El silencio sobre las ruinas de Aethelgard era absoluto, roto solo por el crujido del mármol enfriándose bajo la lluvia de ceniza. Su Qingwan permanecía sentada en el suelo, con la cabeza de Xuan Ye descansando en su regazo. Sus dedos acariciaban el cabello de él con una mezcla de alivio y reverencia. El cuerpo de Xuan todavía emitía pequeñas chispas blancas, un recordatorio del Rayo Primordial que ahora vivía latente en su sangre abisal.
—Estamos vivos... —susurró ella, mirando el Corazón de la Luna Eterna que brillaba débilmente en su mano—. Pero el mundo que conocíamos ha muerto con esta ciudad.
Xuan Ye abrió los ojos. Su mirada dorada ahora tenía vetas plateadas, el sello permanente de su sacrificio. Se incorporó con lentitud, sintiendo una fuerza nueva y salvaje recorriendo sus huesos. El dolor había desaparecido, reemplazado por una densidad de Qi que lo hacía sentir como si pudiera sostener el cielo con una sola mano.
—No te preocupes por el mundo, Qingwan —dijo él, su voz vibrando con una autoridad que hizo que las piedras a su alrededor temblaran—. El mundo siempre teme lo que no puede encadenar. Ahora, nuestra prioridad es tu legado.
El Llamado de la Sangre
Qingwan miró el relicario de jade. Al contacto con su Qi, el objeto empezó a latir con un calor familiar. No era solo una herramienta de poder; era un pedazo del alma de su madre, un fragmento del linaje del Fénix que había sido robado y profanado.
—Siento que me llama, Xuan —dijo ella, sus ojos encendiéndose con un fuego carmesí puro—. Pero no aquí. Este lugar está lleno de la estática de Lysander. Necesito volver a las Tierras del Rescoldo. Necesito el altar de mis ancestros para despertar lo que hay dentro.
Xuan Ye se puso de pie y le extendió la mano para levantarla. Su gesto fue, como siempre, el de un protector devoto, pero había una nueva madurez en su trato. Ya no era el esclavo que buscaba libertad; era el Rey que protegía a su Reina.
—Entonces partiremos hoy mismo —declaró él—. Las otras sectas del Cónclave enviarán rastreadores en cuanto se den cuenta de que el aura de Lysander se ha apagado. No les daremos el gusto de encontrarnos entre escombros.
La Huida hacia el Sur
Emprendieron el viaje hacia el sur, evitando los caminos principales. Sin embargo, no pudieron evitar ver las consecuencias de sus actos. En cada aldea que cruzaban, el nombre de la "Soberana de la Seda" y el "Verdugo del Abismo" se pronunciaba en susurros aterrorizados. Eran vistos como dioses de la destrucción, los seres que habían borrado la ciudad más protegida del imperio en una sola tarde.
Al caer la noche, acamparon en la frontera de las Tierras del Rescoldo, donde el aire empezaba a oler a azufre y especias. Xuan Ye se encargó de todo: montó el refugio, preparó una infusión con hierbas espirituales para fortalecer los meridianos de Qingwan y se mantuvo en guardia, su presencia abisal actuando como un manto que ocultaba su rastro de cualquier radar.
—Descansa —le dijo él, envolviéndola en su capa—. Mañana entraremos en tu territorio. Necesitas estar entera para lo que viene.
El Despertar en el Altar de Ceniza
Al amanecer, llegaron a las ruinas del antiguo Palacio Carmesí. Donde antes hubo grandeza, ahora solo quedaban cimientos ennegrecidos. En el centro, el altar de los Su permanecía intacto, protegido por una barrera de fuego latente que solo respondía a la sangre real.
Qingwan se colocó en el centro del altar y colocó el Corazón de la Luna Eterna sobre la piedra volcánica. Xuan Ye se situó a pocos metros, su energía abisal lista para contener cualquier desbordamiento que pudiera dañar a Qingwan.
—Fénix de Nueve Vidas, escucha mi voz —entonó Qingwan, dejando caer una gota de su sangre sobre el jade.
El relicario estalló. Una columna de fuego blanco y carmesí se elevó hacia el cielo, tomando la forma de un ave majestuosa que cubrió el horizonte. El espíritu del Fénix Antiguo, atrapado durante décadas, finalmente fue liberado.
Pero el espíritu no era una entidad dócil. Al verse libre, lanzó un graznido sónico que empezó a incinerar todo a su alrededor. El Qi de Qingwan no era suficiente para contener la voluntad de una bestia divina de grado ancestral.
—¡Es demasiado fuerte! —gritó ella, sus pies hundiéndose en la piedra fundida.
La Unión Definitiva
Xuan Ye no lo dudó. Corrió hacia el centro del incendio y abrazó a Qingwan, fundiendo su Qi de Hierro Trueno con el fuego de ella a través de su vínculo de simbiosis.
—¡No intentes dominarlo, Qingwan! —le rugió al oído—. ¡Ofrécele un hogar! ¡Usa mi vacío para darle espacio y tu fuego para darle calor!
Juntos, formaron un equilibrio perfecto. El vacío de Xuan Ye actuó como un recipiente infinito para el poder del fénix, mientras que el amor y la voluntad de Qingwan le dieron forma. El ave de fuego descendió, girando alrededor de ellos hasta convertirse en un pequeño orbe de luz que se hundió directamente en el pecho de Qingwan.
Cuando el fuego se disipó, Qingwan cayó de rodillas, pero sus ojos ya no eran humanos. Eran orbes de cristal ígneo. Una marca de fénix dorada apareció en su frente, brillando con una luz que hacía que el sol pareciera tenue.