Bitácora de navegación:
Uno puede abandonar el mar. Lo difícil es conseguir que el mar también lo abandone a uno.
La chica de Buenos Aires remaba como si quisiera castigar el agua.
Lo pensé desde el primer momento en que la vi alejarse de la costa, con la espalda rígida y los hombros tensos, enterrando los remos con más fuerza de la necesaria.
No escuchaba el oleaje.
Lo desafiaba.
Cada palada parecía decirle al golfo que ella mandaba.
El mar iba a odiarla.
También pensé que Mateo la había traído para provocar una reacción en mí.
No era la primera vez que lo intentaba.
Durante dos años me había ofrecido trabajos en el club que no necesitaban hacerse, me había invitado a competencias a las que sabía que no asistiría y había dejado botes sin reparar frente al taller solo para obligarme a acercarme al agua. Una vez incluso fingió no encontrar las llaves del depósito y me pidió que revisara dentro.
No entré.
Mateo sabía que no iba a hacerlo.
Aquella mujer era diferente.
No era una excusa.
Era una amenaza.
La observé completar la primera parte del circuito mientras extendía resina sobre la grieta del casco. Mis manos seguían el procedimiento de memoria: lijar, limpiar, aplicar, esperar. Era un bote individual viejo, de fibra azul, perteneciente a un turista que había calculado mal la distancia entre la costa y una formación rocosa.
La reparación requería concentración.
No conseguía prestársela.
La remera llegó a la boya amarilla demasiado rápido. Intentó girar con el cuerpo tenso, sin acompañar la dirección de las olas.
—Vas a caer —murmuré.
Cayó.
El casco se dio vuelta y ella desapareció bajo el agua.
La espátula se detuvo en mi mano.
Durante un segundo no estuve en la playa.
No escuché las gaviotas ni el motor de la lancha de Mateo. No sentí la resina endureciéndose sobre mis dedos ni el viento golpeándome la espalda.
Solo vi una embarcación invertida.
Un remo flotando.
Y un brazo que dejaba de sobresalir entre las olas.
Me puse de pie.
La chica emergió casi de inmediato.
Se aferró al bote, tosiendo, y miró hacia la lancha. Mateo permaneció a distancia. Valentina se inclinó hacia adelante, preparada para saltar si era necesario.
No lo fue.
La remera dio vuelta la embarcación e intentó subir.
Falló.
Lo intentó otra vez.
Volvió a caer.
La tercera vez consiguió meterse dentro. Se quedó inmóvil unos segundos, respirando con la cabeza inclinada.
Yo también volví a respirar.
Después tomó los remos y continuó.
Aquello me molestó más de lo que debería.
No su caída.
Su insistencia.
La forma en que había elegido regresar al circuito aun después de que el agua le demostrara que no tenía el control.
Las personas así eran peligrosas.
No sabían cuándo detenerse.
Joaquín tampoco lo sabía.
Bajé la mirada y retomé el trabajo.
Cuando escuché pasos sobre la arena, ya sabía lo que Mateo iba a decir.
Aun así, esperé.
—Con él —anunció.
Levanté la cabeza.
La chica me observaba junto a Mateo y Valentina. Estaba empapada, con los brazos cruzados para contener el temblor y el cabello pegado a las mejillas. Incluso a esa distancia se notaba que estaba agotada.
También que jamás lo admitiría.
Nuestros ojos se encontraron.
Sentí algo parecido a un golpe en el estómago.
No por ella.
Por el bote que Mateo había dejado preparado detrás de los soportes.
Un doble costero.
Blanco.
Con una franja roja cerca de la proa.
El mismo modelo.
Mateo no podía ser tan cruel.
O quizá sí.
Solté la herramienta y caminé hacia ellos.
—No.
—Todavía no te expliqué nada —respondió Mateo.
No necesitaba hacerlo.
—No voy a remar con ella.
La chica arqueó una ceja.
—Tranquilo. Yo tampoco estaba desesperada por remar con vos.