A Una Boya De Distancia

CAPÍTULO 1: VOLVER AL AGUA

Bitácora de navegación:

Hay destinos que parecen elegirse con libertad. Hasta que descubrimos que el viento llevaba tiempo empujándonos hacia ellos.

El viento de Puerto Madryn intentó arrancarme la puerta del auto apenas la abrí.

La sujeté con ambas manos y descendí con la poca dignidad que puede conservar una persona después de pasar casi quince horas sentada, alimentándose con café de estación de servicio y galletitas que sabían a cartón. Tenía la espalda entumecida, el pelo pegado a la cara y la certeza de que el clima patagónico había decidido recibirme como a una invasora.

Mi madre bajó la ventanilla.

—¿Estás segura de que no querés que te acompañe hasta el club?

—Mamá, tengo veintidós años.

—Eso no responde mi pregunta.

—Estoy segura.

Ella me observó en silencio desde el asiento del conductor. Tenía esa expresión que utilizaba cada vez que quería decir demasiadas cosas y sabía que ninguna iba a gustarme.

Yo tampoco quería escuchar ninguna.

Por eso abrí el baúl.

El viento volvió a golpearme, esta vez con una ráfaga cargada de sal. Respiré hondo. El aire tenía un olor distinto al de Buenos Aires. Más limpio. Más áspero. Como si entrara a los pulmones dispuesto a barrerlo todo.

Saqué la valija, la mochila deportiva y la funda de los remos.

—Podría quedarme hasta mañana —insistió mamá—. Conseguimos un hotel y te ayudo a instalarte.

—Ya hiciste demasiado.

—Manejar la mitad del viaje no es demasiado.

—Me conseguiste el contacto de Mateo, hablaste con la residencia, reorganizaste tus clases y cruzaste medio país conmigo. Es demasiado.

—Soy tu madre.

—Y yo no me estoy muriendo.

Apenas lo dije, me arrepentí.

La sonrisa desapareció de su rostro.

Durante un instante, el silbido del viento fue lo único que se escuchó entre las dos.

—No quise decirlo así —murmuré.

—Ya sé.

Pero no lo sabía. O sí lo sabía y dolía de todos modos.

Mamá apagó el motor y salió del auto. Caminó hasta mí apretándose el abrigo contra el cuerpo. Parecía más pequeña bajo aquel cielo enorme y gris, tan diferente de la mujer capaz de discutir durante horas con un médico, un entrenador o cualquier persona que insinuara que yo debía bajar el ritmo.

Me acomodó un mechón detrás de la oreja.

—No tenés que demostrarle nada a nadie, Emi.

—No vine a demostrar nada.

—Viniste a conseguir esa beca.

—Es lo mismo que hago desde hace dos años.

—No. —Su voz fue suave, pero firme—. Hace dos años remás porque te gusta. Desde hace seis meses, remás como si la vida se terminara si no ganás.

Me puse la mochila al hombro.

—La beca cierra en diciembre. Si no entro al circuito internacional este año, pierdo la oportunidad.

—Habrá otras.

—No para mí.

Mamá suspiró.

Yo sabía lo que veía cuando me miraba. No a la atleta que había ganado tres torneos nacionales juveniles. No a la mujer que entrenaba seis días a la semana, controlaba cada comida y conocía sus tiempos al segundo. Veía a una nena de doce años parada frente al río por primera vez, demasiado orgullosa para admitir que tenía miedo.

Pero aquella nena ya no existía.

El miedo tampoco.

Al menos eso me repetía.

—Llamame cuando llegues a la residencia —dijo.

—Sí.

—Y cuando conozcas al entrenador.

—Sí.

—Y si necesitás cualquier cosa…

—Te llamo.

—No importa la hora.

—Mamá.

—Está bien.

Me abrazó antes de que pudiera impedirlo. Olía a su perfume de siempre y al café que había tomado durante el último tramo del viaje. Por un segundo sentí ganas de pedirle que se quedara. No porque la necesitara, sino porque verla partir convertiría todo aquello en algo definitivo.

Yo había pedido estar ahí.

Había insistido durante meses.

Había enviado videos, marcas y resultados hasta que Mateo Quiroga aceptó evaluarme personalmente.

No podía sentir miedo ahora.

Me separé primero.

—Voy a estar bien.

—Lo sé —respondió mamá.

Las dos sabíamos que estaba mintiendo.

Subió al auto y puso el motor en marcha. Esperé junto a la vereda hasta que dobló en la esquina. No levanté la mano. Ella tampoco.

Después me quedé sola.




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