Abanico de Plumas de Fénix y la Máscara del Abismo

Capítulo 1: El Abanico que Nadie Merece Tocar

La Ciudad de las Nubes Brillantes no era un lugar para los débiles de espíritu. Bajo un cielo eternamente teñido por auroras espirituales que serpenteaban como dragones de luz, los pavimentos de jade blanco reflejaban el lujo y la arrogancia de las sectas más ricas del Sur. En el epicentro de este bullicio se alzaba el Pabellón de las Mil Tesoros, una estructura de nueve pisos que desafiaba la gravedad, donde el aire mismo sabía a incienso caro y qi refinado.

​Su Qingwan caminaba por la avenida principal no como una visitante, sino como una dueña.

​Su presencia era una bofetada de elegancia en un mundo de cultivadores toscos. Con su metro setenta y cinco de estatura, se movía con una gracia felina que ocultaba una fuerza contenida, fruto de un entrenamiento que muchos tachaban de "innecesario" para una mujer. Su cabello, una cascada de noche azabache, brillaba con reflejos iridiscentes, sujeto por horquillas de jade que imitaban plumas de fénix. Pero eran sus ojos los que detenían el tiempo: ámbar encendido con vetas doradas, ojos de un fénix que ya ha visto el fin del mundo y ha decidido que no es lo suficientemente interesante.

​Vestía seda celeste bordada con hilos de plata, y en su mano derecha, sostenía el Abanico de Plumas de Fénix. Estaba cerrado, pero cualquiera con un mínimo de sentido espiritual podía sentir el calor latente que emanaba de él.

​—Señorita Su, su balcón privado está preparado —dijo un sirviente, cuya espalda parecía doblarse por el peso de la autoridad de la joven.

​Qingwan ni siquiera lo miró. Desplegó su abanico con un movimiento seco, cubriendo la mitad de su rostro mientras sus ojos escaneaban la multitud con un desprecio refinado.

​—Al menos en este establecimiento saben que el tiempo de un fénix no debe desperdiciarse en la entrada —murmuró. Su voz era una mezcla de seda y veneno.

​A medida que avanzaba hacia el balcón, los susurros florecieron como mala hierba.

​—Mira, es la "Dandy de la Familia Su". Nivel 5 de Condensación a los diecinueve años... qué desperdicio de recursos.

—Dicen que su base de cultivo es tan inestable como su temperamento. Si no fuera por el apellido, estaría limpiando establos en una secta de tercera.

​Qingwan se detuvo un segundo. No giró la cabeza, pero su abanico dejó de moverse. En el silencio que siguió, su risa ligera cortó el aire.

​—Es fascinante cómo los perros callejeros confunden el silencio con la debilidad —dijo en voz alta, asegurándose de que cada sílaba llegara a los rincones del pabellón—. Si vuestras bases de cultivo fueran tan sólidas como vuestra envidia, quizás alguno de vosotros llegaría a ver el Nivel 2 antes de morir de vejez. Pero por favor, seguid hablando. Vuestra mediocridad es el mejor perfume para mi entrada.

​Varios cultivadores se atragantaron con su propio aliento. Pero desde el balcón opuesto, una voz cargada de un aura de Nivel 7 de Condensación retumbó.

​—Su Qingwan, sigues siendo tan ruidosa como una urraca con túnica cara.

​Era Lei Huo, el joven maestro de la Secta del Trueno Carmesí. Su túnica roja chillona vibraba con pequeñas chispas de electricidad.

​—Lei Huo —Qingwan cerró su abanico y lo señaló como si fuera una espada—. ¿Todavía usas ese color para ocultar que tu qi tiene el brillo de una vela usada? Qué tierno. Me han dicho que tu secta ha subido al Rango 2. Felicidades. Quizás en mil años más lleguéis a ser algo más que el hazmerreír del Sur.

​—¡Insolente! —rugió Lei Huo, haciendo que las barandillas de madera crujieran—. Mi talento es real. El tuyo es una fachada de píldoras y dinero. Te reto a que mantengas esa lengua afilada cuando estemos fuera de estas paredes.

​Qingwan sonrió, pero su mirada era gélida.

—Mi lugar siempre será por encima de ti, Lei Huo. Ya sea en un balcón o con mi bota sobre tu cuello. Prepárate, porque hoy tu orgullo saldrá de aquí más roto que tus meridianos.

​La subasta fue un campo de batalla de oro y orgullo. Qingwan no solo compró lo que necesitaba; compró lo que Lei Huo quería, solo para verlo enfurecer. Cada vez que él subía la puja, ella lo superaba con una calma exasperante, abanicándose como si estuviera aburrida.

​Al final de la noche, mientras Qingwan bajaba a la plaza principal del pabellón, Lei Huo y sus secuaces le cerraron el paso.

​—Se acabó el juego, dandy —siseó Lei Huo, liberando su aura. La presión de nivel 7 golpeó a los presentes.

​Qingwan sintió el peso en su pecho. Sus meridianos de nivel 5 protestaron. Estaba a punto de sacar su abanico cuando una sombra imponente se interpuso entre ella y la presión de Lei Huo.

​—D-disculpe… señorita. Se le cayó esto.

​La voz era profunda pero extrañamente tímida, casi infantil. Qingwan parpadeó, confundida. Frente a ella se alzaba un hombre que parecía una montaña tallada en obsidiana. Medía casi dos metros, con hombros tan anchos que bloqueaban la vista de Lei Huo. Vestía una túnica gris sencilla, pero lo que robó el aliento de Qingwan fue su rostro.

​Llevaba una Máscara de Jade Negro.

​El diseño era escalofriante y hermoso: dragones entrelazados que parecían luchar por liberarse de cadenas rotas grabadas en el jade. Los ojos que se asomaban por las ranuras eran de un oro fundido tan intenso que por un segundo Qingwan olvidó cómo respirar.

​En su mano extendida, el extraño sostenía el Abanico de Plumas de Fénix.

​Qingwan frunció el ceño. Ella no lo había dejado caer. Estaba segura. Pero al mirar la mano del hombre, notó algo extraño. Sus dedos eran largos, fuertes, y al rozar la base del abanico para entregárselo, ocurrió lo imposible.

​La Resonancia de Sangre.

​En el momento en que sus dedos se tocaron, una oleada de energía cálida y purísima recorrió el brazo de Qingwan. Sus meridianos, que antes se sentían oprimidos por el aura de Lei Huo, se expandieron y fortalecieron instantáneamente. Era como si hubiera bebido un elixir divino. Su base de cultivo de nivel 5 vibró con una estabilidad que nunca había sentido.



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En el texto hay: fantasia, poder, romance

Editado: 28.04.2026

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