Bitácora de navegación:
Dos personas pueden mirar el mismo horizonte y, aun así, avanzar en direcciones opuestas.
A las seis de la mañana, el Golfo Nuevo parecía una lámina de acero.
El cielo todavía estaba oscuro y una línea pálida comenzaba a formarse sobre el horizonte. El viento era leve, pero constante, suficiente para levantar pequeñas ondulaciones que golpeaban la costa con un murmullo repetitivo.
Emilia llegó al club siete minutos antes de la hora acordada.
Tomás ya estaba allí.
Lo encontró junto al bote doble, revisando los ajustes de los asientos y la sujeción de los remos. Llevaba una campera impermeable negra, pantalones deportivos y el mismo chaleco salvavidas del día anterior. La palabra FERREYRA destacaba en letras blancas sobre su espalda.
No la saludó.
Emilia dejó el bolso sobre un banco.
-Buenos días para vos también.
Tomás continuó revisando una de las correderas.
-Llegaste tarde.
Ella miró el reloj.
-Faltan siete minutos.
-Para el entrenamiento.
-Exacto.
-Hay que preparar el bote antes.
-Vos ya lo preparaste.
-Porque sabía que no ibas a hacerlo.
Emilia apretó los labios.
Había dormido poco. El viento había golpeado la ventana de la residencia durante toda la noche, y cada vez que lograba cerrar los ojos volvía a escuchar la voz de Mateo asegurándole que Tomás era su única oportunidad de conformar una dupla competitiva.
No estaba de humor para empezar el día discutiendo.
Aunque parecía que Tomás sí.
-¿Qué querés que revise? -preguntó.
Él levantó la cabeza por primera vez.
-Nada.
-Entonces no te quejes.
-No me quejo.
-Acabás de decir que llegué tarde.
-Fue una observación.
-Fue una crítica.
-Si te molestan las críticas, elegiste mal el deporte.
Emilia se cruzó de brazos.
-Si te molestan las personas, elegiste mal vivir en sociedad.
La comisura de la boca de Tomás se movió apenas.
No llegó a ser una sonrisa.
Mateo apareció desde el galpón con una carpeta bajo el brazo y un silbato colgado del cuello. Valentina caminaba detrás de él, cargando dos botellas de agua y un termo.
-Veo que empezaron sin mí -dijo Mateo.
-No empezamos nada -respondieron Emilia y Tomás al mismo tiempo.
Valentina soltó una carcajada.
-Eso fue lo más coordinado que hicieron hasta ahora.
Tomás volvió a concentrarse en el bote.
Emilia la miró con fastidio.
-¿Vos también vas a venir?
-Mateo me pidió que lo acompañara en la lancha.
-¿Para qué?
-Para pedir ayuda cuando ustedes intenten matarse.
Mateo dejó la carpeta sobre el banco.
-Escuchen bien. Hoy no quiero velocidad. No quiero fuerza. No quiero marcas.
-Entonces ¿qué quiere? -preguntó Emilia.
-Que logren avanzar cien metros sin golpearse los remos.
Tomás tomó uno de los extremos del bote.
-Eso no debería ser difícil.
Emilia levantó el otro.
-Para alguien que sepa marcar el ritmo, no.
Él la miró por encima de la embarcación.
-Todavía no subimos y ya estás buscando excusas.
-Todavía no subimos y ya estás dando órdenes.
Mateo se colocó entre ambos.
-Tomás va adelante.
Emilia frunció el ceño.
-¿Por qué?
-Porque conoce el golfo y tiene más experiencia en dobles costeros.
-Yo también remé en dupla.
-En agua plana.
-Sigue siendo remo.
Tomás negó con la cabeza.
-No es lo mismo.
-No te pregunté.
-Se nota.
Mateo hizo sonar el silbato.
-Emilia, detrás. Tomás, adelante. Él marca. Vos seguís.
-¿Todo el entrenamiento?
-Hasta que demuestren que pueden hacer algo distinto.
Emilia no respondió.
Bajaron el bote hasta la orilla.
El agua helada les cubrió los tobillos.
Tomás entró primero y mantuvo la embarcación estable mientras Emilia se acomodaba en el asiento trasero. Ajustaron los pies, tomaron los remos y comprobaron el equilibrio.
Durante un instante nadie se movió.
El bote flotaba suavemente a pocos metros de la playa.
Mateo y Valentina subieron a la lancha.
El motor arrancó con un rugido breve.
-Diez paladas suaves -ordenó Mateo-. Después se detienen.
Tomás acomodó los remos.
Emilia esperó una cuenta.
No llegó.
Él se inclinó hacia adelante y clavó las palas en el agua.
Emilia reaccionó tarde.
Su remo derecho golpeó el izquierdo de Tomás.
El bote se sacudió.
-¿Qué hacés? -preguntó él.
-Esperaba que avisaras.
-Estoy adelante. Mirá mi espalda.
-No puedo saber cuándo vas a empezar si no contás.
-No necesito contar.
-Yo sí.
-Entonces contá vos.
-Si cuento yo, marco el ritmo.
-No funciona así.
Mateo acercó la lancha.
-Otra vez. Tomás, avisá la salida.
Tomás respiró hondo.
-Tres, dos, uno.
Comenzaron.
La primera palada salió despareja.
La segunda fue peor.
En la tercera, Emilia se adelantó y la pala de su remo chocó contra la de Tomás.
-Vas rápido -dijo él.
-Vos vas lento.
-Estoy marcando una frecuencia de calentamiento.
-Parece una frecuencia de siesta.
-Bajá los hombros.
-No me corrijas.
-Los tenés tensos.
-Porque estoy remando con vos.
Tomás detuvo los remos.
El bote quedó atravesado frente al oleaje.
-Si no vas a seguir el ritmo, no tiene sentido continuar.
-Si el ritmo es malo, no pienso seguirlo.
-No sabés si es malo. No llegamos a cinco paladas.
-Fueron suficientes.
-Eso mismo dijiste cuando me conociste.
Emilia se inclinó hacia adelante, aunque sabía que él no podía verla.
-Y todavía no me demostraste que estaba equivocada.
Mateo hizo sonar el silbato.
-¡Basta! Reinicien.
Tomás giró la cabeza.
-Ella no escucha.