Abanico de Plumas de Fénix y la Máscara del Abismo

Capítulo 33: Cenizas de Plata

El grito de Qingwan no fue un sonido humano; fue una nota de resonancia que quebró los cristales de los rascacielos de marfil en tres kilómetros a la redonda. El Púrpura Estelar que la rodeaba ya no era una danza armoniosa, sino un incendio de odio. Sus ojos, antes ámbar, ahora eran dos pozos de luz violeta absoluta que amenazaban con consumir su propia esencia vital.

—¡Devuélvemelo! —rugió ella, lanzándose contra Lysander.

Lysander, con la máscara partida a la mitad revelando un rostro de una palidez cadavérica, retrocedió. Sabía que había perdido el control de la situación. Con un gesto desesperado, presionó el relicario contra su pecho, conectándolo a la red troncal de Aethelgard.

—Si el núcleo de tu madre sale de su anclaje —siseó Lysander, la sangre plateada goteando de su mejilla—, la ciudad entera colapsará en una explosión de antimateria. ¡Morirás con el recuerdo de tu fracaso, Su Qingwan!

El Escudo del Rey del Abismo

El suelo empezó a vibrar con una frecuencia mortal. Aethelgard estaba entrando en una sobrecarga de Rayo Blanco. Los ciudadanos huían despavoridos mientras los edificios comenzaban a desintegrarse en partículas de luz.

—¡Qingwan, detente! —gritó Xuan Ye.

Él vio lo que ella, cegada por la furia, no podía ver: el Qi de Qingwan se estaba fragmentando. Ella estaba intentando arrancar el relicario por la fuerza, ignorando que la retroalimentación eléctrica la desintegraría en segundos.

Sin dudarlo, Xuan Ye se lanzó al centro de la tormenta. Ignoró el dolor de los rayos blancos que azotaban su espalda y envolvió a Qingwan desde atrás, inmovilizándola con un abrazo de hierro.

—¡Suéltame, Xuan! ¡Tengo que matarlo! —chilló ella, forcejeando.

—¡No voy a dejar que te conviertas en cenizas por un muerto! —le respondió él, pegando su frente a la nuca de ella—. Escúchame, soberana. Yo seré el pararrayos. Recupera el relicario. Yo me tragaré la explosión.

El Sacrificio del Vacío

Xuan Ye cerró los ojos y activó el nivel más prohibido de su núcleo de Hierro Trueno: la Singularidad del Abismo.

En lugar de repeler la energía de la ciudad, Xuan Ye abrió sus poros espirituales y empezó a absorberla. El Rayo Blanco de Aethelgard, suficiente para alimentar a un continente, empezó a fluir hacia el cuerpo de Xuan Ye. Sus venas se pusieron blancas, brillando a través de su piel, y sus músculos se tensaron hasta el punto de la rotura. El dolor era inenarrable, pero él no soltó a Qingwan ni un milímetro.

—¡Ahora, Qingwan! ¡Corta el vínculo! —rugió Xuan, su voz resonando con el peso de mil truenos.

Qingwan, sintiendo el sacrificio de Xuan a través de la simbiosis, recuperó la cordura en un instante. Su rabia se transformó en una precisión quirúrgica. Usó su abanico de hierro como un escalpelo de fuego, cortando los hilos de luz que unían el relicario al pecho de Lysander.

Con un movimiento fluido, Qingwan arrancó el Corazón de la Luna Eterna.

El Fin de una Era

En el momento en que el relicario se separó, Lysander soltó un último suspiro de incredulidad antes de ser desintegrado por la misma energía que había intentado controlar.

Pero el colapso era inevitable. Una onda expansiva de luz pura barrió la plaza. Xuan Ye, actuando como un agujero negro viviente, atrajo toda la fuerza de la explosión hacia su propio centro, protegiendo a Qingwan con su cuerpo.

El estallido fue mudo. Un destello blanco cegador, y luego... la nada.

El Despertar entre los Escombros

Cuando Qingwan abrió los ojos, lo primero que vio fue un cielo gris. Aethelgard ya no existía; solo quedaban pilares de mármol rotos y una lluvia persistente de ceniza plateada.

Estaba a salvo. El escudo de sombras de Xuan Ye la había mantenido intacta. Pero cuando miró a su lado, el corazón se le detuvo.

Xuan Ye estaba tendido sobre la ceniza. Su armadura estaba fundida a su piel, y su brazo derecho, el que había usado para absorber el impacto principal, estaba cubierto de grietas cristalinas que emitían chispas de luz blanca moribunda. No respiraba.

—¿Xuan? —Qingwan se arrastró hacia él, olvidando el relicario que aún sostenía con fuerza—. ¡Xuan Ye! ¡No te atrevas a dejarme ahora!

Ella puso sus manos sobre el pecho de él, intentando enviarle su Fuego Carmesí, pero sus canales estaban vacíos. Desesperada, presionó el Corazón de la Luna Eterna contra la frente de Xuan.

—Madre... si alguna vez me quisiste... sálvalo a él —suplicó Qingwan, las lágrimas limpiando surcos en su rostro cubierto de ceniza.

El relicario brilló con una luz suave y verde. Una gota de esencia pura de fénix se filtró en el núcleo roto de Xuan Ye. El Hierro Trueno de él reaccionó, absorbiendo la medicina divina.

Tras un minuto que pareció una eternidad, Xuan Ye soltó un espasmo de tos, expulsando una nube de estática plateada. Sus ojos dorados se abrieron lentamente, enfocándose en el rostro aterrorizado de Qingwan.

—Te dije... —susurró él, con una voz rota y débil, pero intentando sonreír— ... que el camino hacia arriba... no sería amable. ¿Lo tenemos?



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En el texto hay: fantasia, poder, romance

Editado: 29.06.2026

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