Habían pasado seis meses desde que la maldición fue destruida.
La ciudad había recuperado su tranquilidad.
La antigua librería volvía a llenarse de risas, del aroma del café recién hecho y del sonido de las páginas al pasar.
Sofía sonreía mientras acomodaba los libros en un estante.
Entonces escuchó la campanilla de la puerta.
Al levantar la vista, encontró a Adrián con un ramo de flores silvestres en las manos.
—¿Vienes a comprar un libro? —preguntó ella con una sonrisa traviesa.
Él negó con la cabeza.
—Hoy vine por algo mucho más importante.
Se acercó lentamente hasta quedar frente a ella.
Sacó de su bolsillo una pequeña caja de terciopelo azul.
Sofía abrió los ojos con sorpresa.
Adrián respiró hondo.
—Durante siglos intenté encontrarte.
En cada vida sentía que faltaba una parte de mí.
Ahora sé que siempre fuiste tú.
Se arrodilló.
—Sofía...
¿Aceptarías caminar conmigo el resto de esta vida... y de todas las que puedan existir?
Las lágrimas llenaron los ojos de Sofía.
Sin dejar de sonreír, respondió:
—Sí.
Siempre sí.
Adrián colocó el anillo en su dedo.
En ese mismo instante, el viejo medallón comenzó a brillar por última vez.
Se abrió lentamente y, en su interior, apareció una inscripción que nunca antes habían visto.
"El destino une a las almas. Pero es el amor quien decide que permanezcan juntas."
El medallón se convirtió en miles de pequeñas luces que ascendieron hacia el cielo hasta desaparecer.
Su misión había terminado.
El anciano, observando desde la puerta de la librería, sonrió satisfecho.
Antes de marcharse, susurró:
—Ahora escriban ustedes el resto de la historia.
Meses después, las campanas de la pequeña iglesia del pueblo anunciaron una boda.
Familiares y amigos llenaban el lugar de alegría.
Cuando Sofía caminó hacia el altar, Adrián sintió el mismo latido que había reconocido el primer día que la vio.
Y comprendió que el verdadero milagro no había sido romper una maldición.
Había sido encontrarse de nuevo... y elegir amarse con libertad.
Mientras salían de la iglesia, una lluvia de pétalos blancos cayó sobre ellos.
Sofía tomó la mano de Adrián y sonrió.
—¿Sabes qué es lo más hermoso de nuestra historia?
—¿Qué?
—Que ya no estamos unidos por una profecía...
Sino por la decisión de amarnos cada día.
Adrián besó su frente.
—Y mientras mi corazón siga latiendo...
Siempre estaré...