El hambre no era un concepto que Su Qingwan conociera de verdad. Para ella, "hambre" era esperar quince minutos de más por su té de jazmín. Ahora, el hambre era un animal vivo que le devoraba las entrañas, un recordatorio constante de que su cuerpo mortal era una prisión de debilidad.
Habían pasado tres días desde que despertó en el río. Tres días de caminar hacia el Altar de las Cenizas Olvidadas, arrastrando su rama de roble como si fuera el último cetro de un reino caído. Sus pies, envueltos en jirones de su túnica azul, sangraban con cada paso sobre la grava volcánica del Sendero del Desierto.
Se detuvo frente a un estanque de agua estancada. Se arrodilló, ignorando el dolor de sus costillas, y miró su reflejo. La mujer que le devolvía la mirada tenía los pómulos marcados, los ojos hundidos y una mancha de barro seco en la frente.
—Mírate —susurró Qingwan, su voz quebrada—. Sigues viva. Es una falta de etiqueta morir de forma tan poco memorable.
De repente, un crujido en la maleza la puso en alerta. Tres perros salvajes de montaña, con los ojos inyectados en sangre y el pelaje erizado, emergieron de las sombras. No eran bestias mágicas, solo depredadores hambrientos que olían a una presa fácil.
Qingwan buscó su Qi. Nada. Solo el vacío frío. Intentó invocar su fuego de obsidiana, pero sus dedos solo temblaron. Por primera vez, no pudo llamar a Xuan Ye. Estaba sola.
La Supervivencia del Dandy
El primer perro saltó. Qingwan no gritó. En lugar de eso, usó su inteligencia táctica. Sabía que no podía ganar en fuerza, así que usó su rama de roble no como un bastón, sino como una palanca. Esquivó hacia la izquierda —un movimiento torpe que le hizo gemir de dolor— y clavó el extremo astillado de la madera en la garganta del animal mientras este pasaba.
La sangre, caliente y espesa, salpicó su rostro. El perro cayó, convulsionando. Los otros dos retrocedieron, sorprendidos por la ferocidad de la "presa".
Qingwan se puso de pie, jadeando. La adrenalina estaba quemando su fatiga. En ese momento, entendió algo vital: el Qi del Fénix no solo venía de los meridianos; venía del instinto de no ser consumida. Cerró los puños y, por un milisegundo, la Marca del Fénix en su muñeca brilló con una luz roja opaca, no dorada, sino el rojo de las brasas que se niegan a apagarse.
—Vengan —desafió ella, mostrando los dientes—. He perdido mi casa, mi sirviente y mis sedas. No les daré también mi carne.
El Silencio de la Tortura
A cientos de leguas, en el corazón de la Torre del Silencio, Xuan Ye estaba experimentando una carnicería diferente.
Zhuo Tianfeng no lo había visitado hoy. En su lugar, envió al Verdugo de Hierro, un hombre cuya única función era usar el Eslabón Maestro para llevar a Xuan al borde de la locura.
—Tu dueña está muerta, monstruo —decía el verdugo, activando el sello del cuello—. Ríndete al Abismo y entréganos el núcleo.
Xuan Ye no respondió. Estaba en un estado de trance. Había descubierto que si dejaba de luchar contra las cadenas de jade y empezaba a "morderlas" con su propia voluntad, el dolor se transformaba. Cada descarga eléctrica que el Eslabón enviaba a su sistema era una lección de anatomía. Estaba mapeando sus propios canales de energía, encontrando los bloqueos que Qingwan solía limpiar por él.
"Si ella no está para filtrarlo, yo seré el filtro", pensó Xuan.
Empezó a forzar su Qi del Abismo hacia sus dedos, a pesar de que el Eslabón intentaba aplastarlo. Era como intentar empujar lava a través de venas de cristal. Sus uñas se desprendieron, sus poros sudaron sangre, pero no se detuvo. Lentamente, la cadena que sujetaba su brazo derecho empezó a tornarse gris. La estaba "corroyendo" con su pura intención asesina.
—Ella no está muerta —gruñó Xuan, interrumpiendo el monólogo del verdugo—. Si ella estuviera muerta, yo ya habría quemado este mundo hasta los cimientos. El hecho de que yo siga respirando es la prueba de que ella está ahí fuera, buscándome.
La Primera Chispa de la Evolución
Qingwan logró ahuyentar a los perros restantes, pero terminó colapsada bajo un árbol, con las manos temblorosas y la túnica aún más rota. Sin embargo, algo había cambiado. Al mirar su mano manchada de sangre, vio una pequeña chispa de Qi rojo bailando en la punta de sus dedos. No era el fuego puro de la secta; era un Fuego de Ceniza, más denso, más difícil de controlar, pero mucho más persistente.
Había dado el primer paso. Había dejado de ser una Llave pasiva para convertirse en una forjadora.
Esa noche, mientras Xuan Ye lograba agrietar el primer eslabón de su celda y Qingwan lograba encender una pequeña fogata con su propio poder, ambos miraron la misma luna roja.
El nerviosismo de ser atrapados seguía ahí, la sombra de la Alianza Eterna acechaba en cada rincón, pero la impotencia estaba empezando a transformarse en un arma. El proceso duro los estaba rompiendo, sí, pero los estaba volviendo a unir con un metal mucho más resistente.