Abanico de Plumas de Fénix y la Máscara del Abismo

Capítulo 35: El Ejército de las Sombras y el Fuego

Las cenizas del Palacio Carmesí aún humeaban cuando las primeras banderas aparecieron en el horizonte. No eran las banderas de plata de Aethelgard, sino los estandartes olvidados de los clanes del sur: el Clan del Loto de Hierro, los Guerreros de la Ceniza y la secta proscrita del Viento Abrasador.

Hombres y mujeres que habían vivido escondidos en las cuevas durante décadas salieron a la luz, atraídos por el graznido sónico del fénix que había sacudido los cimientos de Yunlan.

Qingwan permanecía de pie en el altar, su nueva túnica de seda púrpura y hilos de fuego ondeando al viento. A su lado, Xuan Ye era una presencia imponente. Su brazo marcado con runas de plata emitía un zumbido constante, una energía que parecía devorar la luz a su alrededor.

—Aquí vienen —susurró Qingwan, sus ojos dorados detectando el Qi de cientos de cultivadores—. Vienen por su Reina, pero también vienen con dudas.

El Desafío del General Kaelen

De entre la multitud, un hombre de hombros anchos y armadura abollada se adelantó. Era el General Kaelen, el último gran comandante del ejército de los Su. Se arrodilló ante Qingwan, pero su mirada se desvió de inmediato hacia Xuan Ye con un desprecio mal disimulado.

—Soberana Su —dijo Kaelen, su voz era como piedra chocando con metal—. Hemos esperado veinte años por este fuego. Estamos listos para morir por vuestro linaje. Pero... —hizo una pausa, señalando a Xuan Ye con su lanza—. No lucharemos bajo la sombra de un esclavo. No permitiremos que una bestia del abismo profane el altar de nuestros ancestros.

Un murmullo de aprobación recorrió las filas. Para los generales de la vieja guardia, Xuan Ye no era el héroe que destruyó Aethelgard; era una anomalía peligrosa, un recordatorio de la oscuridad que el Cónclave siempre les dijo que debían temer.

El Silencio del Verdugo

Xuan Ye no se movió. Ni siquiera desenvainó su daga. Simplemente dio un paso al frente, permitiendo que su aura de Grado Imperial se expandiera lentamente. La presión fue tal que los caballos de los generales relincharon de terror y los cultivadores más débiles cayeron de rodillas.

—No soy vuestro general —dijo Xuan Ye, su voz baja, pero resonando en cada fibra de los presentes—. No soy vuestro compañero. Soy el escudo de la mujer que sostiene vuestro destino. Si creéis que mi presencia es una profanación, intentad sacarme de este altar.

Kaelen apretó su lanza, el Qi de tierra empezando a rodearlo. Pero antes de que pudiera atacar, Qingwan extendió su abanico.

—General —dijo ella, su tono era pétreo—. Xuan Ye no es un esclavo. Es mi consorte, mi vínculo de simbiosis y el hombre que hizo lo que vuestro ejército no pudo en veinte años: reducir a cenizas el orgullo de Lysander. Si cuestionáis su lugar, estáis cuestionando mi juicio. Y mi juicio ahora tiene el fuego de un dios.

Para enfatizar sus palabras, Qingwan desplegó sus alas de fuego fénix. El calor fue tan intenso que la armadura de Kaelen empezó a brillar al rojo vivo. El general, dándose cuenta de que ya no estaba frente a la niña que huyó del palacio, bajó la cabeza.

—Perdonad mi insolencia, Soberana. Mis hombres... solo necesitan saber que el fuego no nos consumirá a nosotros también.

La Estrategia del Caos

Bajo el manto de la noche, en una tienda de campaña improvisada bajo las estrellas, Qingwan y Xuan Ye revisaron los mapas del continente. Las otras cuatro grandes sectas del Cónclave se estaban reagrupando en la Ciudad Esmeralda, la fortaleza de los cultivadores de madera y veneno.

—Van a intentar envenenar nuestras tierras —dijo Qingwan, trazando una ruta con su dedo—. Saben que no pueden ganarnos en un choque de frente, así que usarán el hambre y la peste.

Xuan Ye se colocó detrás de ella, rodeando su cintura con sus brazos y apoyando su barbilla en su hombro. El calor de Qingwan era lo único que calmaba el dolor punzante de las runas de plata en su brazo.

—Déjamelo a mí —susurró él, besando suavemente su cuello—. Mis sombras pueden infiltrarse en sus pozos. Mi vacío puede devorar sus toxinas antes de que lleguen a los cultivos. No tienes que cargar con todo, Qingwan.

Qingwan se giró en sus brazos, buscando sus labios. El beso fue profundo, una mezcla de desesperación y dominio. En ese momento, no eran soberanos, solo dos almas unidas por un proceso que nadie más entendía.

—Te necesito entero, Xuan —dijo ella, separándose apenas unos centímetros—. Siento cómo ese rayo plateado está intentando desgarrar tus meridianos. La simbiosis nos salvó, pero también te dejó un veneno de luz.

—Es un precio pequeño —respondió él con una sonrisa feroz—. Mientras tú brilles, yo puedo soportar cualquier oscuridad.

La Marcha de las Sombras

Al amanecer, el ejército de los Su se puso en marcha. Pero no era un ejército convencional. Detrás de los guerreros de fuego de Qingwan, marchaba un batallón de "Sombras": antiguos esclavos y parias que Xuan Ye había reclutado durante la noche, hombres que no le debían lealtad a los Su, sino al hombre que les enseñó que el abismo también podía ser un hogar.

Qingwan cabalgaba al frente, su marca de fénix brillando en su frente. A su derecha, Xuan Ye, en su caballo negro, parecía un segador de almas listo para la cosecha.



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En el texto hay: fantasia, poder, romance

Editado: 29.06.2026

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