La Ciudad de las Tormentas no se encontraba sobre la tierra, sino suspendida sobre el Pico del Trueno Eterno, una montaña cuya cima estaba permanentemente envuelta en un huracán de grado catastrófico. Aquí, el aire era una masa de electricidad estática que hacía que el cabello se erizara y la piel escociera.
El ejército de los Su, victorioso tras la campaña marítima, se detuvo en la base de la ascensión. Los generales miraban hacia arriba con temor; los rayos que caían desde el ojo de la tormenta no eran naturales, eran flechas de Qi dirigidas por los monjes de la Secta del Vendaval.
—El fuego no puede volar en este viento, Xuan —dijo Qingwan, su capa de seda ondeando violentamente—. Si intento desplegar mis alas, el huracán me arrastrará contra las rocas antes de que pueda acercarme a las puertas.
Xuan Ye observaba la cima con una mirada que no era del todo humana. Su brazo de plata latía con una luz azul eléctrica tan fuerte que era visible a través de su túnica negra. Las runas ya no solo estaban en su brazo; habían empezado a trepar por su cuello, rozando su mandíbula.
—No necesitas volar, mi soberana —respondió Xuan Ye. Su voz sonaba con un eco metálico—. El cielo me pertenece hoy.
La Carga del Conductor
Xuan Ye se adelantó, alejándose de la protección de las tropas. Con cada paso que daba hacia la zona de impacto, los rayos del cielo parecían curvarse hacia él, atraídos por la marca de Lysander en su cuerpo.
—¡Xuan, es demasiado! ¡Te convertirás en un pararrayos viviente! —gritó el General Kaelen, intentando detenerlo.
Pero Qingwan extendió su mano, frenando al general. Sus ojos dorados estaban fijos en la espalda de Xuan Ye. A través de su vínculo, ella no sentía miedo, sino una resonancia hambrienta.
—Dejadlo —ordenó Qingwan—. Él no está recibiendo los rayos. Se los está cobrando.
Xuan Ye rugió y clavó su daga de obsidiana en el suelo. En lugar de sombras, de su cuerpo estalló una cúpula de Rayo Abisal. La tormenta del cielo respondió con una descarga masiva, un pilar de luz blanca que habría desintegrado a un ejército entero, pero al tocar a Xuan Ye, la energía fue absorbida instantáneamente por su brazo plateado.
El Sendero de la Perfección Eléctrica
Xuan Ye empezó a correr montaña arriba. No era una carrera normal; se movía en ráfagas de teletransporte eléctrico. Cada vez que un rayo lo golpeaba, él ganaba velocidad.
Los defensores de la Secta de las Tormentas, asomados a sus murallas de piedra flotante, lanzaron sus ráfagas de viento cortante.
—¡Derribadlo! ¡Es solo un hombre! —gritaba el Gran Maestro Zephyr.
Pero no era solo un hombre. Qingwan, sintiendo que Xuan Ye llegaba a su límite físico, activó la Simbiosis de Larga Distancia.
Ella envió un flujo constante de su Fuego Imperial a través del vínculo. El fuego no quemó a Xuan; actuó como un aislante divino, permitiendo que su sistema nervioso soportara la carga de voltios sin colapsar. El resultado fue una visión aterradora: un guerrero de sombras envuelto en llamas carmesí y rayos plateados, ascendiendo por una pared vertical a la velocidad del sonido.
El Colapso de las Puertas
Al llegar a la puerta principal, Xuan Ye no usó su daga. Simplemente levantó su brazo de plata, que ahora brillaba con la intensidad de una estrella pequeña.
—Lysander me dio esta marca para esclavizarme —gruñó Xuan Ye, mirando hacia el centro de la fortaleza—. Yo la usaré para enterrar vuestro legado.
Liberó toda la energía acumulada en un solo golpe: el Impacto del Fin del Mundo.
La explosión de sonido fue tal que los soldados en la base de la montaña cayeron de rodillas cubriéndose los oídos. Las puertas de la ciudad, hechas de un metal místico diseñado para absorber energía, se fundieron instantáneamente. La onda expansiva de aire caliente y estática despejó la niebla del huracán por primera vez en mil años.
El Trono del Vendaval
Qingwan llegó a la cima instantes después, impulsada por las corrientes de aire caliente que Xuan había creado. Encontró a Xuan Ye de pie entre los restos de la puerta, rodeado de cientos de enemigos inconscientes o aterrorizados.
Él estaba temblando, el humo salía de sus poros, pero su mirada seguía fija en el templo central. Allí, el Gran Maestro Zephyr sostenía un báculo que brillaba con una luz verde esmeralda.
—Habéis ganado la montaña —dijo Zephyr, su voz temblando—, pero habéis llegado tarde. La Quinta Secta... la Secta del Vacío Primordial... ya ha despertado. El Cónclave no era el final, soberanos. Era solo el sello que mantenía a la Miseria de Yunlan dormida.
Qingwan se colocó al lado de Xuan Ye, sosteniéndolo antes de que sus piernas fallaran.
—¿Qué quieres decir con que el Cónclave era un sello?
—Aethelgard, Esmeralda, Aguas Profundas, Tormentas... —Zephyr sonrió con sangre en los dientes—. Cada vez que destruíais una, una cadena se rompía. Habéis reclamado vuestro imperio, Su Qingwan... pero ahora no queda nada que impida que Él regrese.