A Una Boya De Distancia

CAPÍTULO 9: VIENTO CRUZADO

Bitácora de navegación:

Hay vientos que cambian el rumbo de un bote. Otros cambian el rumbo de un corazón. Los más peligrosos hacen ambas cosas al mismo tiempo.

La derrota dejó de doler mucho antes de lo que Emilia esperaba.

No porque hubiera aprendido a perder.

Sino porque, por primera vez en muchos años, el resultado no era lo único que ocupaba su cabeza.

Seguía pensando en la regata.

Pero no recordaba el quinto puesto.

Recordaba los últimos trescientos metros.

El momento en que ella y Tomás dejaron de remar por separado.

Y, cada vez que lo hacía, una sonrisa aparecía sin permiso.

—Estás sonriendo sola.

Emilia levantó la cabeza.

Valentina apoyó el mate sobre la mesa del club y la observó con una expresión divertida.

—No.

—Sí.

—No.

—Sí.

—¿Siempre discutís así?

—Cuando tengo razón.

Se sentó frente a Emilia.

—¿Pensás contarme qué pasa?

—Nada.

—Ajá...

Valentina tomó un sorbo de mate.

—Entonces explicame por qué hace cinco minutos que mirás el agua sin darte cuenta.

Emilia siguió la dirección de su mirada.

Tomás estaba en el muelle, revisando el bote.

Concentrado.

Como siempre.

—Estoy pensando en el entrenamiento.

—Claro.

—Es verdad.

—Y yo soy campeona olímpica de natación.

Emilia soltó una risa.

—¿Qué insinuás?

—Nada.

Valentina sonrió con picardía.

—Solo digo que, antes de conocer a Tomás, jamás te quedabas mirando el muelle cuando él estaba ahí.

Emilia sintió calor en las mejillas.

—No lo estoy mirando a él.

—No, por supuesto.

Estás mirando... casualmente... el lugar exacto donde él está parado.

Tomás levantó el bote solo.

Emilia observó el movimiento por pura costumbre.

Ya podía reconocer cuándo una embarcación estaba bien equilibrada solo mirando cómo él la levantaba.

Era extraño.

Nunca antes había prestado atención a esas cosas.

—¿Vas a ayudarlo o pensás seguir analizándole la técnica desde acá?

Emilia salió de sus pensamientos.

—¿Qué?

Valentina sonrió.

—Eso mismo.

Cuando llegó a la playa, Tomás ya había dejado el bote sobre la arena.

—Llegás tarde.

Ella consultó el reloj.

—Treinta segundos.

—Treinta y ocho.

—¿Los contaste otra vez?

—Sí.

—Necesitás un hobby.

—Ya tengo uno.

—¿Cuál?

Él señaló el bote.

—Intentar que no lo hundas.

Emilia negó con la cabeza.

—Nunca vas a cambiar.

—No pienso hacerlo.

Ella sonrió.

Y, esta vez, Tomás también.

Ninguno de los dos pareció darse cuenta.

El entrenamiento comenzó con ejercicios de resistencia.

Nada fuera de lo habitual.

Frecuencias medias.

Cambios de ritmo.

Giros.

Correcciones.

Pero había algo distinto.

Ya no hablaban solo para corregirse.

Empezaban a hacerlo por cualquier cosa.

—¿Siempre desayunás tan poco?

—No puedo remar con el estómago lleno.

—Así no llegás viva al mediodía.

—Llegué hasta hoy.

—De milagro.

—¿Vos?

—Mate cocido y tostadas.

Emilia lo miró sorprendida.

—Esperaba algo más elaborado.

—¿Como qué?

—No sé...

Avena.

Frutas.

Proteínas.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.