por una taza de café y una conversación con Sofía.
Sin darse cuenta, ella empezó a esperar el sonido de la campanilla que anunciaba su llegada.
—Llegas cinco minutos tarde —dijo una tarde, cruzándose de brazos.
Adrián sonrió.
—¿Me estabas esperando?
Ella desvió la mirada.
—Solo... me parecía raro que no vinieras.
Él sintió que el corazón le latía con fuerza.
—Entonces ya tengo un motivo para no faltar nunca.
Aquella tarde decidieron caminar por un sendero cubierto de flores silvestres.
Hablaron de sus sueños, de los libros que habían cambiado sus vidas y de los miedos que nunca habían contado a nadie.
Con Adrián, Sofía sentía una paz que jamás había conocido.
Con Sofía, Adrián volvía a sonreír como hacía años no lo hacía.
Cuando el sol comenzó a ocultarse, llegaron a un viejo lago donde el agua reflejaba el cielo anaranjado.
El viento movía suavemente el cabello de Sofía.
Adrián la observó en silencio.
—¿Qué pasa? —preguntó ella.
—Siento que este momento ya lo viví.
Ella sonrió.
—A mí también me pasa.
Entonces, sin pensarlo, sus manos se encontraron.
Esta vez no hubo miedo.
Solo una cálida sensación que recorría sus corazones.
Adrián dio un paso más cerca.
Sofía levantó lentamente la mirada.
Sus rostros quedaron separados por apenas un suspiro.
Y cuando estaban a punto de besarse...
Una voz los interrumpió.
—¡Aléjate de ella!
Los dos se giraron sorprendidos.
Un anciano los observaba con el rostro lleno de preocupación.
—No saben lo que están despertando...
El silencio cayó sobre el lago.
Y, por primera vez, ambos sintieron que su historia escondía un misterio mucho más grande de lo que imaginaban.