Bitácora de navegación:
Las heridas más profundas casi nunca son las que se ven. Pero, a veces, una cicatriz basta para revelar todo aquello que una persona lleva años intentando esconder.
El entrenamiento terminó sin un solo vuelco.
Tampoco hubo discusiones.
Al menos, no de las habituales.
Tomás marcaba el ritmo.
Emilia lo seguía.
Y cuando ella proponía un cambio de frecuencia, él ya no respondía con un "no" automático. Primero probaba. Después opinaba.
No era confianza.
Pero empezaba a parecerse.
Mateo consultó el cronómetro y asintió satisfecho.
—Mucho mejor.
Ninguno de los dos respondió.
Los dos estaban demasiado cansados para celebrar.
Empujaron el bote hasta la arena y comenzaron a lavarlo con agua dulce.
Era una tarea rutinaria.
Uno sostenía la manguera.
El otro quitaba la sal del casco con una esponja.
El silencio ya no resultaba incómodo.
Era simplemente... silencio.
—No frotes tan fuerte.
Emilia levantó la vista.
—¿También limpiás mejor que yo?
—Si rayás la fibra, sí.
Ella le lanzó la esponja.
Tomás la atrapó en el aire.
—Buen reflejo.
—Fue suerte.
—No.
Él sonrió apenas.
—Eso también se entrena.
Emilia volvió a limpiar el casco.
—¿Siempre encontrás algo para corregirme?
—Casi siempre.
—Qué agotador debe ser vivir dentro de tu cabeza.
—No tenés idea.
La respuesta salió sin ironía.
Y eso hizo que Emilia levantara la vista.
Tomás ya no sonreía.
Cuando terminaron de lavar el bote, lo levantaron entre los dos para colocarlo sobre los soportes metálicos.
En el último movimiento, Tomás hizo un gesto extraño.
Apenas una mueca.
Pero Emilia la vio.
—¿Te lastimaste?
—No.
—Acabás de hacer una cara.
—No hice ninguna cara.
—Sí hiciste.
Tomás evitó mirarla.
—Fue un tirón.
—¿En el hombro?
—Sí.
Emilia dejó el bote sobre el soporte.
—Mostrame.
Él soltó una risa.
—¿Perdón?
—El hombro.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no.
—¿Tan grave es?
—No.
—Entonces mostralo.
Tomás negó con la cabeza.
—Sos muy insistente.
—Y vos demasiado misterioso.
—Eso también me lo dijeron.
—¿Quién?
—Mi hermano.
La palabra quedó suspendida.
Era la primera vez que Tomás mencionaba a Joaquín sin que nadie sacara el tema.
Emilia dudó.
Podía dejarlo ahí.
Era lo más prudente.
Pero algo le decía que, si dejaba pasar ese momento, Tomás volvería a encerrarse detrás de su muro.
—¿Cómo era?
Él permaneció inmóvil.
Mirando el bote.
—Molesto.
Ella sonrió.
—Como vos.
—Muchísimo peor.
—No te creo.
Tomás dejó escapar una risa breve.
—Nadie me cree.
Se sentó sobre uno de los bancos del galpón.
Por primera vez desde que se conocían, parecía cansado.
No físicamente.
Cansado de sostener el peso de algo demasiado grande.
Emilia se sentó a su lado.
Sin invadir su espacio.
Esperó.
—Éramos mellizos.
Ella giró lentamente la cabeza.
—¿Mellizos?
Tomás asintió.