A Una Boya De Distancia

CAPÍTULO 6: MAREAS

Bitácora de navegación:

El mar cambia de humor en minutos. Las personas tardan mucho más. Pero ambos terminan revelando quiénes son cuando el viento empieza a soplar en contra.

El segundo entrenamiento en el agua comenzó con un silencio incómodo.

No era el silencio lleno de enojo de la primera práctica.

Era peor.

Era el silencio de dos personas que todavía no sabían cómo hablarse sin discutir.

El bote se deslizaba a pocos metros de la costa mientras el amanecer teñía el Golfo Nuevo de tonos anaranjados.

Tomás marcaba una frecuencia constante.

Emilia la seguía.

Sin protestar.

Sin intentar adelantarse.

Mateo observaba desde la lancha con los brazos cruzados.

Después de diez minutos apagó el motor.

—Bien.

Los dos dejaron de remar.

—¿Eso es todo? —preguntó Emilia.

—No.

Mateo señaló el agua.

—Ahora empieza el entrenamiento de verdad.

Tomás arqueó una ceja.

—¿Qué quiere decir?

Mateo tomó una boya pequeña que llevaba en la lancha y la dejó caer unos cincuenta metros más adelante.

—Van a rodearla veinte veces.

Emilia frunció el ceño.

—¿Veinte?

—Sí.

—¿Para qué?

—Porque la semana pasada casi vuelcan justamente en un giro.

Tomás suspiró.

—Tiene sentido.

—No me gusta cuando me das la razón —dijo Mateo.

—Acostúmbrese.

Valentina soltó una carcajada desde la lancha.

—Creo que ya se parecen demasiado.

Los dos la miraron al mismo tiempo.

—No.

Valentina levantó las manos.

—Bueno...

La primera vuelta salió aceptable.

La segunda también.

En la tercera, Emilia volvió a entrar demasiado fuerte.

El bote perdió estabilidad.

Tomás corrigió antes de que se inclinara demasiado.

—Más suave.

—Estoy siendo suave.

—No.

—Sí.

—No necesitás ganar cada giro.

Ella respiró hondo.

No respondió.

En la quinta vuelta fue Tomás quien cometió el error.

Esperó demasiado para iniciar la curva.

El bote pasó de largo.

—Ahora te pasaste vos —dijo Emilia.

—Lo sé.

—¿Y?

—Tenías razón.

Ella lo miró sorprendida.

—¿Lo acabás de admitir?

—No te acostumbres.

Emilia sonrió.

Era la primera vez que Tomás aceptaba una corrección sin discutir.

Las vueltas comenzaron a salir mejor.

Mateo no intervenía.

Solo observaba.

Valentina se entretenía anotando algo en una libreta.

—¿Qué hacés? —preguntó Emilia cuando pasaron cerca.

—Una lista.

—¿De qué?

—De cada vez que ustedes se contradicen.

Tomás levantó una ceja.

—¿Y cuántas llevás?

—Treinta y cuatro.

—¿En media hora?

—Treinta y cinco.

—¿Por qué?

—Porque acabás de discutir el número.

Incluso Tomás dejó escapar una pequeña risa.

Al terminar las veinte vueltas, Emilia tenía los brazos ardiendo.

Nunca había trabajado tanto una maniobra tan simple.

Pero el resultado era evidente.

No habían chocado un solo remo.

Mateo acercó la lancha.

—¿Notaron la diferencia?

—Sí —respondió Emilia.

—¿Cuál?

Ella miró a Tomás antes de responder.

—Dejé de intentar anticiparlo.

Mateo asintió.

—¿Y vos?

Tomás permaneció unos segundos en silencio.

—Dejé de creer que iba a equivocarse en cada palada.




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