El silencio que siguió a la caída de las naves de plata era más pesado que el rugido de la batalla. El aire olía a ozono quemado y a la sangre metálica de Xuan Ye, que se mezclaba con el mercurio que aún goteaba de las rocas.
Qingwan intentó ponerse de pie, pero sus piernas cedieron. Había quemado su propia base de cultivo para romper el campo de supresión, y ahora sentía sus meridianos como hilos de vidrio a punto de estallar. Antes de tocar el suelo frío, unos brazos poderosos la rodearon.
Xuan Ye la estrechó contra su pecho, a pesar de que él mismo cojeaba y su piel estaba surcada por quemaduras violetas.
—No te muevas —le ordenó él. Su voz era un susurro ronco, cargado de una angustia que no había sentido ni frente a la muerte—. Te has vaciado por mí. No vuelvas a hacer eso, Qingwan. No me pidas que viva en un mundo donde tú te apagas para que yo brille.
Él la cargó, caminando con paso errático hacia la entrada del desfiladero que conducía al Valle. No miró atrás hacia los restos de Aethelgard; su mundo entero estaba entre sus brazos.
El Remanso antes del Umbral
Se refugiaron bajo un arco de piedra natural donde la luz del sol se refractaba de forma extraña, creando arcoíris líquidos en el suelo. Xuan Ye bajó a Qingwan sobre un lecho de musgo fosforescente, con una delicadeza que rozaba la devoción.
Con dedos temblorosos pero suaves, él empezó a desatar los restos de la túnica de seda de ella. —Xuan... puedo hacerlo yo —murmuró ella, su rostro pálido pero encendido por la vergüenza.
—Cállate —respondió él, no con dureza, sino con una ternura que la desarmó—. Déjame hacer esto. Déjame ser algo más que el arma que empuñas.
Él usó lo que quedaba de su Qi de Hierro Trueno, filtrándolo a través de sus palmas para generar un calor sanador. Empezó por los tobillos de Qingwan, subiendo por sus piernas y manos, cerrando las pequeñas fisuras en sus canales espirituales. Cada vez que ella soltaba un gemido de dolor, él se tensaba, pidiendo perdón en silencio con la mirada.
—Eres tan frágil y a la vez tan aterradora —dijo él, deteniéndose para mirarla a los ojos. Su mano acarició la mejilla de ella, limpiando una mancha de hollín—. Valerius es un comandante del Cónclave, un ser que ha vivido mil años, y tú lo derrotaste con un abanico y un poco de astucia. Me das miedo, Qingwan. Porque sé que morirías por mí sin pestañear.
Qingwan cubrió la mano de él con la suya. —No moriré, Xuan. Tenemos que ver el final de esta historia. Pero para eso... necesito que tú seas mi fuerza ahora. Mi Qi de fuego está... dormido.
Xuan Ye se inclinó y besó su frente, un gesto de promesa absoluta. —Entonces yo seré tu Qi. Yo seré tu sombra y tu escudo. Descansa. El Valle nos está observando.
El Espejo del Alma
Al despertar, el paisaje había cambiado. Ya no había rocas ni mercurio. Estaban frente a una cortina de niebla plateada que no se movía con el viento. Era la entrada a la Secta de los Espejos Celestiales.
De la niebla emergió una figura que no tenía rostro; su cabeza era un espejo pulido que reflejaba la imagen de Qingwan y Xuan Ye, pero no como eran ahora, sino como eran al principio: ella como una noble altiva y fría, y él como un esclavo encadenado y humillado.
—Para entrar al Valle, el precio no es oro ni sangre —dijo una voz que resonó dentro de sus mentes—. El precio es la Verdad Fragmentada. Debéis mirar el espejo y aceptar lo que fuisteis, o seréis consumidos por lo que pretendéis ser.
Qingwan dio un paso adelante, pero Xuan Ye la detuvo, colocándose frente a ella. —Si hay que enfrentar sombras, yo iré primero —dijo él, su temperamento volviéndose gélido ante la amenaza—. He vivido en la oscuridad toda mi vida. No me asusta un reflejo.
—No entiendes, Guerrero del Abismo —dijo el Guardián del Espejo—. No enfrentas tu sombra. Enfrentas la de ella. Y ella enfrentará la tuya. Para lograr la Simbiosis, debéis cargar con el dolor del otro como si fuera propio.
La Prueba de la Empatía Dolorosa
La niebla los envolvió. Qingwan se encontró de repente en un recuerdo que no era suyo. Sintió el frío de las cadenas en sus muñecas, el sabor a hierro en la boca y el látigo de Zhuo Tianfeng cruzando su espalda. Sintió la soledad absoluta de Xuan Ye, el hambre de afecto y el odio acumulado durante años. Lloró lágrimas que no eran suyas, experimentando la agonía de haber sido tratado como un objeto.
Al mismo tiempo, Xuan Ye sintió el peso de la corona de Qingwan. Sintió la presión de un linaje que se desmoronaba, el miedo de una niña que tiene que fingir ser una soberana de seda mientras su corazón se rompe. Sintió el sacrificio de su identidad para convertirse en la "Dandy" que el mundo necesitaba ver.
Cuando la niebla se disipó, ambos estaban de rodillas, temblando, conectados por un hilo de luz violeta y carmesí que nacía de sus pechos.
Xuan Ye miró a Qingwan, y por primera vez, no hubo lujuria ni protección protectora en su mirada, sino una comprensión devastadora. Se arrastró hacia ella y la abrazó con una fuerza que buscaba sanar a la niña que ella fue.
—Lo siento... —sollozó él en su cuello—. Siento no haber estado allí para sostener esa corona contigo.