A Una Boya De Distancia

CAPÍTULO 10: BAJO LAS BALLENAS

Bitácora de navegación:

Hay paisajes tan inmensos que obligan a guardar silencio. No porque falten palabras, sino porque cualquier palabra resulta demasiado pequeña.

El invierno había traído a las ballenas.

Cada año ocurría lo mismo.

Entre junio y diciembre, las aguas del Golfo Nuevo dejaban de pertenecer únicamente a los remeros, a los pescadores y a las gaviotas.

Las gigantes regresaban.

Como si el mar también tuviera memoria.

Aquella mañana, el club estaba casi vacío.

Los entrenamientos habían sido adelantados para evitar el tránsito de las embarcaciones turísticas.

Mateo los esperaba junto al muelle.

—Hoy no buscamos velocidad.

Emilia arqueó una ceja.

—¿Otra vez?

—Hoy buscamos respeto.

Tomás entendió inmediatamente.

—¿Hay ballenas cerca?

Mateo señaló el horizonte.

—Muy cerca.

Recuerden las distancias.

No las persigan.

No cambien su rumbo.

Ellas decidirán si quieren acercarse.

Emilia sintió un cosquilleo de emoción.

Nunca había visto una ballena desde un bote tan pequeño.

El agua parecía un espejo.

No había viento.

Solo una niebla baja que comenzaba a desaparecer con la salida del sol.

Tomás acomodó los remos.

—Va a ser raro entrenar así.

—¿Por qué?

—Porque hoy el mar no es nuestro.

Ella sonrió.

—Nunca lo fue.

Él la miró.

Después asintió.

—Tenés razón.

Remaban despacio.

Sin exigirse.

Mateo avanzaba varios metros detrás de ellos en la lancha.

No daba indicaciones.

Solo observaba.

El silencio era distinto al de otros días.

No pesaba.

Invitaba a escuchar.

El agua.

Las aves.

El viento lejano.

Y una respiración profunda que parecía surgir desde las entrañas del océano.

Emilia dejó de remar.

—¿Escuchaste eso?

Tomás levantó una mano.

—Quedate quieta.

El sonido volvió a repetirse.

Un soplido potente.

Profundo.

Después apareció.

A unos setenta metros de ellos, una inmensa ballena franca austral emergió lentamente.

El agua resbalaba sobre su piel oscura como si el mar la estuviera abrazando.

Emilia olvidó respirar.

—Es...

No encontró la palabra.

Tomás tampoco habló.

Nunca hacía falta.

La ballena volvió a sumergirse lentamente.

Solo dejó un círculo perfecto sobre el agua.

—Pensé que eran más rápidas.

susurró Emilia.

—Lo son cuando quieren.

Tomás hablaba en voz muy baja.

Como si temiera romper aquel momento.

—¿Y ahora?

—Esperamos.

—¿Qué?

—Que decida.

—¿Qué cosa?

Él sonrió.

—Si le caemos bien.

Siguieron avanzando con paladas suaves.

El bote apenas dejaba una estela.

Cinco minutos después apareció otra.

Más cerca.

Mucho más cerca.

Una madre.

Y, junto a ella, un ballenato.

El pequeño imitaba cada movimiento de la madre con una torpeza enternecedora.

Emilia sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

—No puedo creer que estemos viendo esto.

Tomás tampoco apartaba la mirada.

—Yo sí.

—¿Te pasa siempre?

Él negó lentamente.

—Nunca.

La madre pasó por debajo del bote.

Tan cerca que Emilia pudo distinguir las manchas blancas sobre su cabeza.




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