Abanico de Plumas de Fénix y la Máscara del Abismo

Capítulo 18: La Convergencia de los Rayos

La capital de la Alianza Eterna, una metrópolis que se alzaba sobre el mundo como un monumento al ego de Zhuo Tianfeng, estaba experimentando su primera noche de terror auténtico. Las calles, pavimentadas con jade blanco y obsidiana pulida, ya no reflejaban la luz de las linternas mágicas, sino el resplandor errático de una ciudad que se consumía desde sus cimientos espirituales. No era un incendio convencional; era una necrosis del Qi.

Su Qingwan avanzaba por la Gran Avenida de los Siete Cielos, y con cada paso, el mundo a su alrededor parecía encogerse. Ya no era la joven maestra que dependía de la elegancia para ocultar su miedo. Sus botas, reducidas a jirones de cuero y seda, golpeaban el suelo con la cadencia de un tambor de guerra. El Fuego Carmesí que emanaba de sus poros era tan denso que distorsionaba el aire, creando espejismos de sangre que bailaban a su alrededor.

En su mano derecha, la Daga-Abanico Roja vibraba con un hambre antigua. Cada vez que un escuadrón de la Alianza intentaba interceptarla, el arma reaccionaba antes que su pensamiento consciente. Qingwan se movía como una exhalación. No había movimientos superfluos, no había florituras de salón. Era una danza de carnicería minimalista.

—¡Atrás, criatura del fango! —gritó un comandante de la guardia, levantando una alabarda de cristal.

Qingwan ni siquiera lo miró. Con un giro de su muñeca, abrió el abanico. Las varillas de plata forjadas en el Altar de las Cenizas silbaron en el aire, liberando una ráfaga de calor que convirtió la alabarda en vapor y al comandante en un recuerdo calcinado antes de que sus cenizas tocaran el suelo.

"Más cerca", pensó Qingwan, sintiendo los latidos de Xuan Ye como una aguja clavada en su brújula interna. "Puedo oler su sangre. Puedo oler su furia".

El Corazón de la Bestia Encadenada

Mientras la superficie de la ciudad colapsaba, en las entrañas de la Torre del Silencio, la realidad se estaba fracturando de una forma mucho más siniestra.

Xuan Ye ya no estaba suspendido de las cadenas; las cadenas estaban suspendidas de él. El hierro negro de la mazmorra se había tornado de un color azabache líquido, goteando desde el techo como lágrimas de un dios olvidado. Xuan estaba de pie en el centro de su celda, con los ojos cerrados, pero su consciencia estaba expandida por toda la estructura de la torre.

Había dejado de luchar contra el Eslabón Maestro hacía horas. En lugar de eso, lo había "reclamado". Había permitido que su Qi del Abismo fluyera voluntariamente hacia el interior del collar de jade, infectando el sistema nervioso central de la Alianza. Él era el virus que estaba apagando las luces de la ciudad, una por una.

Bai Lingyue, que observaba desde el rincón más alejado, sentía que sus propios pulmones se llenaban de ceniza. —¿Qué... qué eres? —susurró ella, su voz apenas audible sobre el zumbido eléctrico que llenaba la habitación.

Xuan Ye abrió los ojos. No había blanco en ellos; solo un dorado incandescente rodeado por un vacío negro absoluto. —Soy el error que Tianfeng cree que puede controlar —respondió Xuan. Su voz ya no era humana; era un coro de voces abisales que hacían que las paredes de piedra sangraran humedad oscura—. Ella está aquí, Lingyue. La escucho golpear las puertas. Y cada golpe es una nota en la sinfonía de su destrucción.

Xuan Ye caminó hacia la puerta de su celda. No usó la fuerza física. Simplemente colocó su mano sobre el hierro reforzado con runas y la puerta se deshizo, convirtiéndose en polvo de óxido bajo su tacto. El Eslabón Maestro en su cuello brilló con un verde cegador, intentando detonar su núcleo, pero Xuan se limitó a sonreír. El dolor era ahora su combustible.

El Colapso de la Puerta del Cielo

Qingwan llegó a la plaza frente a la torre. Estaba rodeada por cientos de soldados, una muralla de escudos esmeralda que intentaban proteger el último refugio de la Alianza.

—¡Ríndete, Su Qingwan! —gritó una voz desde lo alto de las almenas—. ¡Tu sirviente morirá en el momento en que des un paso más!

Qingwan soltó una risa seca, un sonido desprovisto de toda piedad. Se llevó la mano a la Marca del Fénix en su muñeca, que ahora brillaba con un rojo neón que iluminaba toda la plaza. —Mi sirviente murió en el Pico de la Luna —declaró ella, elevando su daga-abanico hacia el cielo—. El hombre que está ahí dentro es el monstruo que ustedes mismos alimentaron con su odio. Y yo he venido a soltarle la cadena.

Con un grito que desgarró el aire, Qingwan concentró todo el Fuego Carmesí en un solo punto. Se lanzó hacia adelante, no como una mujer, sino como un proyectil de energía pura. Al mismo tiempo, desde el interior, Xuan Ye lanzó un pulso de Qi Abisal contra la misma puerta.

El impacto fue apocalíptico.

La Torre del Silencio, diseñada para ser indestructible, se arqueó como si tuviera espasmos. Una columna de fuego violeta —la mezcla del rojo de ella y el negro de él— estalló desde el centro de la estructura, volando las puertas de diez toneladas hacia afuera y destrozando los cimientos de la plaza. Los soldados fueron barridos como hojas secas en un huracán.

El Reencuentro entre las Ruinas

Entre el humo espeso que olía a piedra fundida y ozono, el silencio se volvió absoluto. Las llamas violetas bailaban en los escombros, creando sombras largas y distorsionadas.



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En el texto hay: fantasia, poder, romance

Editado: 09.06.2026

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