La victoria sobre la Alianza Eterna había dejado un sabor a ceniza y gloria a medias. En las Tierras del Rescoldo, el aire se sentía más ligero, pero para Su Qingwan, esa ligereza era una señal de vacío. Sentada en el despacho que una vez perteneció a Zhuo Tianfeng, rodeada de mapas de seda y archivos de jade, Qingwan no se sentía como una conquistadora. Se sentía como un pájaro atrapado en una jaula de oro que acababa de descubrir que el mundo exterior estaba en llamas.
—La contabilidad de los graneros está terminada, señorita —dijo Xuan Ye, entrando en la habitación. Su voz, antes un susurro de esclavo ahora tenía la firmeza de un hombre que ha reclamado su sombra. Sin embargo, Qingwan notó el sudor fino en su frente y cómo sus dedos se cerraban espasmódicamente sobre la empuñadura de su nueva daga.
Qingwan dejó la pluma de fénix a un lado. —No es la comida lo que me preocupa, Xuan. Es tu núcleo. Mírate. Estás vibrando a una frecuencia que estas tierras no pueden sostener.
Xuan Ye intentó ocultar el temblor de su mano, pero era inútil. El Qi Abisal que ahora fluía libremente en su interior era como un motor de alta gama intentando funcionar con combustible de baja calidad. Las Tierras del Rescoldo tenían un Qi "Terrenal": denso, lento, nutritivo para la vida común, pero insuficiente para los niveles de ascensión que ellos habían alcanzado.
—Es el estancamiento, señorita —admitió Xuan, su mirada dorada encontrándose con la de ella—. Siento como si el aire fuera demasiado espeso para respirar. Si nos quedamos aquí, mi núcleo se colapsará sobre sí mismo en menos de seis meses. Y el suyo... el suyo se convertirá en cristal.
El Mensaje del Cónclave: La Razón de la Partida
El silencio fue roto por un zumbido agudo que venía del patio central. No era un sonido natural. Era una nota pura, metálica, que hacía que la porcelana de la habitación vibrara hasta estallar.
Qingwan y Xuan salieron al balcón. En el centro de la plaza, la Flecha de Plata que había caído del cielo seguía clavada, pero ahora estaba rodeada por una neblina blanca que empezaba a formar figuras geométricas. Del centro de la flecha emergió una voz que no venía de una garganta, sino del aire mismo. Era la voz de Lysander, el Juez de Plata.
"Pueblo de las Tierras del Rescoldo. Habéis cometido el pecado de la insolvencia. Al destruir a un Soberano Regional sin el permiso del Cónclave de los Nueve Cielos, habéis roto la jerarquía de Yunlan. Su Qingwan, hija de la casa caída, y la Abominación de Sombras que camina a su lado: tenéis treinta lunas para presentaros en Aethelgard. Si no lo hacéis, la Confederación de las Tormentas enviará el Rayo Purificador. No quedará piedra sobre piedra. No quedará recuerdo de vuestro linaje."
La flecha se desintegró en una lluvia de chispas plateadas que quemaron el mármol.
Qingwan miró hacia la ciudad. Vio a las familias reconstruyendo sus hogares, a los niños jugando entre las ruinas de la Alianza. Entendió la verdad de un golpe: quedarse era sentenciarlos a todos a muerte. El Cónclave de los Nueve Cielos no buscaba justicia, buscaba orden. Y ellos eran el desorden.
—Debemos irnos —dijo Qingwan, y esta vez, su voz de "Dandy" no tenía rastro de broma—. No es solo por tu núcleo, Xuan. Es por ellos. Somos el pararrayos, y si nos quedamos aquí, el rayo destruirá la casa.
Qingwan desplegó el gran mapa del Continente de Yunlan sobre la mesa de piedra.
—Escucha bien, Xuan, porque esto es lo que nadie nos enseñó en la escuela de la seda —comenzó Qingwan, señalando el centro del mapa—. Yunlan está dividido por la calidad de su espíritu. Nosotros hemos vivido en la periferia, el 'patio de atrás'. Aquí, el Qi es Terrenal. Pero al cruzar la Frontera de la Niebla de Sangre, entraremos en el Dominio de los Vientos de Plata.
Qingwan trazó una línea hacia la región de las islas flotantes. —Allí, el Qi es Celestial Volátil. Es como electricidad pura en el aire. Es la única medicina para tu núcleo abisal, pero para mí será un veneno si no aprendo a filtrarlo. En Aethelgard, no somos soberanos. Para ellos, somos cultivadores de nivel 1 intentando entrar en una arena de nivel 50.
Xuan Ye asintió, entendiendo la escala del desafío. —Iremos a la Confederación. Buscaremos el Valle de los Espejos. Si los registros de su padre son ciertos, allí hay una técnica de cultivo que puede fusionar nuestras energías sin matarnos.
—Exacto —concluyó Qingwan—. No vamos por gloria. Vamos por supervivencia. Vamos porque el mundo de Yunlan es mucho más grande de lo que nuestra soberbia nos permitió ver.
El Viaje: Hacia la Niebla de Sangre
La partida fue discreta. Qingwan no quería despedidas heroicas que atrajeran la atención de los espías que el Cónclave seguramente ya tenía en la ciudad. Dejó una carta de regencia a los sabios y partió antes del alba.
Cabalgaron durante tres días hacia el norte, donde el paisaje empezaba a cambiar. Los árboles verdes y exuberantes de las Tierras del Rescoldo dieron paso a formaciones rocosas afiladas y una vegetación de color cobrizo que parecía vibrar con el viento.
Al cuarto día, llegaron a la Frontera de la Niebla de Sangre. No era una niebla hecha de vapor, sino una cortina de partículas de Qi rojo que actuaba como un filtro natural. Solo aquellos con una voluntad de hierro o una energía superior podían cruzarla sin que sus órganos se licuaran.