Bitácora de navegación:
No siempre hay que remar más fuerte. A veces, para avanzar, alcanza con dejar de luchar contra el movimiento del otro.
Tomás no volvió al agua al día siguiente.
Tampoco al siguiente.
Durante cuarenta y ocho horas, Emilia entrenó sola.
Mateo no volvió a mencionar la dupla. Se limitó a corregir su técnica desde la lancha, ordenar series más largas de lo habitual y registrar cada tiempo en una planilla sin hacer comentarios.
Aquello era peor que un reproche.
Emilia habría preferido que la acusara directamente de haber provocado el vuelco. Podría haberse defendido, discutir cada detalle de la maniobra o enumerar los errores que Tomás también había cometido.
En cambio, Mateo guardaba silencio.
La mañana del segundo día, después de completar seis pasadas hasta la boya amarilla, Emilia regresó a la playa con los brazos ardiendo y el traje empapado.
Mateo comprobó el cronómetro.
-Perdiste cuatro segundos en el giro.
-Había viento cruzado.
-Ayer también.
-Hoy era más fuerte.
-También vos.
Emilia dejó los remos sobre la arena.
-¿Eso fue un elogio?
-No te acostumbres.
Mateo anotó algo.
Ella miró hacia el taller.
La puerta estaba abierta. Desde la playa se escuchaba el golpe constante de una herramienta contra la fibra de un casco.
Tomás llevaba toda la mañana allí.
No había salido ni una vez.
-¿Va a fingir que no existo para siempre? -preguntó Emilia.
Mateo siguió escribiendo.
-Tomás sabe perfectamente que existís.
-No parece.
-Por eso no salió del taller.
Emilia se quitó el chaleco.
-Dijo que no volvería a remar conmigo.
-Tomás dice muchas cosas.
-Y usted nunca le cree.
-Lo conozco.
-Yo no.
-Ese es otro de sus problemas.
Emilia soltó una risa breve.
-Empiezo a sospechar que todos mis problemas tienen nombre y apellido.
Mateo cerró la planilla.
-Vos también tenés varios.
-Lo sé. Pero al menos los míos se presentan a entrenar.
El entrenador la observó durante unos segundos.
-¿Querés que vuelva porque lo necesitás para la beca o porque te molesta que haya sido él quien te rechazó?
La pregunta le resultó absurda.
-Por la beca.
-Demasiado rápido.
-Es la verdad.
-No dije que no lo fuera.
-Entonces ¿qué quiso decir?
-Que probablemente no sea toda.
Mateo se alejó con los remos antes de que ella pudiera responder.
Emilia permaneció en la orilla, mirando la puerta del taller.
No le importaba que Tomás la hubiera rechazado.
No de la forma que Mateo insinuaba.
Solo le molestaba que él pudiera decidir el futuro de ambos después de una única práctica. Que hubiese convertido su miedo en una sentencia y esperado que todos la aceptaran.
Ella había cometido un error.
Uno.
Había acelerado cuando no correspondía. Había ignorado una advertencia. Había querido girar por el lado equivocado.
Eso no significaba que no pudieran aprender.
No significaba que debieran abandonar.
Emilia recogió su botella y caminó hacia el taller.
Tomás estaba inclinado sobre una embarcación, reparando una grieta cerca de la proa.
No levantó la cabeza cuando ella entró.
-El taller no es parte del área de entrenamiento.
-Ya lo sé.
-Entonces salí.
-Necesito hablar con vos.
-Yo no.
Emilia cerró la puerta detrás de sí.
El lugar olía a resina, metal y madera húmeda. Había herramientas colgadas en las paredes, piezas de motores sobre una mesa y varios botes apoyados en estructuras de hierro.
Tomás llevaba auriculares, aunque uno colgaba fuera de su oído.
No escuchaba música.
Solo fingía no escucharla.
-Estuviste observando mis pasadas -dijo Emilia.
La mano de Tomás se detuvo apenas.
-No.
-Te vi en la ventana.
-Estaba trabajando.
-La ventana da al agua.
-No puedo cambiar la arquitectura del edificio.
-Y cada vez que giraba la boya dejabas de trabajar.
Tomás apoyó la herramienta.
-¿Qué querés?
-Otra práctica.
-No.
-Ni siquiera lo pensaste.
-Lo pensé durante dos años.
-No estoy hablando de volver a competir.
-Yo sí.
Emilia avanzó unos pasos.
-Podemos entrenar sin hablar de competencias.
-¿Para qué?
-Para demostrar que el vuelco fue un error y no una condena.
Tomás soltó una risa amarga.
-Para vos fue un error.
-Para los dos.
-No sabés lo que fue para mí.
-Tenés razón.
Él levantó la vista, sorprendido.
Emilia se obligó a mantener la voz calma.
-No sé lo que sentiste cuando caímos. No sé qué recordaste ni por qué te quedaste inmóvil. Pero sé que saliste del agua. Y sé que lo hiciste por tus propios medios.
Tomás la observó con una dureza silenciosa.
-No intentes analizarme.
-No lo hago.
-Suena bastante parecido.
-Intento decirte que entiendo que fue difícil.
-No entendés nada.
-Entonces explicámelo.
Su expresión se cerró.
-No.
-Perfecto. No me expliques. Pero tampoco uses algo que no me dejás comprender para decidir por mí.
Tomás se apartó del bote.
-Yo no decido por vos.
-Mi clasificación depende de formar una dupla.
-Buscá a otro.
-Mateo dice que no hay nadie.
-Mateo exagera.
-Vos también lo sabés.
Tomás caminó hasta una mesa y limpió la herramienta con un trapo.
-Aunque volviéramos al agua, no funcionaría.
-¿Por qué?
-Porque no escuchás.
-Y vos no hablás.
-Porque todo lo convertís en una discusión.
-Porque todo lo convertís en una orden.
-No sé remar de otra manera.
La respuesta salió antes de que pudiera detenerla.
Tomás bajó la mirada.
Emilia sintió que algo había cambiado.