El aire no solo vibraba; pesaba como si el cielo mismo se hubiera convertido en una losa de plomo. Las tres naves de plata de Aethelgard no eran simples transportes; eran catalizadores que absorbían la estática del Dominio y la proyectaban hacia abajo en forma de un campo de supresión.
—Nivel de Qi... inestable —logró decir Qingwan, cayendo de rodillas. El abanico se le resbaló de los dedos. Sentía que sus meridianos se contraían, asfixiados por la frecuencia pura del Rayo Blanco.
Xuan Ye rugió, pero no fue un grito de guerra; fue un grito de agonía. Su nuevo núcleo de Hierro Trueno, aún no sincronizado con su alma, reaccionó violentamente al campo de supresión. Arcos de electricidad violeta empezaron a saltar de su piel, quemando su propia carne.
—¡Xuan! —Qingwan intentó gatear hacia él, pero una ráfaga de luz sólida impactó a centímetros de su mano, cristalizando el suelo.
Del centro de la nave principal descendió una figura envuelta en una armadura de placas de mercurio sólido. No caminaba sobre el aire; el aire se solidificaba bajo sus pies. Era el Comandante Valerius, un guerrero cuyo nivel de cultivo triplicaba al de Xuan Ye.
—¿Esto es lo que causó tanto revuelo en el sur? —Valerius habló, y su voz provocó que a Qingwan le sangraran los oídos—. Un esclavo roto y una aristócrata de seda. El Cónclave ha sido demasiado paciente.
Valerius levantó su espada, una hoja de luz blanca que parecía una cicatriz en el espacio. Con un movimiento displicente, lanzó un tajo. Xuan Ye apenas tuvo tiempo de levantar su daga de obsidiana. El choque fue sónico. La onda expansiva lanzó a Qingwan contra una roca, dejándola sin aliento, mientras Xuan Ye era hundido en el suelo de piedra, sus rodillas crujiendo bajo la presión divina de Valerius.
El Sacrificio del Fénix
Xuan Ye estaba siendo aplastado. Su sangre, oscura y brillante, goteaba sobre la piedra blanca. Valerius ni siquiera estaba usando su máxima fuerza; simplemente lo mantenía allí, disfrutando de la humillación.
—Mírame... —gruñó Xuan Ye, sus ojos inyectados en sangre—. ¡Mírame a mí, maldito!
Xuan intentó liberar el Abismo, pero el campo de las naves lo neutralizaba. Estaban perdiendo. En menos de un minuto, Valerius cortaría la cabeza de Xuan y llevaría a Qingwan como un trofeo.
Qingwan, con la vista nublada, miró hacia las Cascadas de Mercurio. Estaban demasiado lejos para una maniobra normal. Necesitaba un catalizador. Necesitaba... quemarse.
—Xuan... la Resonancia —susurró ella por el vínculo.
Xuan Ye la miró por un segundo, captando el plan suicida. —¡No! ¡Qingwan, te matará!
—Si no lo hago, ya estamos muertos.
Qingwan cerró los ojos y, por primera vez, no usó su Qi para protegerse. Lo usó para incendiarse. Su Fuego Carmesí, alimentado por la desesperación, se volvió de un color blanco incandescente. Sacrificó una parte de su base de cultivo, quemando sus propios meridianos para generar una llamarada que rompió el campo de supresión por un instante.
—¡AHORA! —gritó ella, escupiendo sangre.
La Trampa de Mercurio
Libre por un segundo, Xuan Ye no atacó a Valerius. Usó toda la energía que Qingwan le había "prestado" a través del vínculo para lanzarse, no contra el comandante, sino contra el pilar de roca que sostenía la cascada de mercurio líquido.
Fue un golpe de un solo uso. Xuan Ye sintió cómo su núcleo de Hierro Trueno se agrietaba bajo el esfuerzo. El pilar colapsó, y toneladas de mercurio líquido cayeron como un tsunami plateado sobre el campo de batalla.
Valerius, confiado en su armadura de mercurio sólido, se rió. —¿Metal contra metal? Patético.
Pero Qingwan, apoyada contra la roca y con la marca del fénix brillando con un violeta agonizante, lanzó su abanico cargado con el resto de su esencia al torrente.
—No es metal, Valerius —susurró ella con una sonrisa sangrienta—. Es un pararrayos.
El mercurio líquido tocó el abanico de Qingwan y, al mismo tiempo, Xuan Ye introdujo sus manos cargadas de Qi Abisal en el torrente. La reacción fue violenta. El mercurio líquido no solo condujo la electricidad de las naves superiores; la invirtió.
Un cortocircuito masivo recorrió el torrente de mercurio, subiendo por el campo de supresión como un látigo de voltios infinitos. Las tres naves de plata estallaron simultáneamente, convirtiéndose en bolas de fuego de magnesio. Valerius, cuya armadura era el mejor conductor de la zona, recibió una descarga que fundió sus placas de mercurio directamente a su piel.
El grito de Valerius fue lo último que escucharon antes de que una explosión de luz los dejara ciegos.
El Regusto de la Derrota en la Victoria
Cuando el humo se disipó, el panorama era desolador. Las naves eran chatarra. Valerius había desaparecido, probablemente teletransportado de emergencia por su propia secta, dejando tras de sí solo pedazos de su armadura fundida.
Xuan Ye estaba tendido en el suelo, inmóvil. Su piel estaba cubierta de quemaduras de segundo grado y su respiración era un silvido roto. Qingwan no estaba mejor; su túnica de seda estaba hecha jirones y su rostro estaba pálido como el de un cadáver. Había ganado, pero a un costo devastador.