Abanico de Plumas de Fénix y la Máscara del Abismo

Capítulo 24: El Martillo y el Abismo

Cuando llegaron al Almacén de Deshechos el aire se volvió sólido. El Maestro Forjador, un coloso llamado Vulkhor, levantó su mazo de guerra, y el Qi azul que emanaba de él era tan denso que las herramientas cercanas empezaron a levitar.

—¡Fuera de mi vista, escoria del sur! —rugió Vulkhor, descargando el mazo.

El impacto no buscaba herir; buscaba pulverizar. Pero el golpe nunca llegó al suelo.

Xuan Ye se movió. Ya no era la sombra errática del capítulo anterior. Con el Hierro Trueno orbitando en sus venas, su velocidad se había vuelto absoluta. Atrapó el mazo de acero ardiente con una sola mano. El metal chirrió, la estática blanca chocó contra la neblina negra, y por un segundo, el tiempo pareció detenerse.

Vulkhor abrió los ojos de par en par. Nadie, ni siquiera los Censores de Plata, detenía un golpe de la Orden del Trueno Sordo con la mano desnuda.

—Has hecho demasiado ruido —dijo Xuan Ye. Su voz ya no tenía rastro de la cautela de un sirviente. Era profunda, vibrante, cargada de una amenaza ancestral—. Ella está cansada. Y tú la estás molestando.

Con un movimiento seco, Xuan Ye no solo desvió el mazo, sino que lo arrebató de las manos del gigante. En el mismo segundo, su otra mano se cerró alrededor del cuello de Vulkhor. El gigante, que pesaba tres veces más que él, fue levantado del suelo como si fuera una pluma.

Qingwan, que ya tenía su abanico abierto para intervenir, se quedó estática. Había algo diferente en la espalda de Xuan. Sus hombros estaban más anchos, su postura emanaba una autoridad que ella nunca le había enseñado.

—Xuan... —susurró ella, en parte por advertencia, en parte por asombro.

Xuan Ye giró la cabeza ligeramente. Sus ojos ya no eran solo dorados; tenían motas violetas que giraban como galaxias en colisión. Al ver a Qingwan, la ferocidad en su rostro se suavizó instantáneamente, transformándose en una ternura casi dolorosa, pero su mano no soltó al gigante.

—Descuide, señorita. Solo voy a sacarle la basura —dijo él, y con un empuje de Qi Abisal, lanzó a Vulkhor contra las puertas reforzadas del almacén, sellándolas con un estruendo metálico que dejó al maestro forjador inconsciente entre los escombros.

El Respiro tras la Tormenta

Xuan Ye se giró hacia ella. El hierro trueno que antes orbitaba a su alrededor se había fundido en su piel, dejando patrones de color plata oscura en sus antebrazos. Caminó hacia ella, y cada paso que daba parecía reclamar el territorio. Ya no caminaba medio paso detrás. Se detuvo justo frente a ella, invadiendo su espacio personal con una confianza que hizo que el corazón de Qingwan diera un vuelco.

—Debemos movernos, la distracción de Linne no durará mucho —dijo ella, intentando recuperar su tono de mando, pero su voz sonó más trémula de lo que pretendía.

Xuan Ye no respondió. Simplemente la tomó de la cintura y la levantó, cargándola con una facilidad insultante mientras se adentraba en los túneles de ventilación.

—¡Xuan! Puedo caminar sola —protestó ella, aunque sus manos, por instinto, se aferraron a sus hombros anchos.

—El suelo está cubierto de escoria de hierro hirviendo, señorita —respondió él, suave pero firme—. No voy a dejar que sus pies toquen el barro de esta forja otra vez. No ahora que finalmente puedo evitarlo.

Qingwan se quedó callada. Había una suavidad en su voz que era solo para ella, una capa de seda sobre una espada de acero. Por primera vez, sintió que la dinámica había cambiado: ella ya no estaba "manejando" a una fiera; estaba siendo protegida por un hombre.

La Declaración en el Silencio

Se refugiaron en una cámara olvidada, debajo de las raíces de la montaña flotante. El lugar estaba lleno de cristales luminiscentes que bañaban la escena de un azul pálido. Xuan Ye la bajó con una delicadeza extrema, asegurándose de que la piedra donde se sentaba estuviera limpia.

Él se arrodilló frente a ella. No como un esclavo ante su reina, sino como un hombre ante su único mundo.

—Estás herida —dijo él, señalando un pequeño corte en la mejilla de Qingwan, causado por una astilla de cristal durante la pelea—. ¿Por qué no me dejaste terminar con ellos antes?

—No somos asesinos, Xuan. Somos... —intentó decir ella, pero él la interrumpió poniendo un dedo sobre sus labios.

El contacto fue como una descarga eléctrica. Qingwan sintió el calor de su piel, la vibración del Hierro Trueno bajo su tacto. Xuan Ye retiró la mano lentamente, pero no se alejó. Su mirada era intensa, despojada de todas las máscaras.

—Se acabó, Qingwan —dijo él, usando su nombre directamente, sin el título de "señorita" por primera vez—. Ya no hay Alianza. No hay Eslabón. Y ya no hay ninguna máscara que yo deba usar frente a ti.

Qingwan sintió que el aire le faltaba. —Xuan, el Cónclave...

—Al diablo con el Cónclave —su voz fue un gruñido suave pero absoluto—. He pasado toda mi vida siendo una herramienta. Un arma en las manos de hombres mediocres. Pensé que mi libertad sería irme, caminar solo hasta que el abismo me tragara. Pero me equivoqué.

Él tomó las manos de ella. Sus dedos, antes callosos y fríos, ahora eran suaves y cálidos contra la piel de ella. Se inclinó más, hasta que Qingwan pudo oler la lluvia y el ozono en su ropa.



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En el texto hay: fantasia, poder, romance

Editado: 09.06.2026

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