El sonido que siguió al grito de Su Qingwan no fue una explosión de fuego, sino un silencio blanco, absoluto y aterrador. La sobrecarga de energía híbrida entre ella y Xuan Ye había alcanzado el punto de masa crítica justo cuando la mano de Zhuo Tianfeng, envuelta en un Qi esmeralda ponzoñoso, rasgó el aire hacia ellos.
La Resonancia de Sangre, que siempre había sido un río de poder compartido, se transformó de repente en un látigo de espinas. Qingwan sintió como si mil agujas de hielo le perforaran los meridianos simultáneamente. El vínculo que la unía a Xuan, esa conexión que la hacía sentir invencible estalló con la violencia de una estrella muriendo.
—¡Xuan! —trató de gritar, pero el aire se había escapado de sus pulmones.
Vio, como si el tiempo se hubiera congelado en una danza macabra, cómo la mano de Xuan Ye se soltaba de la suya. La estática verde de Tianfeng se interpuso entre ellos, un muro de interferencia espiritual que cortó la Resonancia con la limpieza de una guillotina. El dolor de la desconexión fue peor que cualquier herida física; fue como si le arrancaran una parte del alma sin anestesia.
La Caída de la Soberana
El impacto de la onda expansiva lanzó a Qingwan contra los restos de la estatua de su ancestro. El mármol frío la recibió con un golpe seco que le fracturó dos costillas. Cayó al suelo, sobre un lecho de cenizas y astillas de madera de sándalo. Su túnica azul medianoche, una obra maestra de la artesanía, era ahora un harapo manchado de sangre y hollín.
Trató de levantarse, apoyando las manos en el suelo cubierto de escombros. Las piedras afiladas le cortaron las palmas, pero apenas lo sintió. Sus ojos, antes llenos de un orgullo aristocrático, buscaban desesperadamente entre el humo.
—¿Xuan...? —su voz era un hilo ronco, apenas un susurro que se perdía en el estruendo del pabellón colapsando.
A diez metros, Xuan Ye estaba de rodillas. Su máscara de jade negro había terminado de romperse, cayendo al suelo en pedazos inútiles. Sin la máscara, su rostro —marcado por la agonía y la furia— estaba expuesto. Pero sus ojos dorados, que siempre habían sido su ancla, estaban fijos en el vacío. El Eslabón Maestro de Tianfeng brillaba con una intensidad cegadora sobre su cuello, formando cadenas de luz que se hundían directamente en su columna vertebral.
Xuan Ye intentó levantarse, sus músculos se tensaron hasta el punto de romperse, pero cada vez que hacía un movimiento hacia Qingwan, el orbe de Tianfeng emitía un pulso que lo lanzaba de nuevo al suelo. La impotencia en su rostro era una herida abierta. El hombre que podía matar a mil hombres con un suspiro no podía avanzar un solo paso para tocar a la mujer que sangraba frente a él.
El Desprecio del Vencedor
Zhuo Tianfeng caminó sobre las ruinas, sus botas de cuero fino crujiendo sobre los restos de la vida de Qingwan. Se detuvo frente a ella, observándola con una mezcla de curiosidad y asco, como quien mira a un insecto aplastado que aún se retuerce.
—Mira esto —dijo Tianfeng, señalando el entorno con un gesto lánguido—. La gran Su Qingwan, la joya de la corona, reducida a esto. Sin tu perro, no eres más que una niña con ropa sucia y un linaje que no sirve para detener la sangre.
Tianfeng levantó su bota y la colocó sobre la mano herida de Qingwan, presionando con saña contra los escombros. Qingwan soltó un grito ahogado, apretando los dientes hasta que sus encías sangraron.
—¡Suéltala! —rugió Xuan Ye, y el suelo bajo él estalló en una grieta negra. El Qi del Abismo brotó de él en una explosión incontrolada, pero sin Qingwan para filtrarlo, el poder era una tormenta ciega que golpeaba las paredes y a sí mismo.
—¿O qué, Motor? —se burló Tianfeng, incrementando la presión sobre la mano de Qingwan—. Mírala. Está muriendo por tu culpa. Tu oscuridad la está pudriendo desde adentro porque no tienes la fuerza para controlarla tú solo. Eres su veneno, no su protector.
El Deseo de Poder Nacido del Barro
Qingwan, con la cara pegada a las cenizas frías, sintió una rabia que quemaba más que el fuego de obsidiana. La impotencia era un sabor amargo en su boca. Odiaba a Tianfeng, pero se odiaba más a sí misma. Odiaba su fragilidad, odiaba haber dependido tanto de la Resonancia, odiaba que su "perfección" fuera solo una fachada que se desmoronaba al primer golpe real.
"Necesito... ser más" pensó, mientras su visión se nublaba. "No por el linaje. No por el orgullo. Por mí. Para que nadie vuelva a pisar lo que es mío".
Xuan Ye, viendo el sufrimiento de su señora, experimentó una ruptura interna. Su deseo de protegerla chocó contra las cadenas del Eslabón Maestro. En ese momento, entendió la lección más dura de su existencia: su amor y su lealtad eran inútiles si no tenía el nivel para respaldarlos. El proceso de crecimiento no sería un entrenamiento elegante en un jardín; sería una ascensión desde el mismísimo fango del fracaso.
El Vórtice del Final
—Es hora de terminar con esta farsa —sentenció Tianfeng.
Levantó el orbe esmeralda y el aire comenzó a girar en un vórtice de destrucción. El pabellón principal empezó a ser succionado hacia el centro de la formación. Tianfeng pretendía usar el estallido final de la energía de ambos para abrir el portal definitivo.