A Una Boya De Distancia

PRÓLOGO

La última regata

"El mar nunca devuelve a la misma persona que entra en él."

El Golfo Nuevo estaba en calma.

Demasiado en calma.

Tomás siempre había desconfiado de esos días en los que el agua parecía un espejo. Su padre solía decir que el mar tenía dos formas de engañar a los hombres: con la furia... o con el silencio.

Aquella mañana había elegido el silencio.

—Te estás poniendo viejo, hermano —se burló Joaquín mientras apoyaba el bote sobre la arena húmeda.

Tomás soltó una carcajada.

—Tengo veinticuatro.

—Exacto. Sos un anciano.

Joaquín le dio un empujón con el hombro y corrió hacia la orilla antes de que pudiera devolvérselo. El viento le revolvía el cabello rubio y la sonrisa parecía no entrarle en la cara.

Tenía diecinueve años.

Demasiados sueños.

Y esa costumbre insoportable de creer que nada malo podía pasarle.

—¡Dale! —gritó desde el agua—. Si seguimos perdiendo tiempo, Mateo nos va a matar.

—Mateo nos mata igual aunque lleguemos temprano.

—También es cierto.

Empujaron la embarcación hasta que el agua les cubrió las rodillas. El frío del Golfo atravesó el neopreno como una advertencia.

Tomás miró el horizonte.

No había una sola nube.

Las gaviotas giraban en círculos sobre el muelle.

Todo parecía perfecto.

Y, sin embargo...

Sintió un nudo en el estómago.

—¿Qué pasa? —preguntó Joaquín.

—Nada.

—Mentira.

—Solo tengo un mal presentimiento.

Joaquín rodó los ojos.

—Si cada vez que tenés un presentimiento suspendiéramos un entrenamiento, nunca competiríamos.

—No me gusta el viento.

—¿Qué viento?

Tomás no respondió.

Porque todavía no estaba ahí.

Pero podía sentirlo.

Como si el mar respirara antes de despertar.

Subieron al bote.

Los remos cortaron el agua con un sonido limpio.

Uno.

Dos.

Uno.

Dos.

El casco comenzó a deslizarse sobre la superficie con esa elegancia que solo tienen las embarcaciones cuando encuentran el ritmo perfecto.

Durante varios minutos no hablaron.

No hacía falta.

Habían remado juntos desde niños.

Se entendían sin palabras.

Giraron la primera boya.

Después la segunda.

Todo marchaba exactamente como debía.

Hasta que el cielo cambió.

Fue apenas un detalle.

Una sombra.

Un gris que empezó a extenderse desde el sur.

Tomás levantó la vista.

El viento llegó de golpe.

Frío.

Violento.

Como una puerta que se abre de un portazo.

Las pequeñas ondulaciones del agua comenzaron a crecer.

—Tenemos que volver —dijo.

Joaquín miró hacia atrás.

La costa parecía mucho más lejos de lo que recordaba.

—Todavía podemos hacer una pasada más.

—No.

Esta vez no discutieron.

Los dos sabían reconocer cuándo el mar dejaba de jugar.

Clavaron los remos con fuerza.

Pero el Golfo ya había tomado una decisión.

Una ola golpeó el costado del bote.

Después otra.

El viento silbaba entre los remos.

La embarcación empezó a perder estabilidad.

—¡Más fuerte! —gritó Tomás.

Joaquín respondió con una sonrisa nerviosa.

—¡Estoy remando!

Otra ola.

Mucho más grande.

El bote se levantó de un lado.

Todo ocurrió en un segundo.

Un crujido.

El equilibrio roto.

El agua helada.

Y el mundo dado vuelta.

Tomás cayó de espaldas al mar.

El impacto le robó el aire.

Cuando salió a la superficie, buscó desesperadamente el bote.




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