Abanico de Plumas de Fénix y la Máscara del Abismo

Capítulo 22: Las Cicatrices de la Tormenta

El cruce de la frontera no fue una transición, fue una fractura.

Su Qingwan sintió que sus pulmones se llenaban de fragmentos de vidrio. El Qi Celestial Volátil de la Confederación de las Tormentas no fluía por los meridianos; los reclamaba. Cada respiración era una batalla contra la presión atmosférica que intentaba colapsar su pecho, una gravedad caprichosa que hacía que su túnica de lino pesara como una armadura de plomo.

A su lado, Xuan Ye era la imagen del caos contenido. Su piel, antes pálida, ahora estaba surcada por venas de un violeta eléctrico. No estaba sufriendo como ella; estaba experimentando una sobredosis de poder. Sus ojos dorados emitían pequeños arcos de luz negra, y su sombra, liberada de la densidad del sur, se retorcía bajo sus pies como un animal hambriento que finalmente ha encontrado un banquete.

—Xuan... respira... conmigo —logró articular Qingwan, apoyándose en su abanico de hierro para no caer.

Xuan Ye se giró hacia ella con una velocidad que la asustó. No caminó; pareció desplazarse entre los fotones de luz. La sujetó de los hombros, y el contacto envió una descarga eléctrica que hizo que los vellos de los brazos de Qingwan se erizaran.

—Señorita, este lugar... —Xuan Ye respiraba con una avidez salvaje—. Este aire no es aire. Es combustible. Siento que podría arrancar una de esas islas flotantes del cielo y estrellarla contra el suelo.

Qingwan lo miró a los ojos, viendo el peligro de la euforia. —Eso es exactamente lo que el Juez de Plata quiere, Xuan. Que te consumas en tu propio poder antes de llegar a sus puertas. Escúchame: si no controlas ese flujo, tu núcleo estallará antes de que termine la luna.

El Descenso a "Los Silbidos"

Decidieron evitar los puentes de plata que conectaban las islas principales. Estaban patrullados por los autómatas de la Secta del Rayo Blanco, y en su estado actual, serían detectados como "parásitos energéticos" de inmediato.

En su lugar, se dirigieron hacia abajo, hacia la base de los pilares de magnetita que sostenían el archipiélago. Allí, donde la luz de Aethelgard no llegaba y los rayos eran erráticos, se encontraba la región conocida como Los Silbidos.

El nombre no era metafórico. Las cuevas en la base de las islas estaban perforadas de tal manera que el viento volátil generaba un silbido perpetuo y ensordecedor que volvía locos a los débiles. Era el hogar de los exiliados, aquellos cuyos núcleos no eran lo suficientemente "puros" para la estética de Lysander.

—Huele a metal quemado y a desesperación —comentó Qingwan, cubriéndose la nariz con un pañuelo de seda técnica.

De pronto, una piedra del tamaño de un puño silbó junto a la cabeza de Xuan Ye. Él la atrapó en el aire antes de que Qingwan pudiera reaccionar, reduciéndola a polvo con un simple apretón.

—Salgan —rugió Xuan, su voz resonando con una autoridad abisal que hizo que el silbido de las cuevas se detuviera por un instante—. O haré que esta cueva sea vuestra tumba antes de que la próxima chispa caiga.

De las sombras de las estalagmitas emergieron figuras harapientas. No vestían seda ni plata líquida. Llevaban parches de cuero crudo y máscaras respiratorias artesanales hechas de restos de chatarra. Sus ojos, sin embargo, brillaban con la misma hambre que Qingwan había visto en los prisioneros de Tianfeng, pero multiplicado por mil.

El Encuentro con Linne, la Chatarrera

Una mujer joven, con el cabello rapado a los lados y cubierto de ceniza, dio un paso adelante. Llevaba una lanza mecánica que vibraba con un Qi azulado y pobre.

—Bárbaros del sur —escupió ella, aunque su mirada se detuvo, fascinada, en la energía violeta que emanaba de Xuan Ye—. Tenéis una energía extraña. Pesada. Sucia... pero poderosa. ¿Cómo habéis cruzado la frontera sin que los Censores os conviertan en ceniza?

Qingwan recuperó su postura de Soberana, incluso en medio del barro y la estática. —Somos el problema que Lysander no pudo resolver con una flecha. Me llamo Su Qingwan, y este es mi... compañero. Buscamos el Valle de los Espejos.

Una carcajada colectiva recorrió la cueva. La mujer de la lanza, Linne, negó con la cabeza. —El Valle de los Espejos es una leyenda para atraer tontos. Aethelgard lo usa como campo de entrenamiento para sus reclutas. Nadie llega allí si no tiene un pase de pureza. Y vosotros... —Linne señaló el brazo de Xuan—... vosotros sois una invitación abierta a la ejecución pública.

Qingwan cerró su abanico con un clac resonante. —He oído eso antes de hombres que ahora son ceniza bajo mis pies. No buscamos vuestra lástima, Linne. Buscamos información. ¿Qué hay en las Forjas de Hierro Trueno que Lysander tanto teme?

Linne entrecerró los ojos. El cambio de actitud de Qingwan, de dandy refinada a guerrera pragmática, la tomó por sorpresa. —El Hierro Trueno es lo único que puede conducir el Qi de esta región sin derretirse. Si pudierais conseguir suficiente para forjar un catalizador, vuestro "monstruo" podría absorber la energía del Rayo Blanco sin volverse loco. Pero la Orden del Trueno Sordo no regala su acero. Se lo gana con sangre.

La Lección de la Tormenta

Esa noche, refugiados en una de las cámaras profundas de Los Silbidos, Qingwan intentó meditar. El dolor en sus meridianos era constante, una quemadura interna que le recordaba su fragilidad en esta nueva tierra.



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En el texto hay: fantasia, poder, romance

Editado: 09.06.2026

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