La lágrima de Valeria cayó sobre el suelo de mármol.
En cuanto tocó la piedra, una onda de luz recorrió todo el santuario.
La sombra lanzó un grito desgarrador.
—¡¿Qué has hecho?!
Valeria, temblando, dio un paso atrás.
Por primera vez en siglos, el odio que había alimentado su corazón comenzó a desaparecer.
—Me mentiste... —susurró—. Nunca quisiste salvarlos. Solo querías que el dolor nunca terminara.
La criatura rugió con furia.
—¡Tu sufrimiento me dio fuerza durante generaciones!
Las paredes del santuario comenzaron a resquebrajarse y enormes fragmentos de piedra cayeron a su alrededor.
Adrián tomó la mano de Sofía.
El medallón brilló con tanta intensidad que ambos quedaron envueltos en una luz plateada.
Entonces, una nueva visión apareció ante ellos.
Vieron su primera vida una vez más.
Pero esta vez, la historia estaba completa.
La Orden de las Sombras había rodeado el santuario.
Adrián luchaba para proteger a Sofía.
Valeria había intentado abrir un camino para que escaparan.
Sin embargo, fue la sombra quien tomó el control de uno de los caballeros de la Orden y lo obligó a traicionarlos.
Ninguno de los tres había sido culpable.
Todo había sido un engaño.
Las lágrimas corrieron por el rostro de Valeria.
—Perdónenme...
Sofía se acercó lentamente.
Sin dudarlo, la abrazó.
Valeria rompió a llorar.
—Viví siglos creyendo que los había condenado.
—No —respondió Sofía con dulzura—. Todos fuimos víctimas de la misma oscuridad.
En ese instante, el abrazo hizo que el medallón se elevara por sí solo.
Una luz inmensa descendió desde el cielo e iluminó el santuario.
La sombra comenzó a desintegrarse.
—¡No! ¡Mientras exista odio, siempre regresaré!
Adrián dio un paso al frente.
—Entonces no dejaremos espacio para el odio.
Solo para el amor... y el perdón.
La criatura lanzó un último rugido antes de convertirse en miles de pequeñas partículas negras que el viento arrastró hacia el cielo hasta desaparecer por completo.
El silencio volvió al santuario.
Las flores comenzaron a brotar entre las grietas del suelo.
La campana sonó una última vez.
Pero esta vez...
No anunciaba una batalla.
Anunciaba el fin de una maldición que había durado siglos.
Adrián miró a Sofía con una sonrisa llena de esperanza.
—Parece que, por fin...
Nuestro destino nos pertenece.
Sofía entrelazó sus dedos con los de él.
—Y esta vez, nadie volverá a separarnos.
A lo lejos, el anciano sonrió en silencio.
Sabía que la historia aún no había terminado.
Porque incluso después del final de una maldición...
Siempre hay un nuevo comienzo.