Abanico de Plumas de Fénix y la Máscara del Abismo

Capítulo 14: El Despertar entre los Muertos

El frío fue lo primero que regresó, reclamando su consciencia como una deuda impagable. Era un frío húmedo, pegajoso, que olía a lodo estancado y a la putrefacción dulce de la vegetación ribereña.

Su Qingwan abrió los ojos, pero la luz del amanecer gris golpeó sus pupilas como fragmentos de vidrio. Intentó incorporarse, un acto de voluntad instintivo, pero un grito ahogado quedó atrapado en su garganta. El dolor de sus costillas fracturadas la obligó a caer de nuevo sobre la orilla pedregosa del río. Su mano derecha estaba sumergida en el agua helada; sus dedos, antes delicados, pálidos y adornados con anillos de jade que simbolizaban siglos de linaje, ahora estaban hinchados y cubiertos de costras de sangre seca mezclada con limo.

Se miró a sí misma y el horror que sintió fue puramente dandy antes de ser físico. Su túnica de gala azul medianoche —esa que había elegido por su caída perfecta y su bordado de plata— era ahora un cadáver de seda. La tela estaba desgarrada en jirones que apenas cubrían su cuerpo, revelando morenotes morados que florecían en su piel como flores de luto. No había rastro de su abanico, ni de sus sirvientes, ni de su poder.

—Xuan... —susurró, pero su voz no fue más que un graznido seco, el sonido de una garganta que había tragado demasiada ceniza.

Tosió, escupiendo agua de río y una bilis amarga. Miró a su alrededor con una visión borrosa. Estaba en un valle desconocido, a kilómetros del Pico de la Luna. La explosión del vórtice la había lanzado lejos, pero la soledad era lo que realmente la estaba asfixiando. Por primera vez en meses, no había un latido secundario en su mente. No había el calor reconfortante de la oscuridad de Xuan en su pecho. El silencio de la Resonancia rota era ensordecedor; un vacío que zumbaba en sus oídos como una burla constante.

La Humillación de la Supervivencia

Qingwan intentó canalizar una chispa de Qi para secar su ropa, solo una llama pequeña para alejar la hipotermia, pero lo único que encontró fue un desierto árido dentro de sí misma. Sus canales espirituales estaban bloqueados, como si Zhuo Tianfeng hubiera vertido plomo derretido en sus venas. El orbe de la Alianza no solo la había derrotado; la había "desconectado" de su propia esencia.

Con un esfuerzo que le hizo ver estrellas de dolor, se arrastró fuera del agua. Cada movimiento era una coreografía de agonía. Sus uñas, cuidadas con esmero durante años, se rompían contra las piedras mientras intentaba llegar a la sombra de un sauce llorón cuyas ramas golpeaban el suelo como látigos. Al pasar junto a un charco, vio su reflejo y se detuvo, paralizada.

Su rostro estaba cubierto de hollín y sangre. Su cabello, antes una obra de arte sujeta con horquillas de fénix era un nido de nudos, barro y ramitas. Parecía una mendiga, una de esas sombras que ella solía ignorar desde su carruaje.

"Mírate, Su Qingwan", pensó con una amargura que le quemaba más que las heridas. "La soberana del estilo, la genio del Pico de la Luna... reducida a un animal que se arrastra por no morir en el fango".

Sintió ganas de rendirse, de cerrar los ojos y dejar que la fiebre se la llevara. Pero entonces, la luz gris del sol iluminó su muñeca. La Marca del Fénix estaba pálida, casi invisible, pero seguía ahí, grabada en su piel. Era el único vínculo que quedaba con él. El odio hacia Tianfeng, un odio frío y puro, empezó a hervir bajo su piel gélida. No era un poder divino lo que la obligó a ponerse de pie; era orgullo herido convertido en veneno.

Las Mazmorras del Eslabón Maestro

Mientras Qingwan luchaba por cada centímetro de tierra, a cientos de leguas de allí, Xuan Ye vivía su propio descenso a los infiernos.

Estaba suspendido por cadenas de hierro negro en la Torre del Silencio, la prisión más profunda de la Alianza Eterna, donde el tiempo se medía por el goteo de la humedad sobre el suelo de piedra. Sus pies no tocaban el suelo. Su torso, macizo y lleno de cicatrices, estaba desnudo, mostrando las marcas de la explosión y los nuevos surcos de los látigos de Qi que los guardias usaban cada hora para intentar quebrar su voluntad.

Pero el dolor físico era un juego de niños comparado con el Eslabón Maestro. El anillo de jade en el cuello de Xuan emitía pulsos rítmicos que obligaban a su energía del Abismo a retraerse violentamente, chocando con sus propios órganos internos. Era como tener una tormenta eléctrica atrapada en una caja de cristal dentro de sus pulmones.

—Dime dónde está la Llave —la voz de Zhuo Tianfeng rompió el silencio. Entró en la celda con la parsimonia de un dios visitando su jardín privado. Estaba impecable, ni una mota de polvo en sus túnicas esmeralda.

Xuan Ye levantó la cabeza. Sin su máscara, su rostro era una máscara de furia contenida. Sus ojos dorados, antes brillantes bajo la influencia de Qingwan, ahora estaban opacos, inyectados en sangre. Escupió una mezcla de saliva y sangre a las botas del soberano.

—Ella... te arrancará... los ojos —gruñó Xuan. Cada sílaba le costaba un desgarro en las cuerdas vocales.

—¿Ella? —Tianfeng soltó una carcajada que resonó en las paredes húmedas como el golpe de un mazo—. Ella es polvo, Xuan Ye. Sin tu Qi para sostener sus frágiles meridianos, el impacto del vórtice la habrá deshecho. Estás solo. Solo conmigo, con tus cadenas y con tu fracaso.



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En el texto hay: fantasia, poder, romance

Editado: 09.06.2026

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