Abanico de Plumas de Fénix y la Máscara del Abismo

Capítulo 16: El Altar de las Traiciones

El Altar de las Cenizas Olvidadas no era el templo majestuoso que Su Qingwan recordaba de las ilustraciones de los libros prohibidos de su padre. Era una cicatriz de piedra en la cima de una montaña degollada, rodeada por un mar de nubes negras que rugían como bestias enjauladas. Las columnas, de un mármol que alguna vez parecía, ahora parecían huesos calcinados que señalaban al cielo con acusación.

Qingwan llegó al último peldaño arrastrándose. Sus dedos, entumecidos y sangrantes, se aferraron al borde del altar. El "Fuego de Ceniza" que había encendido días atrás en el bosque era ahora un latido sordo en su muñeca, una brasa que le quemaba los nervios.

—¿Quién se atreve a profanar el silencio de los caídos? —una voz, múltiple y antigua, resonó no en el aire, sino directamente en sus huesos.

Qingwan levantó la cabeza. Su visión estaba turbia por la fiebre y el hambre, pero logró ver una sombra espectral custodiando el centro del altar: el Guardián de la Verdad Desnuda.

—Su Qingwan... de la Secta del Pico de la Luna —logró articular, poniéndose de pie con una dignidad que su túnica andrajosa no podía ocultar. Usó su rama de roble como un cetro—. Vengo a reclamar lo que el fuego no pudo destruir.

—Vienes por poder —sentenció la sombra—. Pero aquí el Qi no se otorga. Aquí, el Qi se paga. ¿Qué estás dispuesta a dejar en las cenizas? ¿Tu linaje? ¿Tu belleza? ¿O al monstruo que llamas protector?

Qingwan apretó el agarre en su rama. El aire a su alrededor se volvió denso, cargado con el peso de la decisión.

El Descenso al Núcleo

A cientos de leguas, en la Torre del Silencio, Xuan Ye estaba logrando lo imposible. El eslabón de su brazo derecho no solo estaba agrietado; estaba empezando a fundirse. Pero justo cuando la libertad parecía un susurro alcanzable, la puerta de su celda se abrió con un estruendo metálico.

No fue Zhuo Tianfeng quien entró. Fue Bai Lingyue, la que alguna vez fue aliada, ahora convertida en una General de la Alianza con los ojos teñidos de un verde esmeralda artificial.

—Detente, Xuan Ye —dijo ella, su voz carente de toda emoción humana—. El Eslabón Maestro no es solo una cadena. Es un parásito. Si logras romperlo, el sello tiene una orden final: detonar el núcleo de Su Qingwan, esté donde esté.

Xuan Ye se congeló. Su brazo, envuelto en Qi corrosivo, se detuvo a milímetros de destrozar el hierro. El sudor de sangre corrió por su mejilla.

—Mientes —gruñó, aunque su corazón latía con un terror que el látigo nunca pudo provocar.

—Tianfeng sabía que lo intentarías —continuó Bai, acercándose con un frasco que contenía una sustancia negra y viscosa—. Por eso diseñó la Trampa de Sangre Simbiótica. Tu libertad es la sentencia de muerte de tu señora. ¿Qué prefieres, Motor? ¿Tus manos libres o su corazón latiendo?

La furia de Xuan Ye hizo que las sombras de la celda cobraran vida, golpeando las paredes con un sonido gutural. Estaba atrapado en la paradoja más cruel: su propia evolución era el arma que mataría a lo único que amaba.

La Prueba del Despojo

En el altar, Qingwan se enfrentaba a su propio juicio. El Guardián la envolvió en un torbellino de cenizas que le mostraban visiones de su pasado: ella sentada en tronos de seda, ella despreciando a los débiles, ella dependiendo de la fuerza de Xuan Ye para cada victoria.

—Eres una parásita del destino —le susurró la visión de sí misma—. Sin él, eres solo barro.

—No —respondió Qingwan, y esta vez su voz vibró con el poder de la verdad—. Con él, yo era una reina. Sin él... soy el fuego que quemará el mundo que me lo quitó. No necesito mi linaje para ser Su Qingwan. Solo necesito mi odio y mi voluntad.

Con un grito desgarrador, Qingwan clavó su mano herida directamente en la llama eterna del altar. El dolor fue absoluto. Sintió cómo sus canales espirituales bloqueados estallaban, no con el oro de su antigua secta, sino con un Qi Carmesí oscuro y violento. La "Llave" se estaba transformando en una "Espada".

El Eco en la Oscuridad

En el momento en que Qingwan reclamó su nuevo poder, Xuan Ye sintió un tirón violento en su pecho. A pesar de las advertencias de Bai Lingyue, el vínculo de la Marca del Fénix en su muñeca brilló con una intensidad cegadora.

A través de la distancia, a través del Eslabón Maestro y de las paredes de piedra, Xuan Ye escuchó el grito de guerra de Qingwan. No fue un grito de agonía, sino de liberación.

Él miró a Bai Lingyue con una sonrisa sangrienta y letal.

—Tianfeng cometió un error —dijo Xuan, y esta vez su Qi no era solo negro, tenía vetas carmesíes que imitaban el nuevo fuego de su señora—. Ella ya no es la Llave que él puede romper. Ella es el incendio. Y yo... yo soy el que le dará el combustible.

Xuan Ye no rompió la cadena. En lugar de eso, dejó que el Qi corrosivo fluyera hacia adentro, hacia el Eslabón mismo, no para destruirlo, sino para reclamarlo. Empezó a devorar la energía de la Alianza, usando su propio cuerpo como un campo de batalla alquímico.

Esa noche, el Pico de la Luna tembló. No por una explosión, sino por el nacimiento de algo que la Alianza Eterna no había previsto: dos seres que habían dejado de ser maestro y sirviente para convertirse en dos mitades de una misma destrucción.



#1712 en Fantasía
#332 en Magia
#199 en Paranormal
#78 en Mística

En el texto hay: fantasia, poder, romance

Editado: 09.06.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.