El aire en el Valle de los Espejos se volvió denso, saturado con una energía que no debería existir. Silas, el verdugo de Aethelgard, sintió por primera vez en siglos una punzada de duda. Su lanza de cristal, forjada con el rayo más puro de los picos celestiales, vibraba con una frecuencia de rechazo. El mundo que él conocía era blanco o negro, pureza o ceniza. Pero lo que tenía delante era un Púrpura Estelar que devoraba la luz y el sonido.
—Habéis corrompido el tejido de Yunlan —rugió Silas, su voz amplificada por su nivel de cultivo. Se lanzó hacia adelante, convirtiéndose en un rayo de luz blanca que dividió el lago de azogue en dos—. ¡Vuestra existencia es un error que borraré ahora mismo!
Qingwan no se movió. No necesitaba hacerlo.
En el momento en que la punta de la lanza de Silas iba a atravesar su garganta, Xuan Ye apareció. No caminó, ni saltó; simplemente estuvo allí. La simbiosis permitía que sus posiciones en el espacio fueran intercambiables. Xuan Ye atrapó la hoja de cristal con la mano desnuda. El Hierro Trueno en sus palmas, ahora infundido con el Fuego Carmesí de Qingwan, fundió el cristal divino como si fuera cera barata.
—Has hablado demasiado de pureza, Silas —dijo Xuan Ye. Su voz ya no era humana; era un eco doble donde se escuchaba la cadencia elegante de Qingwan debajo de su propio rugido abisal—. Pero la pureza es solo la ausencia de vida. Y nosotros... nosotros nunca hemos estado más vivos.
La Danza de la Singularidad
La batalla que siguió fue una coreografía que desafiaba los sentidos. Silas lanzaba ráfagas de luz que podían nivelar montañas, pero Qingwan y Xuan Ye se movían como sombras entrelazadas.
Cuando Silas atacaba a Qingwan, ella se disolvía en una neblina de pétalos púrpuras, reapareciendo detrás de él mientras Xuan Ye lanzaba un golpe de vacío que desgarraba la armadura blanca del verdugo. No había fisuras en su defensa. Gracias a la simbiosis, Qingwan veía el mundo a través de los ojos de Xuan Ye, calculando las trayectorias de los rayos antes de que Silas siquiera moviera un dedo.
—Xuan, el flanco derecho —ordenó Qingwan mentalmente. No necesitaban hablar; sus pensamientos eran un solo río de estrategia.
Xuan Ye sonrió, una sonrisa peligrosa y hermosa. Sujetó a Qingwan por la cintura y la lanzó hacia arriba. Mientras ella volaba, abrió su abanico de hierro. Las varillas, ahora cargadas con el poder del vacío, se convirtieron en cuchillas de energía púrpura que llovieron sobre Silas.
—¡Malditos seáis! —Silas intentó crear un escudo de luz total, pero fue inútil.
Xuan Ye apareció bajo él, golpeando el lago de azogue con su puño. Una columna de energía abisal brotó del suelo, atrapando a Silas en un cilindro de oscuridad. En ese instante, Qingwan descendió desde el cielo, cerrando su abanico sobre la frente del verdugo.
—Esto es por las Tierras del Rescoldo —susurró ella.
La explosión de Púrpura Estelar fue tan potente que el Valle de los Espejos entero vibró. Silas fue lanzado contra los pilares de cristal de la secta, su armadura blanca hecha pedazos y su lanza divina convertida en arena.
El Sabor de la Supremacía
Silas intentó levantarse, escupiendo sangre que brillaba con una luz plateada moribunda. Sus ojos estaban llenos de un terror sagrado. —Esto... esto no es cultivo... es una abominación... el Juez... él os...
—El Juez tendrá que comprarse un trono nuevo —interrumpió Qingwan, caminando hacia él con la gracia de una emperatriz.
Xuan Ye llegó a su lado y, con ese instinto protector que ahora era parte de su esencia, le quitó una pequeña mota de polvo de la túnica antes de mirar al enemigo caído. Su temperamento era frío como el vacío, pero sus ojos brillaban con la satisfacción de quien ha reclamado su lugar en la cadena alimenticia.
—No vamos a matarte, Silas —dijo Xuan Ye, pisando el pecho del verdugo—. Queremos que vuelvas a Aethelgard. Queremos que le digas a Lysander que el tiempo del Rayo Blanco ha terminado.
Qingwan se inclinó sobre Silas, su abanico cerrado rozándole la barbilla. —Dile que la Soberana de la Seda y el Rey del Abismo vienen a cobrar la deuda de su exilio. Y dile... que esta vez, no aceptaremos disculpas.
Con un movimiento de su mano, Xuan Ye invocó un portal de sombras que succionó a Silas, enviándolo directamente a las puertas de la capital celestial como un mensaje ensangrentado.
Intimidad entre Ruinas
El silencio volvió al valle, pero era un silencio triunfal. Qingwan sintió el agotamiento del ritual, pero antes de que su cuerpo pudiera quejarse, Xuan Ye ya estaba allí. La tomó en sus brazos, sentándola sobre una piedra de cristal lisa.
Se arrodilló entre sus piernas, tomando sus manos con una suavidad que contrastaba violentamente con la brutalidad que acababa de mostrar.
—¿Estás bien? —preguntó él, su voz volviendo a ser dulce, solo para ella—. Siento tu pulso... está un poco acelerado.
Qingwan soltó una pequeña risa, pasando sus dedos por el cabello oscuro de él. —Es la adrenalina, Xuan. Y el hecho de que acabamos de humillar al mejor guerrero del Cónclave. ¿Te das cuenta de lo que hemos hecho?