Abanico de Plumas de Fénix y la Máscara del Abismo

Capítulo 19: El Ocaso de los Falsos Dioses

La ascensión por la Gran Escalera de la Torre del Silencio no fue un recorrido, sino una procesión de muerte. Cada peldaño de jade blanco que Su Qingwan y Xuan Ye pisaban quedaba marcado por una mezcla de escarcha negra y brasas carmesíes. El aire en el hueco de la escalera se había vuelto tan pesado que los pocos guardias que quedaban no morían por las armas, sino que colapsaban por la mera presión atmosférica que emanaba de la pareja.

Qingwan no miraba hacia atrás. Su mirada estaba fija en la parte superior, donde la energía esmeralda de Zhuo Tianfeng parpadeaba como una vela a punto de ser apagada por una tormenta.

—¿Sientes eso, Xuan? —preguntó ella, su voz resonando con una calma aterradora—. Es el miedo de un hombre que creía que el destino se podía comprar con cadenas.

Xuan Ye, que caminaba medio paso detrás de ella, emitiendo un zumbido de energía abisal, asintió. Su torso, surcado de heridas que ahora supuraban un poder violeta, parecía haber crecido en presencia. Ya no era una sombra; era el vacío mismo.

—Huele a desesperación, señorita. Huele a victoria.

El Trono de las Ilusiones

En el pináculo, Zhuo Tianfeng había dejado de ser el soberano impecable. Sus túnicas esmeraldas estaban empapadas de sudor frío y sus manos temblaban mientras intentaba canalizar el Qi de la ciudad hacia el Orbe de la Eternidad. Pero el Orbe no respondía. El "virus" que Xuan Ye había inyectado en el sistema había convertido la red de defensa en un laberinto de espejos rotos.

Cuando las puertas del salón del trono estallaron, no lo hicieron hacia adentro. Se desintegraron en átomos.

Qingwan entró primero. Su túnica azul, ahora un sudario de guerra hecho jirones, ondeaba en un viento que ella misma generaba. A su lado, Xuan Ye avanzaba con la gracia de un lobo que ha encontrado la yugular del mundo.

—¡Basta! —rugió Tianfeng, poniéndose de pie y activando el Eslabón Maestro por última vez—. ¡Soy el soberano de la Alianza Eterna! ¡Tú eres solo una dandy arruinada y él es un animal que yo mismo marqué!

Tianfeng cerró el puño, enviando una señal de muerte al collar de Xuan Ye.

Pero no ocurrió nada.

Xuan Ye se llevó la mano al cuello y, con un movimiento lento y deliberado, arrancó el collar de jade esmeralda. El metal se rompió como si fuera arcilla seca. No hubo explosión, solo un suspiro de energía negra que Xuan absorbió en su propia palma.

—La marca ya no es tuya, Tianfeng —dijo Xuan, arrojando los restos a los pies del trono—. Le pertenece a ella. Y ella no acepta devoluciones.

La Sinfonía de la Destrucción

El combate comenzó sin preámbulos. Tianfeng lanzó una ráfaga de espadas de luz esmeralda, cada una capaz de nivelar una montaña. Qingwan no retrocedió. Abrió su Daga-Abanico Roja y, con un movimiento de abanico que parecía una caricia de seda, desvió las espadas hacia los pilares del salón, reduciéndolos a polvo.

—Mi turno —susurró ella.

Qingwan se lanzó hacia adelante, convirtiéndose en un rayo carmesí. Tianfeng intentó crear una barrera, pero en el momento en que sus manos se movieron, Xuan Ye apareció desde su sombra. Las garras abisales de Xuan sujetaron los brazos del soberano, no para romperlos aún, sino para drenar su Qi directamente de sus meridianos.

Era una Simbiosis de Guerra perfecta. Mientras Xuan inmovilizaba y drenaba, Qingwan golpeaba.

Cada golpe de la daga de Qingwan era una lección de dolor. No buscaba una muerte rápida; buscaba deshacer el orgullo de Tianfeng capa por capa. El Fuego Carmesí quemaba la piel del villano, mientras el Abismo de Xuan devoraba su alma.

—¿Esto es lo que querías? —preguntaba Qingwan entre ataques, su voz subiendo de tono con cada impacto—. ¿Querías el poder absoluto? ¡Mírate! No puedes ni defender tu propio trono de una mujer "arruinada".

El Desmoronamiento de un Imperio

Tianfeng, desesperado, intentó una maniobra final. Usó su propia fuerza vital para sobrecargar el Orbe de la Eternidad, buscando una explosión que los matara a todos. El salón se iluminó con una luz cegadora, un verde radiactivo que amenazaba con desintegrar la torre entera.

—¡Xuan! —gritó Qingwan.

No necesitó decir más. Xuan Ye entendió la orden antes de que terminara de pronunciarla. Se colocó frente a ella, abriendo sus brazos. En lugar de crear un escudo, Xuan abrió su propio núcleo al máximo. El Qi del Abismo brotó de él como una marea negra, envolviendo la explosión verde, tragándosela entera.

El esfuerzo hizo que Xuan escupiera sangre violeta, pero no retrocedió ni un centímetro. Su cuerpo actuó como un pararrayos de destrucción, protegiendo a Qingwan de la onda expansiva.

En el vacío que dejó la explosión fallida, Qingwan saltó sobre los hombros de Xuan. Usando el impulso de su compañero, voló por el aire, su daga-abanico brillando con una luz violeta que superaba el brillo de las estrellas.

—Por el Pico de la Luna —sentenció ella.

La daga atravesó el pecho de Tianfeng. Pero no fue un corte físico. Fue el Fuego de la Verdad. Tianfeng vio, en sus últimos segundos, todas las vidas que había destruido, todos los hilos que había cortado. Vio la cara de cada víctima, y finalmente, vio la cara de la mujer que lo había superado.



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En el texto hay: fantasia, poder, romance

Editado: 09.06.2026

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