A Una Boya De Distancia

CAPÍTULO 3: LA PROPUESTA

Bitácora de navegación:

Remar con otra persona no consiste en moverse al mismo tiempo. Consiste en aprender qué parte del miedo del otro también puede convertirse en propia.

El primer problema fue que Tomás no contaba.

No en voz alta, al menos.

Se sentó delante de mí, ajustó los pies contra el soporte y tomó los remos como si el bote le perteneciera. Sus hombros se endurecieron bajo la campera impermeable y su espalda se convirtió en una pared.

Esperé alguna indicación.

Nada.

-¿Vas a marcar la salida? -pregunté.

-Cuando mueva los remos.

-Eso no es marcar.

-Para alguien que sabe remar, sí.

Miré hacia la lancha. Mateo estaba al timón, con el moretón en la mandíbula más oscuro que el día anterior. Valentina ocupaba el asiento trasero y bebía mate como si se hubiera preparado para disfrutar de un espectáculo.

-¿Siempre es así? -le pregunté.

-Hoy está simpático -respondió ella.

Tomás clavó los remos sin avisar.

La embarcación dio un tirón.

Yo reaccioné tarde y una de mis palas chocó contra la suya.

-¿Qué hacés? -soltó él.

-Intento adivinar cuándo pensás moverte.

-Mirá mi espalda.

-Preferiría que hablaras.

-Preferiría remar con alguien que no necesitara instrucciones para respirar.

Apreté los dientes.

El bote apenas había avanzado tres metros y ya tenía ganas de golpearlo con un remo.

-Desde cero -ordenó Mateo desde la lancha-. Diez paladas suaves. Tomás marca. Emilia acompaña.

Tomás regresó a la posición inicial.

Esta vez observé sus hombros.

Se inclinó hacia adelante.

Esperé.

Sus piernas se extendieron y clavó los remos.

Lo seguí.

La primera palada fue desigual. En la segunda, mi ritmo se adelantó. En la tercera, su remo derecho golpeó el mío. La cuarta hizo vibrar todo el casco. En la quinta, el bote giró ligeramente hacia babor.

-¡Emilia, no tires antes! -gritó Mateo.

-No tiro antes.

-Sí, tirás antes -dijo Tomás.

-Porque vos frenás.

-No freno.

-Tu recuperación es lenta.

-Tu recuperación es desesperada.

-Mi recuperación es competitiva.

-Eso no significa nada.

-Significa que no remo como un jubilado.

Tomás dejó de moverse.

El bote quedó atravesado frente a una ola pequeña.

-¿Querés marcar vos?

-Sí.

-Adelante.

-Estoy atrás.

-Es una expresión.

-Ya sé que es una expresión.

-Entonces dejá de discutir.

Valentina se cubrió la boca con la bombilla del mate.

Mateo no parecía divertido.

-Otra vez -ordenó-. Emilia marca cinco paladas.

Tomás giró la cabeza apenas lo suficiente para mirarme de reojo.

-Sorprendeme.

Me incliné hacia adelante.

-Intentá seguirme.

Ataqué el agua con fuerza.

Uno.

Dos.

Tres.

Aumenté la frecuencia en la cuarta palada y el bote respondió con un impulso limpio. Sentí la proa cortar la superficie y una corriente de satisfacción me recorrió el cuerpo.

Tomás siguió el ritmo.

Durante tres segundos.

Después aflojó.

La pala de mi remo izquierdo chocó contra la suya y el mango me golpeó en las costillas.

-¡Ay!

-Te dije que no apuraras.

-¡Vos te atrasaste!

-Porque estás usando toda la fuerza en los brazos.

-No necesito que corrijas mi técnica.

-Alguien tiene que hacerlo.

-Tengo entrenador.

-Pobre hombre.

Mateo hizo sonar el silbato.

El chillido cruzó el agua.

-¡Los dos se callan!

Tomás y yo obedecimos.

-Regresen a la costa -continuó-. Vamos a empezar con algo que puedan entender.

-¿Qué cosa? -preguntó Valentina.

-Caminar.

Mateo hizo que transportáramos el bote fuera del agua y lo colocáramos sobre dos soportes bajos.

Después ató una cinta roja alrededor de nuestras muñecas derechas.

Lo miré sin comprender.

-¿Esto es una práctica de remo o una actividad de jardín de infantes?

-En jardín de infantes escuchan mejor.

Tomás tiró de la cinta.

-Esto es ridículo.

-Perfecto. Entonces podrán hacerlo rápido. Van a llevar el bote desde acá hasta el galpón sin que la cinta se tense.

El galpón estaba a unos cuarenta metros.

-¿Y eso qué se supone que enseña? -pregunté.

-Que ninguno puede avanzar si no siente lo que hace el otro.

-Podría decirnos el ritmo.

-Podría -respondió Mateo-. Pero llevan veinte minutos demostrando que no saben escuchar.

Tomás tomó la proa.

Yo me coloqué detrás.

-A la cuenta de tres -dije.

-No hace falta contar.

-Uno.

-Emilia.

-Dos.

-No levantes todavía.

-Tres.

Levanté.

Tomás no.

La cinta se tensó y me tiró del brazo hacia adelante.

-¡Te dije que no levantaras!

-¡Llegué a tres!

-No acepté tu cuenta.

-No tenías que aceptarla. Tenías que seguirla.

-No funciona así.

-¿Y cómo funciona? ¿Esperamos una señal telepática?

-Funciona cuando ambos están preparados.

-Yo estaba preparada.

-Vos siempre creés que estás preparada.

La frase me hizo soltar el bote.

El casco golpeó suavemente el soporte.

-¿Qué se supone que significa eso?

Tomás también soltó la proa.

-Que llegaste ayer, te volcaste en el primer giro y aun así actuás como si fueras la única que sabe remar.

-Al menos sigo remando.

El silencio llegó de golpe.

Tomás se quedó inmóvil.

Valentina bajó el mate.

Mateo cerró los ojos.

Comprendí demasiado tarde lo que había dicho.

No sabía todos los detalles, pero conocía los suficientes. Tomás no había dejado el deporte por pereza ni por falta de talento. Había perdido a su hermano en el mar.

Y yo acababa de utilizarlo para ganar una discusión.

-No quise...

Tomás arrancó la cinta de su muñeca.

-Terminamos.




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