El amanecer en el Dominio de los Vientos de Plata no trajo el sol, sino una claridad gélida y eléctrica que hacía que las islas flotantes parecieran joyas suspendidas en un mar de mercurio. Su Qingwan se ajustó los brazales de seda técnica, sintiendo la energía del $Púrpura$ $Estelar$ corriendo por sus venas con la fluidez de un río crecido. Ya no había dolor en sus meridianos, solo una plenitud que la hacía sentir capaz de desgarrar el cielo con un movimiento de su abanico.
A su lado, Xuan Ye terminaba de asegurar su nueva armadura. El Hierro Trueno, ahora refinado por la esencia de Qingwan, tenía un brillo iridiscente. Se acercó a ella y, con una suavidad que solo reservaba para sus momentos privados, le sujetó el cabello en una coleta alta, asegurándola con un pasador de obsidiana.
—Te ves radiante, mi soberana —susurró él, dejando un beso fugaz en la nuca de ella—. Pero tu Qi está vibrando demasiado alto. Si no lo controlas, los radares de las Puertas de Marfil nos detectarán a leguas.
Qingwan se giró, rodeando el cuello de él con sus brazos.
—Que nos detecten, Xuan. Ya no estamos aquí para escondernos en las sombras de los parias. Lysander quería un "Proceso Duro", ¿verdad? Pues vamos a darle la conclusión que nunca esperó.
Xuan Ye sonrió, una expresión que combinaba la devoción de un amante con la sed de sangre de un verdugo. La tomó de la cintura y, en un parpadeo, ambos se disolvieron en una neblina púrpura, desplazándose a través del tejido del espacio hacia el corazón del imperio.
El Camino de los Silenciados
A medida que se acercaban a la capital, el paisaje cambiaba. Las aldeas periféricas, una vez prósperas bajo el comercio de cristales, ahora eran páramos de silencio. La "Purificación" de Lysander había pasado por aquí: los templos estaban sellados con sellos de plata y los habitantes caminaban con la mirada baja, sus núcleos espirituales suprimidos por collares de control.
Se detuvieron en un pequeño puesto de avanzada llamado El Reposo del Rayo. Allí, un grupo de Censores de menor rango estaba humillando a un anciano que intentaba ocultar un pequeño fragmento de Hierro Trueno impuro.
—Este metal es una infección —decía el Censor, alzando su lanza de luz—. Solo la Plata Pura es digna de existir en Aethelgard. Por este pecado, tu linaje será borrado.
Antes de que la lanza descendiera, el aire se volvió pesado. Un frío abisal recorrió la plaza, seguido de un calor sofocante de fuego fénix.
Xuan Ye apareció frente al anciano. No usó su daga. Simplemente extendió la mano y sujetó la punta de la lanza de luz. Para asombro de los presentes, el arma de energía se fragmentó como si fuera cristal barato ante el simple contacto con su piel.
—¿Quién... quién eres tú? —tartamudeó el Censor, retrocediendo ante el aura púrpura que emanaba de Xuan.
—Soy el recordatorio de que vuestro Juez no es un dios —respondió Xuan Ye. Su voz no fue un grito, sino un eco profundo que hizo que los collares de control de los aldeanos estallaran simultáneamente—. Y soy el hombre que os va a dar una elección: huid ahora, o convertíos en la base de este nuevo mundo que estamos forjando.
Qingwan descendió desde los tejados, su abanico abierto emitiendo chispas estelares.
—Xuan, no pierdas el tiempo con los peones. Tenemos una cita en las Puertas de Marfil.
Los Censores, aterrorizados por una presencia que superaba todo lo que conocían, huyeron hacia la capital. El anciano se arrodilló ante ellos, pero Qingwan lo levantó suavemente con un gesto de su abanico.
—No te arrodilles, padre —dijo ella con esa elegancia dandy que ahora tenía un peso real de mando—. Guarda tus fuerzas. Cuando las puertas caigan, necesitaremos manos para reconstruir, no para rezar.
El Arribo a las Puertas de Marfil
Las Puertas de Marfil eran el orgullo de Aethelgard. Dos monolitos de cien metros de altura tallados en un solo bloque de mineral sagrado, protegidos por un sistema de defensa que combinaba alquimia antigua y tecnología de rayos. Estaban custodiadas por los Centinelas del Sol, guerreros de élite que nunca habían visto una derrota.
Al ver a las dos figuras acercarse por el camino principal, las alarmas de la ciudad emitieron una nota pura y aterradora.
—¡Deténganse! —rugió el Capitán de la Guardia desde lo alto de la muralla—. ¡Identifíquense o sed reducidos a ceniza por el Rayo Primordial!
Qingwan y Xuan Ye se detuvieron a cincuenta metros de la entrada. El viento agitaba sus nuevas túnicas, revelando por momentos las marcas compartidas en sus brazos que pulsaban con un ritmo sincronizado.
—Soy Su Qingwan, heredera legítima de las Tierras del Rescoldo y Portadora del Fénix Estelar —su voz se amplificó, resonando por toda la ciudad tras las murallas—. He venido a devolverle al Juez de Plata su invitación.
El Capitán de la Guardia soltó una carcajada.
—¿La niña de la seda? ¿Y el monstruo que arrastra consigo? ¡Arqueros, fuego de supresión!
Mil flechas de luz blanca llovieron desde las almenas. Eran proyectiles diseñados para buscar los núcleos de los enemigos y anularlos.